La historia de The Tinder Swindler es, en esencia, una estafa romántica convertida en espectáculo global. Un relato de manipulación emocional que Netflix empaqueta como thriller ligero, con ritmo de videoclip y estructura de true crime adictivo. Simon Leviev —o Shimon Hayut, según los registros judiciales— no solo engañó a decenas de mujeres, sino que ejecutó una coreografía perfecta de lujo, victimismo y narrativa personal. La serie documental no se limita a contar el fraude: lo convierte en una experiencia de consumo.
El gran acierto formal del documental es su ritmo. Mensajes de voz, vídeos de Instagram, selfies en jets privados y pantallazos de WhatsApp construyen una estética contemporánea donde la corrupción sentimental se narra como si fuera una historia de éxito fallido. El espectador no solo observa: participa emocionalmente, se indigna, se engancha. La humillación de las víctimas se transforma en cliffhanger.
Pero hay una trampa ética en esta narrativa. El estafador no aparece solo como criminal, sino como personaje carismático, casi fascinante. Su dominio del lenguaje emocional, su uso del victimismo y su capacidad de teatralizar la amenaza construyen un perfil más cercano al antihéroe que al delincuente. La estafa se estetiza.
La serie también retrata un ecosistema donde la mentira se legitima gracias a la apariencia. Redes sociales, viajes de lujo y selfies cuidadosamente seleccionados funcionan como certificados de autenticidad. La corrupción ya no necesita poder institucional: basta con una buena narrativa visual.
Netflix no engaña a nadie, pero monetiza el impacto emocional del fraude. Convierte el daño real en entretenimiento. El dolor ajeno se convierte en algoritmo. Y el espectador, entre la indignación y el morbo, acaba consumiendo la estafa como espectáculo.
The Tinder Swindler no es solo un documental sobre engaños amorosos. Es un retrato incómodo de una cultura donde la mentira bien contada se convierte en producto premium.
En algún momento de 2019, el algoritmo de YouTube decidió que yo necesitaba ver testimonios de jóvenes millonarios que habían alcanzado la libertad financiera vendiendo productos desde sus laptops en playas tailandesas. No había buscado nada relacionado; simplemente, el algoritmo detectó mi perfil demográfico y dedujo, correctamente, que era el público objetivo de la industria del dropshipping. Lo que siguió fueron semanas de anuncios sobre cursos que prometían enseñarme a ganar 10.000 dólares mensuales sin inventario, sin inversión inicial significativa, y sin levantarme del sofá.
El dropshipping es, en su forma más básica, un modelo de arbitraje: identificas un producto barato en AliExpress (típicamente fabricado en China por centavos), creas una tienda online con Shopify, le pones un nombre aspiracional y un precio inflado, y lo promocionas mediante anuncios de Facebook o Instagram. Cuando un cliente compra, el pedido se envía directamente desde el proveedor chino al cliente final. Tú nunca tocas el producto. Tu único trabajo es conectar oferta y demanda cobrando un margen por el servicio.
Sobre el papel, no hay nada intrínsecamente fraudulento en este modelo. El arbitraje es tan antiguo como el comercio. El problema es que la industria del dropshipping se ha construido sobre una pirámide de mentiras donde el producto real no son los artículos de AliExpress, sino los cursos que enseñan a vender artículos de AliExpress.
Los gurús del dropshipping —esos jóvenes fotogénicos en Lamborghinis alquilados que pueblan los anuncios de YouTube— ganan su dinero enseñando dropshipping, no haciéndolo. Es un modelo de negocio autorreferencial: la prueba de que el dropshipping funciona es que yo, el gurú, soy rico; y soy rico porque vendo cursos de dropshipping. La circularidad es tan obvia que resulta casi admirable en su descaro.
Los números reales del dropshipping son desoladores. Los márgenes, tras pagar publicidad, comisiones de plataforma y costes de procesamiento de pagos, suelen ser de un solo dígito porcentual. La competencia es feroz: cualquiera puede encontrar los mismos productos en AliExpress y crear una tienda idéntica en horas. Los clientes, cada vez más sofisticados, reconocen las tiendas de dropshipping por sus tiempos de envío absurdos (4-6 semanas desde China) y su estética genérica. Las tasas de devolución son altas, los disputes con tarjetas de crédito frecuentes, y la sostenibilidad del negocio, mínima.
