Aunque no pertenezco a la elite de críticos de televisión a los que Apple TV+ ha presentado ya la segunda temporada completa de The Morning Show, en los cuatro episodios que he visto, como todo usuario ‘normal’, he podido comprobar que las reseñas que apuntaban a una gran desilusión e, incluso, a una estafa, desgraciadamente tienen razón.
A falta de saber si en esta entrega va a haber un episodio como el octavo de la primera, en el que Mitch Kessler (Steve Carell) pasa de ser un simpático presentador acusado de acoso a un depredador parecido a Harvey Weinstein, la trayectoria que está tomando la trama es errática, con giros ridículos e inverosímiles y un aire demasiado indulgente con respecto al gran tema que se suponía que trataba: el acoso sexual en un entorno laboral.
Mitch Kessler viviendo una divertida y humana relación en Italia con una documentalista que lo protege de las críticas por lo que hizo es un giro inesperado del guion.
Corrupción en la UBA
En el episodio final de la primera temporada, cuando Alex Levy (Jennifer Aniston) y Bradley Jackson (Reese Whiterspoon), las dos presentadoras del programa que titula la serie se unen en sororidad para condenar el acoso sufrido por una compañera por parte del entonces ya expresentador, se intuye que algo puede cambiar en la UBA, la cadena ficticia que hospeda el show.
Pero, y en esto The Morning Show acierta de pleno, la cadena está fundada sobre pilares de corrupción de todo tipo, y el sexismo es uno de ellos, pese a tener una presidenta que afirma tener “su templo limpio”.
El regreso de Alex Levy a la cadena es una de las muestras de corrupción y doble moral. No importan los hechos, importan las audiencias. Que Levy sea declarada “heroína del feminismo” también es una muestra más de hipocresía.
Así, vemos que hacen lo posible por traer de vuelta a Alex Levy, pese a su turbia relación con Mitch, y esta a su productor, Chip (Mark Duplass), que también estaba al tanto del acoso sexual, como todos los que trabajaban en el programa. Y a Cory Ellison (Billy Crudup, que se ha llevado un merecido Emmy por su papel en la temporada anterior) no le dejan actuar como él quisiera con respecto a las demandas interpuestas por la familia de la víctima.
Stella, la presidenta de Informativos de la cadena, tiene un puesto de atrezzo, pues ningún superior la deja intervenir cuando se trata de sexismo, machismo, clasismo, etc.
Para intentar modificar las dinámicas tóxicas de trabajo, las jerarquías basadas en privilegios de etnia, sexo, orientación sexual, etc. entra en acción Stella Back (Greta Lee), presidenta de Informativos con una visión ‘woke’ de lo que tendría que ser UBA, pero, además de que el personaje está atado de pies y manos en la ficción, se le presenta de manera que genera rechazo también en los espectadores, en gran parte porque cede ante cuestiones graves en las que debería plantarse y, sin embargo, se excede con presentadores como el de Yanko Flores (Néstor Gastón Carbonell) por hacer un comentario ligero que es acusado como apropiacionista por los censores de Twitter.
Desilusión con los personajes
Cory Ellison, que tantos buenos momentos nos dio en la primera temporada con su revolución enigmática y caótica, se encuentra en esta temporada dando tumbos, intentando salvar su puesto y llevar a término la presentación de “otro streaming más”, como señala irónicamente Laura Peterson (una espectacular Julianna Margulies que interpreta a una periodista veterana despedida de Good Morning, America por ser lesbiana).
Cory hace malabares para no ser despedido y poder lanzar el streaming de pago de la cadena.
Y es que en esta segunda temporada los personajes prometedores no solo no se terminan de definir, sino que parecen más ambulantes que nunca. Bradley Jackson ha dejado de ser la joven periodista sin pelos en la lengua para comportarse como una diva y hacer todo lo que le pida la cadena con tal de mantener la audiencia (en vano canta y baila para el programa). Alex Levy, encumbrada como heroína del feminismo por haber dejado el programa, vuelve sin más argumento que ganar dinero y tener un despacho y un programa propio. Y Mia Jordan (Karen Pittman), que podría haber sido una baza importante, tiene escasas líneas (al menos en estos primeros episodios), pero estas también revelan una resignación al status quo y la corrupción moral de la cadena.
