La historia de The Tinder Swindler es, en esencia, una estafa romántica convertida en espectáculo global. Un relato de manipulación emocional que Netflix empaqueta como thriller ligero, con ritmo de videoclip y estructura de true crime adictivo. Simon Leviev —o Shimon Hayut, según los registros judiciales— no solo engañó a decenas de mujeres, sino que ejecutó una coreografía perfecta de lujo, victimismo y narrativa personal. La serie documental no se limita a contar el fraude: lo convierte en una experiencia de consumo.
El gran acierto formal del documental es su ritmo. Mensajes de voz, vídeos de Instagram, selfies en jets privados y pantallazos de WhatsApp construyen una estética contemporánea donde la corrupción sentimental se narra como si fuera una historia de éxito fallido. El espectador no solo observa: participa emocionalmente, se indigna, se engancha. La humillación de las víctimas se transforma en cliffhanger.
Pero hay una trampa ética en esta narrativa. El estafador no aparece solo como criminal, sino como personaje carismático, casi fascinante. Su dominio del lenguaje emocional, su uso del victimismo y su capacidad de teatralizar la amenaza construyen un perfil más cercano al antihéroe que al delincuente. La estafa se estetiza.
La serie también retrata un ecosistema donde la mentira se legitima gracias a la apariencia. Redes sociales, viajes de lujo y selfies cuidadosamente seleccionados funcionan como certificados de autenticidad. La corrupción ya no necesita poder institucional: basta con una buena narrativa visual.
Netflix no engaña a nadie, pero monetiza el impacto emocional del fraude. Convierte el daño real en entretenimiento. El dolor ajeno se convierte en algoritmo. Y el espectador, entre la indignación y el morbo, acaba consumiendo la estafa como espectáculo.
The Tinder Swindler no es solo un documental sobre engaños amorosos. Es un retrato incómodo de una cultura donde la mentira bien contada se convierte en producto premium.
La serie Your Friends & Neighbors (Apple Tv) se ha convertido en una de las propuestas televisivas más incisivas a la hora de retratar la corrupción contemporánea desde una perspectiva íntima, social y moral. Lejos de centrarse únicamente en grandes tramas políticas o escándalos institucionales, la ficción pone el foco en algo mucho más cotidiano: la degradación ética de las relaciones personales dentro de un entorno privilegiado, donde el poder, el dinero y la influencia distorsionan cualquier noción de justicia o responsabilidad.
La historia gira en torno a un grupo de vecinos acomodados que, de puertas hacia fuera, representan el ideal de éxito americano: buenas casas, estabilidad económica, familias aparentemente perfectas y una imagen social impoluta. Sin embargo, conforme avanza la trama, el espectador descubre que bajo esa superficie se esconden conductas marcadas por la corrupción moral, los abusos de poder, la manipulación y el uso sistemático de la mentira como herramienta de supervivencia social.
En Your Friends & Neighbors, la corrupción no aparece solo como un delito penal, sino como una forma de vida. Los personajes utilizan su estatus para esquivar consecuencias, comprar silencios, presionar a terceros o encubrir comportamientos ilegales. La serie muestra cómo el poder económico funciona como una red de protección que permite a ciertos individuos actuar con impunidad, mientras que las víctimas, generalmente personas con menos recursos, quedan atrapadas en un sistema que no las defiende.
Uno de los aspectos más interesantes de la serie es su forma de representar la corrupción estructural. No se trata de un villano aislado ni de un caso puntual, sino de un ecosistema entero que normaliza prácticas corruptas. Los favores cruzados, las influencias en juzgados, la manipulación mediática y el chantaje encubierto forman parte de una maquinaria que se retroalimenta. Cada personaje, en mayor o menor medida, contribuye a sostener ese entramado, ya sea por interés, por miedo o por conveniencia social.
La narrativa de Your Friends & Neighbors también pone el acento en la corrupción emocional. Las relaciones personales se ven contaminadas por la ambición, los celos y la necesidad de mantener una fachada de éxito. Las amistades no se basan en la confianza, sino en el beneficio mutuo. Las parejas esconden secretos financieros, infidelidades y acuerdos implícitos que convierten el amor en una transacción. Incluso las relaciones familiares están marcadas por la manipulación y el uso del poder económico como herramienta de control.
Desde una perspectiva social, la serie lanza un mensaje claro: la corrupción no siempre empieza en los despachos de los gobiernos, sino en los comportamientos cotidianos que se toleran y justifican. Cuando una comunidad normaliza el abuso de poder, la falta de transparencia y la impunidad, se crea un caldo de cultivo perfecto para que la corrupción se expanda a todos los niveles.