Un estudio de 2020 encontró que más del 90% de las tiendas de dropshipping fracasan en los primeros 120 días. De las que sobreviven, la mayoría genera ingresos marginales que no justifican el tiempo invertido. Los casos de éxito genuino —que existen— son estadísticamente comparables a ganar la lotería: posibles, pero irresponsables como plan de negocio.
La estafa del dropshipping opera en varios niveles simultáneos. En el nivel más superficial, están los cursos fraudulentos que prometen sistemas secretos y mentoría personalizada por miles de dólares, entregando información disponible gratuitamente en YouTube y soporte inexistente. Muchos de estos cursos son vendidos mediante webinars automatizados diseñados para crear urgencia artificial (¡solo quedan 3 plazas a este precio!) y explotar la vulnerabilidad emocional de personas desesperadas por escapar de empleos que odian.
En un nivel más profundo, está la estafa estructural del propio modelo: vender a consumidores productos de calidad dudosa a precios inflados, con tiempos de entrega inaceptables y servicio al cliente inexistente. El dropshipper no tiene incentivos para preocuparse por la satisfacción del cliente porque su modelo depende del volumen, no de la repetición. Es comercio extractivo en su forma más pura.
Y en el nivel más profundo de todos, está la estafa ideológica: la promesa de que el emprendimiento digital es la vía de escape universal de la precariedad económica. Millones de jóvenes han sido convencidos de que el problema no es un mercado laboral roto o una economía que concentra riqueza en pocas manos, sino su propia falta de iniciativa para montar un negocio online. El dropshipping, como tantas otras estafas de la era digital, individualiza problemas sistémicos y monetiza la desesperación.
Los verdaderos beneficiarios del ecosistema dropshipping son predecibles: Shopify cobra su suscripción mensual independientemente de si vendes algo; Facebook e Instagram cobran por anuncios independientemente de si convierten; los procesadores de pago cobran sus comisiones; y los gurús cobran sus cursos. El único que asume todo el riesgo y frecuentemente pierde es el aspirante a emprendedor que creyó en la promesa.
Hay algo particularmente cruel en la estafa del dropshipping: explota precisamente a quienes más necesitan una salida. No son herederos aburridos quienes compran cursos de 997 dólares prometiendo libertad financiera; son personas con trabajos precarios, deudas estudiantiles, perspectivas limitadas. La industria del dropshipping extrae valor de la esperanza y devuelve desilusión, mientras sus promotores posan frente a coches que no poseen en casas donde no viven.
La próxima vez que el algoritmo te muestre a un veinteañero explicando cómo gana 50.000 dólares mensuales desde Bali, recuerda la regla de oro: si el modelo de negocio funcionara tan bien como dicen, no necesitarían venderte un curso para explicarlo.
“Dirty Money” en Netflix es una serie de investigación que revela las descaradas acciones de la corrupción empresarial, desde préstamos salariales hasta coches que burlan las pruebas de emisiones. Esta producción se ha establecido como referencia en documentales sobre fraude financiero en la plataforma.
La serie expone casos emblemáticos como el escándalo de Wells Fargo, donde exempleados detallan las prácticas despiadadas y fraudulentas que alimentaron su crecimiento, y los escándalos del primer ministro Najib Razak que dejaron a Malasia inmersa en deudas tras fiestas extravagantes y préstamos dudosos.
Cada episodio revela patrones alarmantes, desde el lavado de dinero en la industria del oro hasta la destrucción ambiental causada por plantas químicas que afectan comunidades enteras. La serie combina periodismo de investigación con narrativa cinematográfica para exponer estafas de alto nivel.
“Dirty Money” representa el compromiso de Netflix con el periodismo de calidad y la exposición de prácticas fraudulentas que afectan a millones de personas. Su enfoque en crímenes corporativos la convierte en viewing obligatorio para quienes buscan comprender los mecanismos de corrupción en el capitalismo moderno.