Siempre es un placer ver a Julianna Margulis, aunque no se explota todo su potencial, y el giro de guion de Bradley con ella es bastante inverosímil, dado cómo han presentado a Bradley Jackson hasta ahora.
Y, por si fuera poco, parece que Mitch Kessler va a tener una no sé si merecida redención viviendo su despido en Italia.
El contexto de la pandemia
Uno de los aspectos que espero que no generen desilusión es el marco temporal en el que han ambientado la temporada. Comenzando en la Nochevieja de 2019/2020, con un coronavirus que levanta alertas a China pero que es tomado a cachondeo y como algo menor en Occidente (y en la escaleta de The Morning Show) y un incipiente impeachment de Donald Trump.
El comienzo con un travelling de la Nueva York confinada, con las calles vacías, seguido de un “tres meses antes” genera muchas expectativas sobre las consecuencias que la pandemia pueda traer para cada uno de los personajes.
Daniel es el único que ve desde el principio la importancia del nuevo coronavirus del que alerta China. La imposibilidad de ascender en posiciones en la cadena UBA lo lleva a ponerse en apuros. Para él, es un claro caso de racismo. La cadena, cómo no, lo niega.
Enviar a Mitch Kessler al Lago di Como, un enclave paradisíaco en el que conoce a una alocada documentalista italiana, se hace con el propósito de vivir la pandemia desde su primer país occidental, previo a su explosión en España y en la Costa Oeste de Estados Unidos.
Sin haber visto más que cuatro episodios, deseo tener que escribir otro post en el que me desdiga de este y señale la maravillosa sorpresa que nos ha deparado esta segunda temporada de The Morning Show. A día de hoy la resumo en “mucho ruido y pocas nueces”. Un elevadísimo presupuesto y actores de gran caché para una serie que no sabe sacar suficiente partido a lo que tiene entre manos.
Muchísimos españoles seguimos hoy conmocionados por la muerte de Antonio Gasset, un auténtico genio, de profesión crítico de cine, que durante muchos años nos alegró las noches con sus ironías a cargo del programa Días de Cine en La2 de TVE.
Su agudeza y su honestidad nos demostraron que ningún gran director, guionista o actor podía estar exento de crítica si su trabajo no había sido excelente, algo que no sucede ya en estos días en los que los contenidos patrocinados mandan.
Antonio Gasset era la honestidad, el bofetón de realidad que toda persona necesita para replantearse las cosas que está haciendo mal y lo que debe cambiar. Sus “llegó la pausa” eran píldoras de existencialismo, el combustible que muchos esperábamos durante toda la semana para animal al día siguiente las conversaciones en la facultad o en el trabajo.
Con Antonio Gasset hemos crecido viendo cómo titanes del cine podían ser demolidos con frases educadas a la par que mordaces: “Se estrena estos días la película El último samurai, protagonizada por el ex-marido de Nicole Kidman, único dato destacable de este actor llamado Tom Cruise”; “Ben Affleck es a la buena interpretación lo que un pepinillo cocido a la alta cocina”.
El director y presentador, fallecido a unos muy tempranos 75 años, era un clásico de las “catacumbas de la noche”, forma en la que irónicamente protestaba contra los horarios intempestivos a los que TVE relegaba su programa, que incluso modificaban a su antojo: “Hasta el próximo programa. No sabemos ni qué día ni a qué hora nos pondrán, de modo que estén atentos.”
El sobrino segundo del filósofo José Ortega y Gasset ha sido todo un referente para varias generaciones, especialmente para las que tuvimos el placer de conocer programas como el suyo, ¡Qué grande es el cine!, de José Luis Garci, o La Clave, donde el debate sereno y argumentado sobre temas políticos y económicos elevaba el nivel cultural de los espectadores, al contrario de los formatos que se han terminado imponiendo en los últimos tiempos.
Con Antonio Gasset muere una forma de hacer televisión en la que se buscaba estimular el intelecto del público y apelar a su pensamiento crítico para no dejarse deslumbrar por las luces fluorescentes de la industria.
No puedo evitar cerrar este pequeño y humilde homenaje a este genio con una de sus mejores frases: “Nos vamos con la esperanza de que ninguno se deje llevar por los fanatismos religiosos, políticos o sexuales: los primeros por no llevar a nada, los segundos porque el objeto de deseo suele ser un idiota de renombre y los últimos por las continuas frustraciones”.