El guion destaca por su capacidad para mostrar cómo la corrupción financiera se mezcla con la vida privada. Contratos amañados, inversiones opacas, favores empresariales y movimientos de dinero sospechosos forman parte del trasfondo económico de la historia. Sin embargo, estos elementos no se presentan como simples tramas secundarias, sino como el motor que impulsa muchas de las decisiones de los personajes. El dinero no es solo un recurso, es una herramienta de poder.
Otro punto clave es la crítica a la imagen pública. En Your Friends & Neighbors, la reputación lo es todo. Los personajes se esfuerzan por proyectar una imagen de respetabilidad mientras ocultan comportamientos claramente corruptos. Esta dualidad refleja una realidad muy presente en la sociedad actual: la obsesión por la apariencia, incluso cuando el fondo está completamente deteriorado. La corrupción, en este contexto, se maquilla, se disfraza y se vende como éxito.
La serie también invita a reflexionar sobre la responsabilidad colectiva. No todos los personajes cometen delitos, pero muchos miran hacia otro lado. Esa pasividad, ese silencio cómplice, es una forma de corrupción en sí misma. La falta de denuncia y la normalización del abuso permiten que el sistema continúe funcionando sin cambios reales.
En definitiva, Your Friends & Neighbors ofrece una mirada cruda y realista sobre cómo la corrupción se infiltra en las relaciones humanas, en las estructuras sociales y en la vida cotidiana. No es una historia de grandes conspiraciones, sino de pequeñas decisiones inmorales que, sumadas, construyen un sistema injusto. La serie demuestra que la corrupción no siempre es escandalosa ni visible, pero sí profundamente destructiva.
Más allá del entretenimiento, la ficción funciona como un espejo incómodo. Nos obliga a preguntarnos hasta qué punto toleramos ciertos comportamientos, qué estamos dispuestos a justificar por comodidad y cuántas veces confundimos éxito con ética. En ese sentido, Your Friends & Neighbors no solo habla de corrupción: la denuncia.
O Mecanismo, o como la han traducido en España, Túnel de corrupción, es una serie de ficción que se puede ver en Netflix y que está inspirada por las investigaciones a las compañías petrolíferas corruptas de Brasil, tanto privadas como públicas.
La serie trata un tema muy polarizador y candente y es un viaje en montaña rusa a través de los juegos políticos y de soborno que se practican ampliamente en el país y que se han puesto de manifiesto con la investigación Lava Jato (Lavado de autos o Autolavados), que ha mostrado cuán profunda es la corrupción en el gobierno brasileño.
Casi la mitad de la población cree que algunas de sus acusaciones son “noticias falsas” y han inundado las redes con calificaciones de 1 estrella y malas críticas.
Por otro lado, los espectadores que están de acuerdo con el mensaje del programa le otorgan una calificación demasiado buena sin juzgar la calidad real. En general, la serie sigue la misma fórmula que otras de José Padilha, por lo que si eres fanático, con toda probabilidad también la disfrutes. La única diferencia es la falta de escenas de tiroteos llenas de acción y el enfoque en la política y el lavado de dinero, pero los aspectos de la narración y la investigación policial se mantienen.
Túnel de corrupción tiene un mensaje abiertamente anti-ideológico, y los personajes presentan fallas significativas, por lo que personalmente me resulta difícil creer que la serie esté de alguna manera sesgada hacia cualquier partido o ideología. Además, se puede disfrutar de una hermosa cinematografía de múltiples ciudades brasileñas.
Pero el Brasil de Túnel de corrupción no es el de Ciudad de Dios o la realidad. Es brillante y aislado, un paisaje de rascacielos de superautopista, visto con seguridad desde helicópteros, como si se tratarse de CSI LA o Miami. Muy buena fotografía, historia impactante y real, banda sonora perfecta, y muy buenos actores. No os la perdáis.
En la segunda temporada de la exitosa serie de HBO The White Lotus, ambientada en Sicilia, se nos presenta un nuevo abanico de personajes ricos con un elevado nivel de corrupción moral.
La corrupción moral se define como el acto de tomar una decisión o acción que va en contra de los principios morales o éticos de una persona. Esto puede ser desde manipular situaciones a su favor, hasta mentir y engañar a los demás para obtener ventajas personales.
En este caso, el personaje de Cameron, debido a la naturaleza de su riqueza y el poder que le da sobre el resto de la gente, arrastra a su mujer, Daphne, y a la pareja de amigos a la que han invitado a pasar con ellos las vacaciones, Ethan y Harper, a su cúmulo de mentiras.
En Cameron confluye, además del infiel y mentiroso compulsivo, el tipo de emprendedor financiero que vive de realizar estafas, como Bernie Madoff, como confiesa Daphne entre vinos a Harper.