La última temporada de The Good Fight (CBS) ha sido una explosión de drama, tensión y emoción, en la que Diane Lockhart se ha visto envuelta en la amenaza de una conspiración que atenta contra la libertad de los estadounidenses, una seria advertencia de lo que podría ocurrir en la realidad.
Además de los desafiantes casos que ha asumido el bufete, entre los que se tratan temas reales como el tráfico de órganos o la intromisión de las tecnológicas (sector que es protagonista de los juicios de la serie desde el principio), Lockhart observa cómo la corrupción y las fallas políticas y culturales se están solidificando en la sociedad estadounidense.
Las luchas de Diane apuntan, además, a que lo personal es lo político, tanto por su esposo republicano amante de las armas como por sus colegas que cuestionan cada vez más cómo un bufete de abogados afroamericano puede tener a una mujer blanca como una de sus socias designadas.
The Good Fight tenía la intención de ser una renovación: en el piloto, una estafa de inversión al estilo de Madoff hace estallar los planes de Diane de retirarse a una villa en el sur de Francia. Pero el cambio de política de los Estados Unidos le dio a la serie un nuevo propósito, enfocándolo en una era de troleo político, corrupción, persecución de los opositores y violencia inusitadas.
La temporada final se desarrolla con el ruido de fondo de sirenas, cánticos y explosiones que sacuden las ventanas del piso al techo de la empresa. Una protesta interminable cuyo origen ni pretensiones ya ni se saben se ha asentado en las calles de Chicago mientras los grupos de supremacistas blancos intentan provocar un Armagedón racial.
Mientras en el lujoso edificio del bufete se acomodan las extravagancias de Ri’Chard y se producen luchas intestinas entre él y Liz Reddick, caen manifestantes de los tejados, estallan bombas, se pintan amenazas en los ascensores, se crean grupos antifascistas clandestinos…
Todo arde alrededor, pero los personajes intentan, uno a uno, asegurarse su futuro y que lo que hay fuera no les afecte. ¿Os suena de algo ese individualismo atroz?
The Good Fight es un entretenimiento estimulante, pero cada vez más una lúgubre advertencia de lo que podría llegar a ser “la tierra de la libertad”.
Diane intenta sobrevivir bajo los efectos de una droga terapéutica que la ayuda a no ver la oscura realidad que tiene ante ella
En la segunda temporada de la exitosa serie de HBO The White Lotus, ambientada en Sicilia, se nos presenta un nuevo abanico de personajes ricos con un elevado nivel de corrupción moral.
La corrupción moral se define como el acto de tomar una decisión o acción que va en contra de los principios morales o éticos de una persona. Esto puede ser desde manipular situaciones a su favor, hasta mentir y engañar a los demás para obtener ventajas personales.
En este caso, el personaje de Cameron, debido a la naturaleza de su riqueza y el poder que le da sobre el resto de la gente, arrastra a su mujer, Daphne, y a la pareja de amigos a la que han invitado a pasar con ellos las vacaciones, Ethan y Harper, a su cúmulo de mentiras.
En Cameron confluye, además del infiel y mentiroso compulsivo, el tipo de emprendedor financiero que vive de realizar estafas, como Bernie Madoff, como confiesa Daphne entre vinos a Harper.
Asimismo, Greg Hunt, marido tras la primera temporada de la surrealista Tanya McQuoid, se descubre como miembro de una trama dedicada a estafar a mujeres mayores con elevado poder adquisitivo.
Tanya, personaje que hila las dos temporadas y que el público ha podido ver en toda su miseria y ruindad, termina resurgiendo de sus cenizas y elevándose moralmente por encima de Greg y la mafia con la que trabaja. ¡Y vaya escena final!
La familia Di Grasso, por su parte, añade a la corrupción moral un alto grado de machismo. Aunque Dominic continúa teniendo relaciones sexuales con otras mujeres al comienzo del viaje, se arrepiente de haber arruinado su matrimonio y trata de ser mejor, pero busca volver con su esposa sobornando a su hijo, Albie, que parecía el más recto de todos, pero que a su vez cae víctima del engaño de una prostituta local.