El proyecto Symphony, que propone al espectador vivir y disfrutar la música clásica de una forma inédita gracias a la tecnología de realidad virtual, ha tenido tanto éxito que se quedará en una exposición permanente en el centro cultural de la Fundación la Caixa en Barcelona.
La experiencia Symphony, que ha viajado desde septiembre de 2020 por ciudades como Barcelona, Santander, Valladolid, Madrid, Granada y Málaga, y que a partir del 13 de mayo abrirá sus puertas en Toledo, ha logrado una gran afluencia de público y unas críticas inmejorables.
Symphony es un viaje al corazón de la música. Una película de la Fundación ”la Caixa”con música de Beethoven, Maher y Bernstein.
El proyecto inmersivo de Symphony
El punto de partida de este proyecto musical del fundador de Igor Studio y director del proyecto, Igor Cortadellas, era hablar del poder emocional de la música desde una perspectiva divulgativa.
La Fundación la Caixa apostó desde el primer momento por la realidad virtual como la mejor forma de explicar la historia de Symphony.
Bajo la batuta de Gustavo Dudamel y acompañados de los más de cien músicos que integran la Mahler Chamber Orchestra y jóvenes de la Fundación Gustavo Dudamel, el público escucha la música de una forma única, adentrándose, incluso, en los instrumentos.
Symphony tiene una duración aproximada de 40 minutos y está formado por dos unidades móviles que se despliegan y se convierten en dos salas de cien metros cuadrados cada una. En la primera de ellas se puede ver una película panorámica que introduce al espectador en este viaje y le guía solo a partir de los sonidos. La segunda está dedicada a vivir la experiencia de realidad virtual, apuesta de la Caixa desde el primer momento.
La película aborda el retrato de los sonidos en los que viven inmersos tres jóvenes músicos de Colombia, Nueva York y la costa mediterránea, haciendo hincapié en los contrastes del entorno.
David Bagué, lutier, durante el rodaje de Symphony.
La experiencia musical, por su parte, se desarrolla tanto en el ámbito de una orquesta escuchando la Quinta Sinfonía de Beethoven como en el taller de un lutier, con el sonido de la madera mientras es esculpida por las manos del artesano constructor de los instrumentos de cuerda.
Novedades de Symphony en CaixaForum
El espacio en el que se podrá disfrutar Symphny cuenta con revestimientos de madera y una luz tenue para llevar la música a su máximo esplendor. Para este sede, según explica la Fundación la Caixa, se ha dotado la instalación de los equipos más avanzados y de asientos mejorados, así como de un nuevo modelo de gafas que permite usar unos auriculares de alta fidelidad.
Viaje al interior de un violín.
El diseño de este espacio, situado donde se encontraba el almacén de la antigua fábrica modernista Casaramona, ha destacado el edificio histórico que acoge CaixaForum con la recuperación de las bóvedas y un estudio acústico exhaustivo para llevar la experiencia a otro nivel.
En cumplimiento de la normativa sanitaria, la instalación empezará a funcionar con 18 plazas de las 36 disponibles en total y se prevé que cada día ofrezca seis sesiones.
Visitar o revisitar la filmografía y los shows de Ricky Gervais (muchos de ellos con Stephen Merchant) siempre hace aflorar nuestro lado más irónico, sarcástico, desvergonzado y políticamente incorrecto, pero también el más humano y sensible. Hoy, un día después de haber terminado la maravilla de After Life, me apetece dar un paseo por las principales series de este maestro del humor irreverente.
The Office
La serie más exitosa de Ricky Gervais y Stephen Merchant, rodada en forma de falso documental paródico, se ambienta en una gris sucursal de la empresa papelera Wernham-Hogg y cuenta con Gervais como protagonista interpretando el papel del gerente David Brent. Ignorante, vanidoso, frustrante y en muchos casos ofensivo, Brent se percibe a sí mismo como simpático e ingenioso, lo que da pie a numerosas situaciones embarazosas y un humor muy incómodo y adictivo.
Los más fanáticos podrán deleitarse con las diversas adaptaciones que se han realizado, entre ellas la chilena, la francesa, la alemana o, la más famosa de todas, la estadounidense, con Steve Carell como protagonista.
The Office, como todas las producciones de Gervais, está plagada de situaciones incómodas.