Asimismo, Greg Hunt, marido tras la primera temporada de la surrealista Tanya McQuoid, se descubre como miembro de una trama dedicada a estafar a mujeres mayores con elevado poder adquisitivo.
Tanya, personaje que hila las dos temporadas y que el público ha podido ver en toda su miseria y ruindad, termina resurgiendo de sus cenizas y elevándose moralmente por encima de Greg y la mafia con la que trabaja. ¡Y vaya escena final!
La familia Di Grasso, por su parte, añade a la corrupción moral un alto grado de machismo. Aunque Dominic continúa teniendo relaciones sexuales con otras mujeres al comienzo del viaje, se arrepiente de haber arruinado su matrimonio y trata de ser mejor, pero busca volver con su esposa sobornando a su hijo, Albie, que parecía el más recto de todos, pero que a su vez cae víctima del engaño de una prostituta local.
En definitiva, ninguno de los caracteres poderosos de la serie es visto de una forma humana o exenta de corrupción moral, algo que contrasta con la visión mucho más alegre de los trabajadores del hotel y aquellos que, acompañando a los personajes principales, tienen salvación moral, como Portia o Jack.
Movistar ha presentado un nuevo servicio en colaboración con la productora Blackpills por el que ofrecerá acceso a series con episodios ultrabreves como Virgin in Paris, Making a scene o Playground, todas con episodios de entre 15 y 20 minutos de duración.
Blackpills Movistar, disponible a través de Google Play Store para clientes de la plataforma Movistar+, incluye en la actualidad 15 series, con una previsión de aumento de dos series mensuales, a un precio de 2,99 euros.
Aunque la app está ideada para el móvil, en un futuro podría contemplar el ofrecer el servicio a través de canales adicionales, así como su lanzamiento en otros mercados.
La oferta de Blackpills Movistar
Blackpills se describe como “un mundo de miniseries de corta duración, frescas, divertidas e irreverentes para verlas en cualquier momento a través de nuestra aplicación”.
Se trata de series están producidas por talentos cinematográficos internacionales como Luc Besson, James Franco y más estrellas de renombre del cine independiente que distribuyen o trabajan para la productora.
Los títulos que ya están disponibles son Virgin in Paris, Playground, You got trumped, Skal, Making a scene, The social network L.A, Event Zero, Al wrong o Skinford, entre otros.
Virgin in Paris se basa en Virgin, un best-seller young adult de Radhika Sanghani; Making a Scene nos muestra a James Franco recreando secuencias famosas de la historia del cine desde una perspectiva distinta; y Luc Besson presenta una de sus muchas fantasías de jóvenes asesinas profesionales con Playground, rebosante de la acción marca de la casa.
El triunfo de lo breve
Es un paso importante para la exploración de este género de episodios breves, pero seguro, pues en otros países ha tenido muy buen resultado, pues se ajusta a las nuevas formas de consumo de streaming que se dan al utilizar el transporte público para pequeños trayectos, en ratos libres mientras se espera a alguien con quien se ha quedado, etc.
Este formato de serie breve lo encontramos en Love, Death & Robots (Netflix) y sus proyecciones de futuro con ciencia ficción, humor negro y violencia en mundos acabados o derrotados por la corrupción y la guerra; la original Calls (Apple Tv), con sus sucesos de ciencia ficción que vamos conociendo a través de conversaciones telefónicas, o en la más tradicional en cuanto a su puesta en escena pero igualmente original State of the union (Sundance Channel), en la que un matrimonio a punto de romperse conversa durante los 12 minutos previos a entrar a la terapia de pareja.
Nuevos formatos para nuevos públicos o para los mismos de siempre, pero con nuevos hábitos. Toda innovación se agradece.
Cuando leí que Brett Goldstein y Will Bridges, guionista de Stranger Things y Black Mirror, había creado una serie en la que se exploraba cómo un avance científico determinado podía transformar las relaciones humanas tuve claro que tenía que verla. Terminada la primera temporada de Soulmates, solo puedo decir que ha sido una profunda decepción.
La premisa de Soulmates
Soulmates parte de un futuro cercano, como Black Mirror, a tan solo quince años del presente, en el que la investigación científica ha descubierto la forma de emparejar a las personas con su “alma gemela” ideal. A partir de ahí, cada episodio profundiza en distintas formas en las que este “Test” influye en la vida de todas las personas del planeta.
Soulmates, la estafa que no llegó a ser scifi.
Es una premisa muy atrayente y que podría dar mucho de sí, pero el desarrollo que le han dado a través de los seis primeros episodios de la primera temporada es inconsistente, con algunos que son una estafa, como el segundo, el típico thriller que te puedes encontrar en un telefilme de Antena 3.