En definitiva, ninguno de los caracteres poderosos de la serie es visto de una forma humana o exenta de corrupción moral, algo que contrasta con la visión mucho más alegre de los trabajadores del hotel y aquellos que, acompañando a los personajes principales, tienen salvación moral, como Portia o Jack.
He tardado en escribir este post porque quería pensar y repensar el significado que This is Us (NBC), una serie aparentemente pequeña y contra la que he escrito algunas veces acusándola de estafa, ha tenido en la vida de los espectadores, y también en el mundo de la televisión.
This is Us es de las pocas producciones en las que el amor, los lazos familiares y los problemas se cuentan sin estridencias, poniendo por delante los valores que tenemos la gran mayoría de la población. Es una serie sobre la vida normal con la que, a pesar de tener una premisa un tanto inverosímil como es la adopción para completar los trillizos tras el fallecimiento de uno de ellos en el parto, todos podemos identificarnos.
La vida de Rebecca, de Jack, de Miguel… las de los tres trillizos, the Big Three, ha pasado ante nuestros ojos haciéndonos reír y llorar como la nuestra propia.
Desde Six Feet Under, y con la salvedad de Better Things, sobre la que escribiré otro post, no se habían vuelto a escribir guiones sobre vicisitudes familiares sin que estuvieran implicadas drogas, corrupción, asesinatos y otras cuestiones truculentas.
Ahora que nos han dejado con la trama bien cerrada y un buen a la par que triste sabor de boca por haber presenciado ese futuro en el que Kate, Kevin y Randall se quedan completamente huérfanos, nos queda pedir a los guionistas, productores y directores que extraigan sus propias conclusiones y nos deleiten con alguna otra gran serie pequeña como esta.
Yo he empezado a verla de nuevo desde el primer episodio con el peque de la casa, y eso me está haciendo ver todavía más su grandeza. Ya no recordaba que Maggie, Toby, William… aparecían en el episodio piloto, y saber cómo van a terminar todas las historias y que no ha habido ninguna incoherencia en su desarrollo me hace comenzarla sin el escepticismo con que lo hice la primera vez, sin prejuicios, y dispuesto a disfrutarla como la vida misma.
Con la serie This is us (NBC) he ido viviendo una relación de montaña rusa. Desde la intriga del comienzo a la sensación de estafa al narrar la muerte del ya famoso Jack Pearson hasta la costumbre tan placentera y casera como ir a comer a casa de mis padres y sentarme con ellos a ver la tele en el sofá. La serie se enfrenta ahora a muchos retos en su recta final.
Y es que This is us es una serie atípica. No trata sobre corrupción, drogas, guerra, sexo, sino sobre una familia que se quiere y, aunque tiene sus más y sus menos, son conflictos como los que podemos mantener con nuestros hermanos y hermanas, situaciones que se pueden dar en cualquiera de nuestras familias.
No somos conscientes de lo necesarios que son los mensajes de compasión, agradecimiento y lealtad que manda This is us. ¿En qué otra serie se ve que una suegra apoye así a su nuera?
En ese sentido, es justo y necesario reivindicar la sencillez y la placidez, incluso los dichosos acordes de guitarra que no paran de sonar y que nos recuerdan que no estamos ante The Shield o Succession, en las que los villanos campan a sus anchas, sino viendo a la agradable familia Pearson.
En su recta final, This is us se enfrenta a diversos retos. Por un lado, cerrar las tramas que son la vida futura de todos sus personajes hasta ese momento que se pronostica como final, que es el fallecimiento de Rebecca Pearson en su lecho de muerte, rodeada por todos sus familiares (incluidos los nuevos que se van a ir incorporando con el transcurrir de los años).
Mandy Moore borda el papel de Rebecca en todas las etapas de su vida.