Mención especial merece este remake por los cambios que se introducen en el personaje protagonista que, a pesar de mantener el don de la inoportunidad y la capacidad de molestar a todos sus empleados, pierde aspectos desagradables en favor de un patetismo entrañable que engancha desde el primer episodio. Y es que Michael Scott se entromete continuamente en la vida personal de sus empleados para suplir su carencia de amigos, y es esta desesperación la cualidad que, pese a que no soportaríamos a una persona así en la vida real, hace que no sólo nos riamos, sino que también nos compadezcamos de él.
Extras
Esta serie de tan solo dos temporadas muestra la vida de Andy Millman (Ricky Gervais), un actor con mucha ambición y con un guion que intenta vender a toda costa que se ve reducido a trabajar como figurante debido en gran parte a la inutilidad de su agente (Merchant).
Junto a él siempre se encuentra su aparentemente única amiga, Maggie Jacobs, una frustrada actriz treinteañera cuyo principal objetivo parece ser encontrar pareja. Maggie posee muy pocas dotes sociales, lo cual la lleva a provocar escenas que provocan una vergüenza ajena desternillante.
Dentro del guión se desarrollan otros géneros, resaltando una metacomedia en la que se ponen de manifiesto las críticas de Gervais y Merchant al mundo de la televisión y los argumentos facilones que prefieren las grandes cadenas a la hora de producir shows de humor.
La genialidad de Ricky Gervais es tal que artista que se precie quiere hacer cameos en sus obras.
En cada episodio aparecen, además, actores conocidos, triunfadores en la actualidad o ya fracasados, que aportan un contrapunto a las incipientes carreras de Millman y Jacobs. Los desaforados intentos de los dos protagonistas por medrar los llevarán a meteduras de pata de proporciones épicas con Samuel L. Jackson o David Bowie, entre otros.
Otros casos, como las parodias de Les Dennis (humorista, presentador y actor inglés venido a menos) y Warwick Davis (protagonista de Willow) darán lugar a otras series que conforman el ‘universo Gervais-Merchant’, como la que analizaremos a continuación.
Life´s too short
El título de esta sátira ya describe por sí mismo parte del contenido: la complicada vida de Warwick Ashley Davis, que padece displasia espondiloepifisaria congénita (enanismo) y de cuyo nombre como actor ya nadie se acuerda.
Warwick Davis, que se interpreta a sí mismo, intenta conseguir dinero de las formas más inverosímiles para hacer frente a la ruina económica que le está causando su divorcio, además de su fracaso profesional continuado.
El papel de Warwick no obedece a la corrección política que en otros casos supondría un guión con una persona con enfermedad como protagonista. Lejos de ser noble u honesto, en la mayor parte de la trama Warwick, que además es dueño de una agencia de actores enanos, se comporta de manera inoportuna, mezquina y tramposa.
El humor políticamente incorrecto de otras series adquiere en esta una dimensión corrosiva, hasta el punto de conseguir que el público se ría a carcajadas, pero con sentimiento de culpa. Situaciones embarazosas e incómodas se suceden una tras otra sin que se pueda apartar la vista de la pantalla.
En Life´s too short el espectador se encuentra en numerosas ocasiones pensando: ¿de verdad me estoy riendo con esto? Sí, me estoy riendo con esto.
Life´s too short, una de las obras más controvertidas de Gervais y Merchant, se presenta como mockumentary, contraponiendo las declaraciones de Warwick a cámara con la realidad de su vida ,y logrando así hacer todavía más cómica la diferencia entre lo que él percibe o se esfuerza por percibir y lo que realmente está pasando a su alrededor, como aquellos anuncios de la FAD. Las continuas miradas incómodas de Warwick a la cámara consiguen, además, reforzar lo esperpéntico de su situación.
En esta serie, en la que Gervais y Merchant interpretan una parodia despiadada de sí mismos, aparecen también artistas haciendo ‘cameos’, como Johnny Depp, que alude a la polémica que tuvo cuando Gervais, siendo presentador de los Globos de Oro, dejó su película The tourist por los suelos de manera sarcástica; Sting, que se burla abiertamente de sus aficiones; o Val Kilmer, cuya caricatura es tan exquisita que debería ser delito realizar un spoiler sobre ella.
Life´s too short es una crítica feroz a la estafa de las agencias de actores y el mundo en general del cine y la televisión.