Y no es que no haya veces que el cuerpo no te pida tirarte en el sofá y ver la enésima película de una Karen que se quiere vengar de un Ken porque en el pasado le hizo daño, pero cuando te pones un episodio de una serie con una supuesta calidad y te encuentras eso, no puedes evitar pensar que estás perdiendo el tiempo.
Quizá el error ha sido la cadena que la ha producido, AMC, que no tiene la calidad de BBC o HBO, o quizá es que han estado especialmente vagos a la hora de escribir los guiones.
Puntos fuertes
Hay que señalar que no todos los episodios de Soulmates tienen el mismo gancho. El primero, protagonizado por Sarah Snook (soberbia en Succession), constituye una buena apertura. El cuarto, con Nathan Stewart-Jarret (Mis Fits, Utopia), tiene ritmo, es divertido y se deja ver bastante bien.
La historia de Mateo y Jonah por lo menos te lleva a sitios inesperados.
Y el quinto, aunque excesivo, quizá es el que más me ha gustado porque explora una parte oscura de la mente humana y qué ocurriría si una persona con ciertos problemas psicológicos y demasiadas expectativas en el hallazgo descubre que su pareja ideal está muerta.
Hay que reconocer que el episodio de la secta está bien ambientado y tiene su verosimilitud, dada la variedad de cultos que hay en países como Estados Unidos.
Pero Soulmates no da para pensar tanto como uno cabría esperar tras sumergirse en Black Mirror y se queda a medio camino entre el drama, el romance y el thriller sin entrar lo más mínimo en la ciencia ficción.
La polémica que ha habido en España con la serie Antidisturbios (Movistar+) y la calidad a la que nos tiene acostumbrados Rodrigo Sorogoyen han hecho que ver la serie fuese casi una obligación para mantenerse al día en las conversaciones con amigos. Y no ha defraudado, aunque confieso que me apura ver que en nuestro país seguimos sin aceptar que la ficción es eso, una invención, y no un documental.
El punto de partida de Antidisturbios
Antidisturbios es un thriller que tiene por protagonistas a un grupo de agentes de las Unidades de Intervención Policial que, obligados a ejecutar un desahucio sin refuerzos y empleando uso (o abuso) de la fuerza, ven cómo el operativo termina con un vecino muerto, Yemi Adichie, un mantero que deja mujer e hijos en Senegal.
La escena del desahucio en Antidisturbios representa a la perfección la tensión que se vive en los lanzamientos judiciales.
La escena del desahucio está muy bien rodada, manteniendo la tensión, explorando los distintos puntos de vista: el de la familia a la que echan, los activistas que intentan pararlo, los antidisturbios y la fría representación judicial.
Los agentes se quejan a todas las instancias posibles de que son pocos efectivos para el número de gente que hay congregada en la casa, pero el juez parece querer que se celebre el desahucio a toda costa, caiga quien caiga.
Y quien cae es un humilde mantero senegalés, que recuerda mucho a Mame Mbaye, que falleció fulminado por un infarto tras una persecución policial, según aseguraron desde el Sindicato de Manteros.
La joven inspectora Laia Urquijo, uno de los personajes mejor construidos e interpretados, quiere llegar al final de la trama de corrupción.
A partir de ahí, comienza una investigación de Asuntos Internos en la que una de las agentes de la unidad, Laia Urquijo, está dispuesta a llegar hasta el final de la trama para desenmascarar la verdad.
Con estas premisas, que parten de nuestra realidad más cercana, muchas personas se hicieron a la idea de que la serie iba a ser una denuncia o una crítica social, y en cierto modo lo es, pues pone sobre la mesa temas como la corrupción policial, el abuso de autoridad, la corrupción judicial, la corrupción empresarial y la gentrificación, especialmente en un barrio como Lavapiés (aunque el tema ha pasado un poco de moda, al menos de momento, con la crisis del turismo que estamos viviendo por la pandemia).
La serie está llena de guiños en los que se deja ver una realidad muy concreta.
Pero Antidisturbios es, ante todo, un thriller.
Antidisturbios y Villarejo
Otro elemento que toma de la realidad es el del personaje de Revilla, casi idéntico (hasta en la boina) al excomisario José Manuel Villarejo, que presuntamente recopilaba datos de la vida privada de personalidades a través de escuchas ilegales, para luego utilizarlos en tramas de corrupción y extorsión.
El grupo de antidisturbios, acorralado por la opinión pública, enfrentando movilizaciones en la calle contra su actuación y a punto de ser juzgados, recurre al expolicía Revilla para que se invente un dossier sobre Yemi Adichie, injuriándolo con acusaciones de violencia contra la policía.