Estas líneas de tiempo también conllevan grandes retos para sus actores, sobre todo para la propia Becca, que en seis temporadas ha sido una jovencita soltera, una embarazada y madre primeriza de trillizos, una viuda joven, una abuela madura y amorosa y, ahora, una mujer que encara su vejez con un diagnóstico de Alzheimer.
La serie a la vez tiene que seguir luchando por la atención de unos espectadores que, sin haber salido todavía de la pandemia, tenemos ya una guerra a todo color en nuestras pantallas y un ritmo frenético incompatible con los tiempos y el modo reflexivo que tienen los últimos episodios de This is us emitidos hasta la fecha.
Quizá, además, en una serie que ha querido incorporar la actualidad siempre a la trama, el escenario bélico termine frustrando su final, quedando tan inverosímil como lo fue el principio porque, ¿qué padres de trillizos acogen a un niño recién abandonado para suplir el fallecimiento de uno de sus bebés?
Los espectadores vamos viendo poco a poco el final de la relación de Kate y Toby. Queremos ayudarle, decirle “así, no”, porque ya sabemos que se van a divorciar, y a la vez estamos ilusionados por el futuro que le espera a Kate al lado de alguien con quien comparte su pasión por la música.
Ahora que emiten un episodio cada dos semanas, ¿se quedarán atrás sus tramas con respecto a los saltos que demos en la vida real? Esperemos que no y que podamos dedicar al divorcio de Kate la atención que se merece porque, me atrevo a pronosticar sin mucho miedo a equivocarme, seguro que nos conmueven con una honestidad y un cariño que son más necesarios que nunca en este mundo.
El Festival de Benidorm va camino de convertirse en el evento musical del año, pero no precisamente por el fomento de los valores de esfuerzo, compañerismo o justicia, sino por la sensación de estafa que ha dejado en millones de espectadores. No obstante, a pesar del enfado de muchos, las presuntas perdedoras oficiales, Tanxugueiras y Rigoberta Bandini, son ganadoras absolutas desde muchos puntos de vista.
En primer lugar, porque el público del Festival de Benidorm las votó a ellas (en mi casa se dio un voto a Terra y otro a Ay, mamá, que me van a doler cuando llegue la factura del teléfono), y también fueron las más votadas en la representación demoscópica de la sociedad. Eso significa unanimidad en torno a las gallegas.
En este sentido, TVE ha desvelado que Tanxugueiras recibieron más de un 70 % del televoto, a distancia también deRigoberta Bandini (18 %). El demoscópico, más igualado: Tanxugueiras (14%), Chanel (13,88 %) y Rigoberta Bandini (13,52 %).
Pero Tanxugueiras y Rigoberta Bandini son ganadoras del Festival de Benidorm también porque ya tienen su agenda de eventos repleta de actuaciones hasta el otoño que viene, e incluso ayuntamientos como el de Ponferrada han sacado a votación si llevar a las de Terra como actuación a sus fiestas patronales.
Tanto las “Tanxus” como “Rigo” van precedidas por su propio trabajo como compositoras, y ya están empezando a hacer colaboraciones con otros artistas (no os perdáis Averno de Tanxugueiras y Rayden). Es por esto que tienen más probabilidades de triunfar en el mundo de la música que alguien como Chanel, que ha sido elegida para interpretar un tema creado por otras personas.
Esto significa que mientras Tanxugueiras y Rigoberta estén disfrutando de las rentas de los derechos de autor de sus creaciones, Chanel deberá seguir trabajando a sueldo de discográficas si quiere ganarse el pan.
Y aquí es donde, en mi humilde opinión, está el quid de todo el asunto, la estafa que denuncian tantas personas, en que se ha utilizado una cadena pública de televisión para beneficiar económicamente a los dueños de las grandes compañías discográficas que crearon SloMo y buscaron a una persona para interpretarlo.
Esa persona, tristemente y debido a la polarización de la sociedad, está recibiendo ataques porque es la cara pública de todo el entramado, pero debemos apuntar más arriba y, sin ningún pudor, señalar a quienes se lo están llevando crudo a su costa.