En Life´s too short el patetismo se convierte en comedia de manera magistral, logrando que el público sienta profunda empatía y admiración por todos esos actores que, como el castizo Jorge Sanz, saben reírse del hundimiento de sus propias carreras, aunque quizá, llegados a ese punto, ya no les quede otro remedio que aceptar estos papeles.
An idiot abroad
Enviar a un no muy inteligente inglés de clase media que rechaza salir de su “zona de confort” a viajar por todo el mundo y sumergirse en las costumbres más extravagantes y exóticas de las distintas culturas. Esta idea, aparentemente sencilla, da pie a un falso documental en el que el surrealista Karl Pilkington se interpreta a sí mismo como ‘hombre normal’ (“una especie de Homer Simpson en la vida real, limitado, vago, pero en su núcleo, una buena persona”, en palabras de Merchant). “Una de las más bromas más caras y divertidas que he hecho jamás”, describe Gervais en su introducción.
A lo largo de los viajes a China, India, Jordania, México, Egipto, Brasil y Perú, Pilkington se extraña, se maravilla, se lamenta y protesta por todo lo que ve, pero a la vez siempre termina haciendo lo que los productores Gervais y Merchant, que vuelven a hacer una sátira cruel de sí mismos, le ordenan desde Londres con el único objetivo de obtener risas y escarnio.
Los episodios son prácticamente soliloquios en los que Pilkington revela sus reflexiones de hombre con pocos recursos y escasa capacidad para las relaciones sociales. Para paliar esta soledad los maléficos Gervais y Merchant le darán en uno de ellos a Warwick David como compañero de viaje.
Sus reacciones ante las distintas tradiciones que encuentra a su paso son tan naturales que da la impresión de que no existe guión, sino una sucesión de situaciones espontáneas en las que este ser anodino y gruñón intenta adaptarse con nulos resultados.
Karl Pilkington es, además, una pieza clave de otras obras como The Ricky Gervais Show con sus poemas, diarios, preguntas imposibles, etc., Derek, o esta magnífica pieza de humor que es Learn English with Ricky Gervais:
Derek
Este último título es una experiencia en solitario de Ricky Gervais y es, sencillamente, una obra maestra.
Con Derek, Gervais pone el clavo en el ataúd de las sitcoms y avanza en una nueva forma de entender el humor, compaginando brillantes y desternillantes diálogos con fuertes y trágicas emociones. Estos sentimientos, además, se generan de forma natural al narrar las situaciones habituales de la vida en una residencia de ancianos, espacio que da pie a la trama.
Un mockumentary maduro y comprometido que muestra la vida de Derek -personaje principal protagonizado por Gervais-, voluntario, autista y con bondad y sensibilidad extremas, y sus amigos y compañeros: el frustrado conserje Dougie (Karl Pilkington), el pervertido Kev, la amable y altruista Hanna, gerente de la residencia, los ancianos y los jóvenes que envían desde servicios sociales para cumplir condena por delitos menores.
La ternura de Derek destaca en un mundo de corrupción y deshonestidad.
Si las creaciones de Gervais y Merchant ya criticaban las costumbres sociales, la forma de interpretar la historia, la corrección política que encierra falsedad en el tratamiento de temas como la discriminación o las enfermedades, la moralidad, etc., en Derek Gervais da un paso más para poner de manifiesto la tragedia que viven los ancianos en la sociedad occidental.
Una tragicomedia que intercala las risas más enloquecidas con la tristeza cotidiana más desgarradora y en la que se percibe la pasión y la compasión de Gervais, tanto por la historia como por los personajes. Gervais at his best.
After Life
Y qué decir de After Life, una comedia dramática negra en solitario de Gervais en la que interpreta a Tony, trabajador de un periódico en la pequeña localidad de Tambury que, tras fallecer su mujer por un cáncer de pecho, decide convertirse en un ser avinagrado que va diciendo “la verdad” a todo el que se encuentra, incluyendo también a las personas que se preocupan por él.
Bajo una apariencia nihilista, en After Life encontramos un auténtico canto de esperanza y amor por la vida y por los demás. Porque Gervais, activista del ateísmo, no pierde la oportunidad de señalar lo bella e increíblemente mágica que es la propia vida, incluso a pesar de las desgracias.
Los diálogos sobre el duelo y el sentido de la vida adquieren tintes tragicómicos en After Life.
Como en otras entregas de Gervais, por After Life pasan personajes muy diversos, desde un padre con Alzheimer hasta un vecino que sufre Síndrome de Diógenes, todos ellos vistos con una mirada profunda en la que caben tanto la risa como la compasión más tierna.