Realidad vs ficción
Por si fuera poco, otra escena de acción en las inmediaciones del estadio Santiago Bernabéu durante la celebración de un partido termina de regar de verosimilitud la trama, con una paliza por parte de los hinchas a uno de los agentes, respondida a su vez con otra por parte de los compañeros de este.
Imposible no pensar en Villarejo viendo el personaje de Revilla.
Y encima la serie termina con una imagen del famoso “Crucero Piolín” con el que miles de agentes de la Policía Nacional desembarcaron en Cataluña para el efectivo del 1 de Octubre de 2017. ¿¡Para qué queremos más!?
Nos falta cultura de la ficción. Estamos poco acostumbrados a ver películas y series españolas que se atrevan a jugar con elementos de la realidad y pensamos que tienen que ser fieles a nuestra visión. Los sindicatos policiales se cabrean porque la serie representa a unos agentes que abusan de la fuerza y consumen sustancias ilegales y piden que se les elimine de los agradecimientos. Los activistas se indignan porque esperaban una crítica más directa y posicionada. Todos tienen algo que decir.
Todos y cada uno de los personajes de los agentes están perfectamente construidos.
Pero lo cierto es que se trata de ficción, ni más ni menos, y muy bien rodada, con un ritmo trepidante y unos personajes muy bien caracterizados. Tan bien construidos e interpretados que cualquiera que tenga un hermano, cuñado o suegro policía puede verle reflejado en su exceso de testosterona, en su introversión, en sus formas de hablar y relacionarse con los demás o cuando se quita la faja después de llevar unos cuantos whiskys en la sobremesa (#truestory).
Ya solo por la escena de la cena merece la pena ver la serie.
Antidisturbios tiene, además, escenas que pasarán a la historia, como la cena del último episodio, llena de diálogos, momentos de exaltación de la amistad, tensión… Y es que Rodrigo Sorogoyen escribe costumbrismo como pocos lo saben hacer y es en esas escenas aparentemente pequeñas donde más se lucen sus guiones y sus personajes.
En definitiva, se trata de una serie que hay que ver porque corona el cada vez mejor nivel de las series españolas y nos introduce en un terreno que hasta ahora solo habíamos explorado cuando se trataba de otros países. No llega a ser The Shield o The Wire, pero va por ese camino. Esperemos poder ver más como ella y quizá algún día, por qué no, una versión de The Young Pope a la española.
Me está fascinando tanto la serie The Third Day, con su parte intermedia de evento teatral inmersivo en directo durante 12 horas en colaboración con Punchdrunk, que no he podido evitar recordar otras series que me han maravillado por su originalidad en el planteamiento o la ejecución.
Aquí va mi lista: Oz, Treme, The Leftovers, The Young Pope (y The New Pope), Lodge 49, Fleabag, The Third Day y Legion.
Originalidad e intensidad emocional
Oz tenía que estar y ser, además, la primera, porque es la que más años tiene y la pionera. HBO ya despuntaba allá en 1997 por la calidad de sus series. En este caso, con una puesta en escena muy teatral y unos personajes y tramas en los que no daban respiro al espectador.
Treme es otra producción de HBO que todo seriéfilo ha visto al menos una vez. Con la firma de David Simon y Eric Overmeyr, retrata el día a día de la vida en este barrio de la Nueva Orleans recientemente azotada por el huracán Katrina y cómo los habitantes sobreviven entre la precariedad y la depresión mientras los grandes magnates hacen su agosto con la corrupción. Y todo ello acompañado de una banda sonora exquisita, como no podía ser de otra manera tratándose de la cuna del jazz.
The Leftovers, también de HBO, entra en el podio de la originalidad y la calidad. Damon Lindelof (Prometheus, World War Z, Phineas and Ferb) supo adaptar la novela de Tom Perrota para sumergirnos a todos en un universo de terrible ensoñación en el que todos sus supervivientes afrontaban el vacío que habían dejado, literalmente, millones de personas.
Uno de los puntos a favor de The Leftovers es que nunca pretendió explicar el porqué, sino simplemente hacernos flotar unas veces, hundirnos en la miseria y en la desolación otras, en un viaje audiovisual de los que no se suelen hacer muy a menudo, y con el aderezo de una intensa y melancólica banda sonora de Max Richter que sabe recoger toda la emoción contenida en esta serie que mantiene al público aguantando constantemente la respiración.