Cada vez que entro a un sitio y están poniéndolo, no puedo evitar acordarme de esta maravilla satírica de Jon Lajoie:
Me voy a sumar a los ríos de tinta que se están vertiendo estos días con la película Don´t look up, una sátira política que algunos críticos califican de excesiva o como una estafa mientras miembros destacados de la comunidad científica, como Neil deGrasse Tyson, la califican como un documental de lo que están viviendo los científicos desde hace años.
Y es que Don´t look up refleja a la perfección la incompetencia y la corrupción política, la banalidad del mal de los medios de comunicación y lo voluble e influenciable que es la opinión pública.
Bajo la premisa del descubrimiento de un cometa que va a acabar con la vida sobre la Tierra provocando un evento de extinción masiva en un plazo de poco más de seis meses, Don´t look up explora las distintas reacciones de las autoridades competentes.
¿A quién no le recuerdan las escenas de las visitas al programa más visto de televisión a otras vividas en platós de programas de Telecinco o Antena 3? ¿Quién os parece Brie Evantee? ¿Susana Griso o Ana Rosa Quintana?
Desde el intento de censura para no alarmar a la población o el agarrarse a un clavo ardiendo señalando que un 99,7% no es un 100% de posibilidad de que suceda hasta terminar destruyendo todo por confiar la mayor expedición de la historia de la Humanidad a un empresario cegado por la avaricia y la corrupción.
En este sentido, otro acierto de la película es haber introducido personajes claramente inspirados en personas de la vida real que generan debate y conversaciones paralelas que demuestran que cada uno vemos el filme según nuestro propio prisma ideológico.
Sociópata, avaricioso y con una nave esperándolo por si sus planes demenciales fallaban. El vivo retrato de cualquier multimillonario de tecnológicas que se os venga a la cabeza.
¿A quién recuerda Janie Orlean (Meryl Streep), la presidenta de Estados Unidos? A unos, a Trump, a otros, a Ayuso, a otros, a Pedro Sánchez. ¿Y Brie Evantee (Cate Blanchett)? En España, sin duda, a Susana Griso, tanto físicamente como en su forma de hablar. ¿Y Peter Isherwell (Mark Rylance), el CEO del gigante tecnológico Bash? Yo, en este caso, he de decir que veo una mezcla de Elon Musk y Jeff Bezos.
Es curioso y muy significativo que los científicos se vean reflejados en los personajes del Dr. Randall Mindy (Leonardo DiCaprio) y Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), los dos astrónomos que descubren el cometa, que se ven obligados a peregrinar por despachos en los que son ninguneados y en los que comprueban con estupor e impotencia que están en manos de políticos ignorantes que se mueven únicamente a corto plazo y por la intención de voto.
Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, y, aunque no sea una obra maestra del cine en términos estéticos y esté planteada como un producto mainstream, se agradece el divertimento y ver, además, que todo el equipo parece habérselo pasado en grande durante el rodaje, una necesidad que muchas veces se olvida.
Aunque hace unas semanas escribí que la segunda temporada de The Morning Show estaba resultándome una estafa, hoy, con el final bien reposado, tras haber dado un parón a mitad para disfrutar de otras que consideraba mejores, vengo a decir lo contrario. Y es que esta producción de Apple TV+ ha terminado siendo el mejor reflejo de lo caótica que es la vida desde que la pandemia apareció en ella.
Intensidad emocional caótica
Los primeros episodios resultan difíciles de entender si no se observan en conjunto con la temporada completa. Ahí es cuando comprendes que Alex (una espectacular Jennifer Aniston en el mejor papel de su trayectoria como actriz) ha pasado toda la prepandemia, esos momentos frenéticos desde el 1 de enero de 2020 hasta principios de marzo, cuando todo había estallado por los aires, en modo “control de daños”.
Situación caótica tras situación caótica, Alex termina enfrentando la realidad.
Tras un regreso que había costado millones a la cadena ficticia UBA, no estaba dispuesta a permitir que se publicase un libro en el que se revelase que había tenido relaciones sexuales con Mitch Kessler (Steve Carell), su excompañero depredador sexual, ahora cancelado.