No ha habido episodio en el que no se me hayan saltado las lágrimas, tanto por la risa como por la emoción. Melancolía y humor a raudales.
Unos años después de la presunta y esperemos definitiva derrota del Daesh llega a través de Netflix a nuestras pantallas Kalifat, una serie sueca en tono de thriller sobre cómo el ISIS fue captando jóvenes europeos, segundas generaciones de inmigrantes, para irse al Estado Islámico.
Kalifat es una respuesta para quienes, como yo, nos hemos estado preguntando durante mucho tiempo cómo era posible que adolescentes que viven en países donde se respetan los derechos humanos elegían dejar atrás a sus familias para dar, literalmente, su vida por el proselitismo islamista.
Kalifat, los hechos reales
Y es que, aunque la historia esté narrada a modo de thriller, la base de cómo operan los reclutadores de jóvenes está inspirada en hechos reales.
El perfil del extremismo islamista y la captación de adolescentes para la causa es el tema principal de Kalifat.
Así, “El Viajero”, Ibbe, profesor asociado del instituto, sería como una de esas figuras carismáticas y persuasivas que lograron convencer a sus pares para unirse a la causa del Daesh y que eran o bien hermanos mayores que habían estado en Siria, o bien compañeros de instituto o influencers.
Los jóvenes procedentes de familias desestructuradas son más proclives a caer en este tipo de alienación.
Porque el Estado Islámico desarrolló una enorme propaganda audiovisual que difundió a través de canales de YouTube. Hasta llegó a tener su propio magazine, al estilo de las revistas que triunfan entre los adolescentes. En este sentido, puede decirse que fue el primer grupo religioso radical en utilizar y dominar las herramientas digitales para el proselitismo.
Las policías europeas señalaron hace tiempo que en muchos casos el adoctrinamiento se realizaba a través de Internet, cuando los adolescentes pasaban mucho tiempo en sus habitaciones solos con el ordenador o el teléfono móvil y entraban en contacto con los reclutadores.
Cuando Ibbe recluta a las adolescentes Sulle, desilusionada y bastante crítica con la política sueca, su hermana Lisha y Kerima, procedente de una familia desestructurada con un padre alcohólico y maltratador, lo hace enviándoles vídeos en los que los islamistas son presentados como heroicos valientes que están extendiendo la ley de Dios, una guerra santa por la que van a ser premiados en la eternidad, como hacían los adoctrinadores que se llevaban a adolescentes al Daesh.
La red de captación de Kalifat engañaba a las jóvenes haciendo creer que iban a vivir en un paraíso de palmeras y fuentes cristalinas. Nada más lejos de la realidad.
Sulle, Lisha y Kerima, como otros muchos y otras muchas jóvenes que fueron convencidos por estos radicales, se sentían especiales y habían desarrollado un sentimiento de pertenencia, fundamental en esas edades. Ni los padres de Sulle y Lisha, inmigrantes que no practicaban el Islam, podían salvarlas.
Kalifat, el thriller
La otra parte de Kalifat, bien estructurada y narrada, es la que incluye ficción en formato thriller en el que Fátima, una agente del servicio secreto de Suecia de origen bosnio, recibe información sobre unos atentados que van a tener lugar en el país.
La fuente es Pervin, una adolescente sueca, hija también de inmigrantes, que fue engañada para ir al Estado Islámico y, tras sufrir violencia machista, violaciones y todo tipo de represión, decide que quiere irse de allí para salvar a su hija, Latiffa.
El corazón en un puño cada vez que Pervin tenía que vigilar a su marido y a sus compañeros para dar información a Fátima.
Las peripecias que tiene que hacer Pervin para poder hablar con teléfono (prohibidos para las mujeres) con Fátima y enterarse de los planes de los atentados mantienen al espectador en un continuo sobrecogimiento.
Por su parte, Fátima realiza ciertos descubrimientos que apuntan a una posible corrupción de su jefe, Nadir, que podría estar compinchado con Abu Jibril, imán referente del marido de Pervin y sus compañeros de brigada islamista.
Para ser una serie del norte de Europa, que suelen tener excelente calidad pero muchos finalesestafa, hay que señalar que, a excepción de un par de trampas del guion demasiado obvias hacia el tercer o cuarto episodio, logra mantener una excelente calidad.