Originalidad y surrealismo
Seguimos para bingo con HBO con The Young Pope y The New Pope, dos deliciosas extravagancias con la marca de Paolo Sorrentino. A medio camino entre el surrealismo y el magistral cine político y de denuncia del napolitano (no olvidemos su magnífico film Il Divo), es una elegante y blasfema crítica a la corrupción, la megalomanía, el endiosamiento, la hipocresía, lujuria y demás vicios del Vaticano. Y con Jude Law y John Malkovich bordando los papeles papales. ¡Qué más se puede pedir!
En cuanto a Lodge 49, que no ha superado la criba de AMC (centrada mayoritariamente en la estafa de The Walking Dead) y ha sido cancelada tras una frenética segunda temporada, es una serie atípica de comienzo a fin. Realismo duro del que sufren millones de personas que no pueden llegar a fin de mes a pesar de trabajar, combinado con un realismo mágico y un aire de fantasía que sabes que es irreal pero, al igual que los personajes, te quieres aferrar a él porque así al menos parece que queda algo de esperanza.
Lodge 49, ya lo dije en un post hace tiempo, es una serie sobre la clase trabajadora, en la que se suceden disquisiciones filosóficas, situaciones hilarantes y dramas económicos y emocionales. Como la vida misma.
Mi séptima elección como serie brillante por su originalidad es Fleabag, escrita y protagonizada por Phoebe Waller-Bridge y producida por BBC y Amazon Studios. Lo que comienza pareciendo las vicisitudes de una niñata inconsciente egoísta termina siendo una comedia dramática muy profunda en la que el amor, la pérdida y el sentimiento de estar perdido en el mundo se expresan de manera irreverente, sobre todo en la segunda temporada, con su escarceo religioso.
Una gran originalidad de Fleabag es la ruptura constante de la cuarta pared, que hace al espectador cómplice.
The Third Day, la séptima de mi lista, mezcla folk horror, thriller y surrealismo y nos transporta, además, a la increíble (¡y real!) isla de Osea, cuyos habitantes se quedan atrapados cada vez que sube la marea.
Felix Barret y Dennis Kelly, con la producción de Sky Atlantic y HBO, consiguen crear una atmósfera de tensión y terror gracias a la originalidad de su planteamiento, al contar con dos equipos distintos para rodar las dos partes en las que se divide, y gracias a la excelente interpretación de los actores, especialmente de Jude Law.
Como guinda, The Third Day incluye un evento teatral inmersivo de 12 horas de duración, de la mano de la compañía de teatro inmersivo londinense Punchdrunk. El maratón teatral, en el que Jude Law desciende a los infiernos dentro de un ritual del festival pagano que se celebra anualmente en la isla, se emitió en directo a principios de octubre (HBO ha subido a YouTube el resumen, que comparto unas líneas más arriba). Originalmente estaba planteado para que hubiese miles de asistentes, pero los protocolos de seguridad por la pandemia obligaron a modificar el formato.
Terminando ya, en último y octavo puesto llega Legion (Fox). Es la que menos trama tiene, o al menos la que menos me interesa en cuanto al guion de todas, y he dudado de si incluirla o no por eso, pero cada episodio es un auténtico viaje surrealista, puro divertimento y experiencia visual, y eso ya la hace distinta a muchas otras.
Ni siquiera comparten género o temática, simplemente son aquellas en las que he sentido que han tratado de sorprender y hacer pasar a los espectadores por una serie de experiencias y emociones inusitadas. Aquellas que, gracias a su originalidad, consiguen superar las limitaciones del medio en el que se encuentran.
Si no las habéis visto, tenéis unas cuantas horas de deleite por delante.
Confieso que tengo debilidad por las series de paisajes polares, aunque la trama de muchas de ellas suele ir perdiendo fuelle y terminan, casi siempre, en un final estafa. Ivalo (Arctic Circle) no iba a ser menos: tiene todos los ingredientes para entretener: la nieve, que evoca un frescor que ahora mismo no tenemos en Madrid, el factor virus, que es muy apropiado para estas épocas que nos ha tocado vivir, y los elementos de thriller, pero no llega a maravillar.
Virus en un nordic noir
Ivalo (Elisa Viihde) es un pequeño pueblo de la Laponia finlandesa en el que la policía Nina Kautsalo, madre de una niña maravillosa con síndrome de Down, se ve obligada a investigar el asesinato y la desaparición de varias mujeres rusas prostituidas por una trama que, cómo no, tiene conexión con las altas esferas de corrupción del país vecino, Rusia.
Uno de los elementos más exóticos de Ivalo son sus paisajes. Tener que desplazarse en moto por la nieve es un sueño en estas fechas de calor español.
Pero el género criminal nórdico se ve amplificado en Ivalo con el elemento de un virus de transmisión sexual que se propaga adherido al virus del herpes labial y hace que sus portadoras enfermen gravemente al quedarse embarazadas, con resultado de muerte de madre e hijo, o graves malformaciones del bebé.