Como una narcisista de libro, la preocupación de Alex no era en qué habría podido ella ayudar a las mujeres que fueron víctimas de su adorado Mitch, sino que ella misma no fuese cancelada.
En este sentido, The Morning Show da una visión bastante irónica de este fenómeno social en el que el escrutinio de las redes sociales puede acabar o relanzar una carrera profesional de manera arbitraria en muchos casos.
A pesar de su trágico final, podría decirse que Mitch Kessler, el depredador sexual, es el único personaje que termina irónicamente redimido.
Esta intensidad emocional un tanto caótica de Alex también se desarrolla, aunque por otras razones, en Bradley (Reese Witherspoon), que se enfrenta a quién es y quién quiere ser a través de conflictos con su hermano con Trastorno Límite de Personalidad y adicción a las drogas, y con su novia (Julianna Margulies), la única persona razonable y cabal de toda la temporada.
Caos pandémico
Como si se tratase de un sueño para los personajes, y de una pesadilla revivida para todos los espectadores, los protagonistas de The Morning Show tropiezan en las mismas piedras en las que cayó la sociedad en aquel primer trimestre de 2020.
Causa desasosiego ver cómo los personajes siguen enfrascados, como lo estábamos los espectadores, en las nimiedades y las noticias habituales, ajenos a la gravedad de la pandemia.
La mayor parte de ellos se ríe del virus y considera exagerados a los pocos que se lo toman en serio (no es de extrañar que Daniel, el único de todo el equipo del show que puso interés en la noticia, termine renunciando a su puesto y viajando para poder sacar a su abuela de una residencia de ancianos). “Distanciamiento social es lo que lleva haciendo mi familia toda la vida”, dice una despreocupada y un tanto egocéntrica Bradley.
Todos llevan una vida social frenética, con reuniones, viajes a Italia, etc. en los que el espectador solo puede pensar “alguien ahí lo tiene”. Y así fue, en medio de una vida emocional y social caótica, Alex Levy, que había viajado a Italia para pedirle a Mitch un comunicado negando haber mantenido relaciones sexuales con ella, resulta positivo. Y no solo eso, sino que desarrolla la enfermedad.
Sinceridad final
Es en medio de esa locura en la que algunos escapan a sus casas para intentar salvarse (aunque probablemente ya estén contagiados) cuando otros, como Alex Levy, no tienen más remedio que enfrentarse a las consecuencias de sus actos.
El personaje de Laura es un soplo de aire fresco. Sensata, razonable, nada egocéntrica, siempre con un consejo cabal que seguir… y, sin embargo, todo lo que dice termina en saco roto (o peor, pues no hay que olvidar el momento en el que anuncia que tiene una patología cardíaca, ya después de haber compartido plató con Alex Levy).
Ella, que se había pasado toda la temporada huyendo de su pasado, se atreve a ponerse delante de las cámaras en su propia casa, en mitad de un proceso febril, para sincerarse con la opinión pública y hacer un streaming que, si finalmente se aprueba una tercera temporada, dará mucho que hablar.
Pero los personajes principales, por mucho que se sinceren, no pierden el egoísmo y la insensibilidad con los demás. Ese endiosamiento que les produce estar completamente alejados de la realidad por sus sueldos millonarios o por vivir en hoteles, como Bradley y Cory. Así, a estos dos últimos los vemos recorrerse las calles del Nueva York de marzo de 2020 buscando al hermano de ella y entrando en un hospital intentando que les atiendan los primeros. “Es que tengo un problema muy grave”, dice Bradley. Claro, como el resto de los que están ahí y que saturan las urgencias de los hospitales.
Pero ella, aguerrida por su posición privilegiada, se cuela en urgencias sin protección y corre a buscar a su hermano, que tiene más suerte que otros allí ingresados a los que ningún familiar ha podido entrar a ver.
The Morning Show nos pone delante personajes difíciles de tratar, egocéntricos, privilegiados que sucumben a la corrupción moral y que siempre terminan saliéndose siempre con la suya, incluso dentro de la situación más caótica que se pueda imaginar. De ahí viene esta relación de amor y odio que tenemos con ella el público y la crítica.