La serie flojea en este único punto, a partir del cual pensé que iba a ser otra estafa, pero, afortunadamente, no es así.
Con un final nada halagüeño en el que se demuestra que nadie gana en este juego, Kalifat cierra una primera temporada que probablemente no se continúe, aunque críticos y admiradores están reclamando más entregas.
Estos días estoy viendo la inmerecidamente olvidada Dear White People de Netflix, una serie en la que un grupo de jóvenes experimentan su vida universitaria en una institución de élite en la que las luchas de poder y el racismo sutil e interiorizado forman parte del día a día.
Contradicciones y luchas de poder
Dear White People engancha por la fuerza de sus personajes y las historias que les ocurren, en las que no son presentados como héroes, sino como personas poliédricas que, aunque tengan razón en sus argumentos y batallas diarias, se ven también envueltas en grandes contradicciones.
Aunque se trata de una serie bastante coral, el peso de la trama lo lleva Samantha, una joven birracial (mitad blanca, mitad negra) que conduce un programa radiofónico universitario con el mismo título que la propia serie. Samantha es pura pasión, puro Black Lives Matter, pero se lleva en muchas ocasiones críticas de sus propios compañeros de asociación por no tener un tono de piel suficientemente oscuro y eso la hace entrar en absurdas luchas de poder.
Las luchas de poder entre las chicas de Wincester son constantes.
Samantha, además, está enamorada de un joven blanco indie que se ve también obligado a mostrar su antirracismo más que ningún otro, aunque sus actitudes en muchos casos son interpretadas por los amigos de Samantha como condescendientes.
Y es que ese es precisamente el tema principal de esta producción de Netflix, el racismo sutil y que en muchas ocasiones nos lleva a actuar de manera artificial, sin saber cómo abordar situaciones completamente normales por los prejuicios interiorizados que tenemos.
Los espacios no mixtos dan seguridad a los jóvenes que sufren el racismo institucional.
Porque, a excepción de unos supremacistas blancos y acosadores, el resto de personajes caucásicos en Dear White People son personas corrientes, bondadosas, pero que en la práctica no saben cómo mantener una relación de amistad o pareja con una persona distinta en términos étnicos.
La política, las confrontaciones entre izquierda y derecha, la otredad, la amistad entre personas que se encuentran en las antípodas ideológicas son temas comunes en Dear White People.
Racismo institucional
Caso aparte es el del racismo institucional que se pone sobre la mesa. Porque cuando la sátira de la propia serie te lleva a ver las costuras de todos los personajes y te entra la risilla floja observando sus contradicciones, de repente cae un jarro de agua fría en forma de, por ejemplo, un policía apuntando con un arma a uno de los amigos de Samantha simplemente para pedirle la documentación, o cualquier otra injusticia a la que desgraciadamente están muy acostumbrados, y vuelves a la realidad y a ver que tienen razón, y que el resto debe aprender a escuchar si realmente quiere ayudar.
En este sentido, aunque el Decano de Wincester es afroamericano, se ve en seguida que tiene poco poder para resolver cuestiones graves de abuso policial o, incluso, de corrupción de los donantes multimillonarios de la universidad.
La sátira llega al punto de que en cierto modo hasta los afroamericanos estadounidenses pueden llegar a ser racistas con otros, como su compañero keniata. El actor, que no estará presente en la próxima entrega de la serie, ha denunciado por racismo a la productora.
Aunque todavía voy por la mitad de la segunda temporada y he leído que hay quien siente como una estafa que hayan suprimido la importante aportación que hacía la figura del narrador en las anteriores, voy a aventurarme y a recomendarla como una gran serie, fácil de ver, con episodios de corta duración y que hace pensar.
Cuentan los críticos de distintos medios que en los países de habla hispana, entre ellos España, por supuesto, no ha tenido gran acogida porque los temas se alejan de nuestras realidades. Quizá el hecho de que tengamos tan poco contacto con estos sentires es un síntoma de racismo en sí mismo, porque personas racializadas tenemos muchas alrededor.
Visto por fin el documental The Social Dilemma, de Netflix, del que todo el mundo habla, confieso que no me ha sorprendido en absoluto la idea que transmite de que estos nuevos ladrones de tiempo que son las redes sociales están perfectamente pensados para absorber nuestra atención y convertirnos en productos de cara a las marcas.