No es casualidad que precisamente la hermana de Nina, Marita, sea una de las mujeres del pueblo que tenga el virus. Porque en los nordic noir es algo que suele suceder, que todo esté relacionado, dado el escaso número de habitantes y la pequeñísima densidad de población de las zonas en las que se desarrolla.
Corrupción y mafia rusa
Descubrimos a través de Ivalo a toda una red de trata de mujeres llevadas, engañadas o a la fuerza, a Finlandia, para ser prostituidas en autobuses en medio de la nieve o en fiestas privadas para millonarios.
Esta red cuenta, además, con el apoyo del gobierno ruso, según se indica en uno de los episodios, y está cubierta por la corrupción policial en altos mandos finlandeses y rusos, si bien uno de ellos termina tan obnubilado por las dotes policiales y la honradez y la entrega de Nina Kautsalo que termina desertando de su colaboración con los criminales.
Machismo finlandés
La serie en general es un conjunto de convenciones de varios géneros rodada en un sitio magnífico y evocador y tiene tramas que son una auténtica estafa, como la relación sentimental que se establece entre Nina y Thomas Lorenz, el virólogo alemán desplazado desde Helsinki a Laponia para estudiar el virus.
La tensión entre Nina y Thomas no solo es innecesaria, sino que entorpece y empeora considerablemente la serie.
Sin embargo, hay temas que se tocan de pasada que creo que merece la pena señalar, porque siempre se suele pensar que las sociedades nórdicas son feministas, o al menos más igualitarias que las del sur, y en Ivalo se ve que no.
Por poner un ejemplo, Nina es una madre soltera. El padre de la criatura consume drogas y se ha desentendido de la crianza, así que ella lleva todo el peso, como muchas mujeres a lo largo y ancho del planeta y eso, además, le ha supuesto que para poder estar más tiempo con su hija y atender sus necesidades especiales haya tenido que renunciar a su carrera profesional.
Una de sus excompañeras de la academia de policía, ahora detective de la Oficina Nacional de Investigaciones (NBI) le recuerda en un diálogo que van a investigar sus antecedentes y van a saber que no está comprometida al 100% con su carrera porque ha decidido cuidar de su pequeña. Así de duro y así de sorprendente para tratarse de un país que supuestamente debería ser referente en materia de igualdad.
Venla, la hija de Nina, es un amor de niña y se esfuerza mucho en el cole, pero la profesora hace saber a Nina que el sistema educativo finlandés no la va a integrar. Toda una sorpresa.
Más chocante resulta todavía ver cómo la profesora de preescolar de la niña, que tiene 5 años, le sugiere a la madre que se la lleve a una escuela especial porque en el colegio normal no tiene cabida. ¿Pero no era Finlandia la cuna de la innovación pedagógica, la inclusión y todas las bondades que se puedan esperar de la educación? Me he quedado bastante sorprendido, ya que, además, siempre se dice que en Finlandia los niños no empiezan hasta los 7 años, pero resulta que tienen preescolar, como aquí y en muchos otros sitios.
El virus de las denuncias falsas
Mención aparte merece la también sobrante parte del divorcio del doctor Thomas Lorenz después de que su mujer lo descubre flirteando con Nina.
La mujer, que no tendría más que pedir la separación y la custodia, se inventa todo un caso de maltrato físico y psicológico para acabar con él. No sé exactamente qué han querido decir al añadir esta subtrama, pero no aporta nada interesante al contenido y emborrona todo lo demás.
¿Recomiendo Ivalo? Para pasar el rato y refrescarse un poco con los gélidos paisajes, sí. Si no se tiene mucho tiempo, desde luego que hay series muchísimo mejores que ver.
Llevamos tan solo dos episodios de la nueva entrega de The good fight y ya estamos absolutamente extasiados por la ironía fina y el ingenio de esta joya de CBS. Y es que estos dos episodios han sido un dardo tremendamente original dando diana en la crítica política a la corrupción y la hipocresía. En su línea, pero, contra todo pronóstico y subiendo todavía más el listón, mejorándola.
Ironía fina y autocrítica
El primer episodio de esta nueva temporada es absolutamente demoledor por su capacidad de crítica al Partido Demócrata, que es el que se presupone favorito del bufete.
Se trata de un capítulo onírico en el que Diane se encuentra viviendo una ensoñación en la que Hillary Clinton ha ganado. Toda su alegría y gozo al pensar que el gobierno corrupto, autoritario y supremacista de Trump había sido solo una pesadilla se desvanecen al ver que al ver cómo la corrupción y los escándalos también afectan a la administración de su candidata preferida.
¿Y si Hillary Clinton hubiese ganado la presidencia en 2017? Una pregunta con grandes respuestas en The good fight.
Descubre con horror, además, cómo, al haber vencido una mujer el movimiento feminista se encuentra completamente anestesiado, no ha surgido el #MeToo y Harvey Weinstein no ha sido desenmascarado. Es más, le tocará a ella defenderlo de una acusación de violencia contra un trabajador y, sabiendo que se trata de un acosador y agresor sexual, intentará detenerlo.
Diane intenta por todos los medios no representar a Harvey Weinstein durante la ensoñación porque sabe qué delitos cometió.
Mientras tanto, sus compañeros de bufete intentarán persuadirla, pues los números para ellos no van tan bien como en la ‘era Trump’ y necesitan agarrarse a cualquier tipo de cliente, y a cualquier precio.
Una forma muy inteligente de jugar con fina ironía al “y si” realizando, además, una autocrítica al movimiento feminista.
En un mundo con una mujer como presidenta de una de las primeras potencias mundiales, ¿se produciría un movimiento #Metoo?
Nuevos e irónicos aires para el bufete
Entre el final del primer y surrealista episodio y el principio del segundo hay una elipsis de unos meses que Diane usa para viajar. A su regreso a Reddick, Boseman & Lockhart se encuentra una oficina completamente distinta, acondicionada a gusto de los nuevos dueños, que, a pequeñas pero muy caricaturescas pinceladas, se nos muestran muy excéntricos.
Los detalles de la decoración de la oficina revelan que los nuevos dueños son unos nuevos ricos excéntricos, extravagantes y un tanto ridículos.
STR Laurie, firma multinacional que compra parte del bufete cuando este pierde a ChumHum, introduce una nueva decoración inspirada en Gaudí, con toques ecológicos en madera y frikadas rococó como una gárgola en la fachada de la oficina de Adrian. Asimismo, dos veces a la semana institucionalizan el “día de las mascotas”, en el cual los socios, pero solo los “de nombre”, pueden traer a sus perros al centro de trabajo, que se llena de canes haciendo sus necesidades por todas las esquinas mientras una asistenta vestida a modo de criada va recogiendo y limpiando todo.
Decoración pseudoespiritual y rococó en interiores y exteriores de la empresa, fina ironía para describir a un tipo muy determinado de rico estadounidense.
Son nuevamente toques de ironía que nos permiten saber de qué tipo de jefes estamos hablando. Son jefes que, de tan benévolos que parecen, dando a cada uno aquello para lo que ellos creen que valen más, levantan al mismo tiempo alegrías y suspicacias.
¿Qué pensarías de tu nuevo jefe si entrases en su despacho y tuviese esta decoración?
Corrupción judicial
La parte más crítica y donde la risa, aunque también presente, tiene menos lugar, pues entramos en el terreno del thriller y del drama es la que se dedica a la corrupción. Si en temporadas pasadas la corrupción protagonista fueron la policial y la del propio bufete, sobornando a víctimas de acoso sexual de su anterior socio, en esta se destapa la del sistema judicial federal.
El que va a ser uno de los grandes arcos argumentales de esta entrega se presenta a través de Diane, a quien STR Laurie ha dedicado a litigar los casos “probono”, es decir, los que el bufete realiza “para ser un buen ciudadano”. Intentando defender a una joven empresaria afroamericana a la que un magnate de la construcción, supremacista blanco y negacionista del Estado quiere desahuciar para construir en el lugar donde está su restaurante, se descubre un entramado de sobornos, coacción y extorsión a jueces.
Una trama de corrupción involucra a empresarios y gobierno en esta nueva temporada de The good fight.
Diane, atónita de que su excompañero Julius, ahora convertido en juez federal, claudique y prevarique, comprueba cómo el pilar en el que ha basado su vida, la administración de la justicia, también se desmorona ante ella.
La impunidad llega a tal punto que esta trama de corrupción ni siquiera necesita órdenes judiciales para imponer sus designios.
Esto no ha hecho más que empezar y veremos dónde nos llevan todas las tramas. Eso sí, el siguiente episodio no podremos verlo hasta el 30 de abril, pues, como nos han indicado los propios actores, guionistas y resto de equipo técnico de la serie en un videomensaje que a muchos nos ha llegado al corazoncito, el confinamiento por el coronavirus les ha pillado a cada uno en un sitio distinto y las tareas de posproducción se complican cuando tantas personas tienen que coordinarse a la vez sin compartir espacio.
Como soy firme defensor del teletrabajo y de la calidad de las producciones de Robert y Michelle King, no me cabe ninguna duda de que la espera valdrá la pena.