Un puñado de jóvenes dirigiendo el mundo
Es cierto que no todo el mundo conoce cómo funciona la publicidad de las redes sociales, ni la recogida de datos ni su capacidad para conchabarse con la corrupción política para manipular lo que vemos en nuestras páginas de inicio (el escándalo de Cambridge Analytica no llegó a todas las personas que debería haber llegado) o difundir bulos y fake news, y en ese sentido el filme de Jeff Orlowski aporta muchos datos de primera mano.
Las grandes empresas tecnológicas operan para que las usemos el mayor tiempo posible. Son grandes conocedoras de la mente humana y trabajan contra ella.
Pero adolece de varios errores. Uno de ellos es utilizar solo testimonios en primera persona de extrabajadores que, después de enriquecerse diseñando y perfeccionando la forma de atraer nuestra atención y robar nuestros datos en Pinterest, Instagram, Facebook, Twitter, YouTube, Whatsapp, etc., ahora se arrepienten de lo que han hecho e intentan expiar sus pecaditos cuando ya es un poco tarde para ello.
El movimiento de actualizar en nuestros dedos se ha convertido casi en un TIC, pues sabemos que siempre va a haber algo nuevo que ver.
Entre ellos están Tristan Harris, exdiseñador ético de Google; Aza Raskin, el cofundador de Asana; Justin Rosenstein, extrabajador de Facebook y cocreador del botón de Me Gusta de dicha plataforma; el presidente de Pinterest, Tim Kendall; el director de política de investigación de IA Now, Rashida Richardson; el director de investigación de Yonder, Renee DiResta.
Ladrones de vidas
Afortunadamente, además de estos jóvenes, aparecen científicas como Anna Lembke, directora de programa de la Sociedad Médica de Adicciones de la Universidad de Stanford, la matemática Cathy O´Neil o la socióloga Shoshana Zuboff, que hace poco ocupaba en La Vanguardia un titular que reza así: “Pensábamos que usábamos a Google, pero es Google el que nos usa a nosotros”.
La socióloga Shoshana Zuboff es muy crítica con la corrupción de estas empresas.
A través de estas voces más expertas y con mayor número de estudios y evidencias científicas en la mano, se nos muestra lo que para mí es crucial del documental, que son las consecuencias tangibles de esta nueva atadura en la que hemos caído todos, especialmente los más jóvenes.
Y es que los aumentos de suicidios entre adolescentes a partir del año 2011 en el que las redes sociales se consolidan (algunos ya usábamos MySpace, los canales IRC y demás, pero no eran tan comunes como para que las tuviesen todos nuestros amigos, y mucho menos nuestros padres, y hasta nuestros abuelos, como sí lo es ahora). El acoso a través de estas plataformas se perfila como una de las principales causas, porque ahora los acosadores no se quedan en el ámbito escolar, sino que continúan sus agresiones desde sus casas a través de las redes.
La estafa de la ficción
Combinada con los numerosos testimonios de extrabajadores de las redes sociales e investigadores, aparece en el documental un amago de ficción que da bastante vergüenza ajena, aunque es algo a lo que estamos acostumbrados ya en este género cuando a un director o directora no le llega con hacer una obra informativa y quiere sacar a la luz sus anhelos cineastas.
Uno de los momentos cumbre de la estafa de ficción que se ha insertado como un pegote en el documental.
En esta estafa, perdón, experimentación con la ficción, se muestra los efectos reales de las redes sociales en el seno de una familia con dos hijos adolescentes muy influidos por las redes y, aunque considero que es una chapuza a nivel de guion e interpretación sí me parece interesante reseñar que muestra bien cómo un niño o una niña que recibe una crítica hiriente a una foto suya puede terminar profundamente afectado y con algún trastorno psicológico de algún tipo.
Para los niños, cuyo sentido de la identidad se está formando, es muy peligroso estar sometidos constantemente a las valoraciones externas a través de las redes.
Porque, como dice uno de los extrabajadores de estas empresas tech, los seres humanos no estamos preparados mentalmente para saber lo que miles de personas opinan sobre nosotros y eso puede perjudicarnos muchísimo ya de por sí a los adultos, muchísimo más a los niños.
Las redes no están pensadas para ayudar a los niños y adolescentes en sus relaciones sociales, sino para que estos las usen de manera indefinida y descontrolada.
En definitiva, se trata de un documental con una temática interesante que podría estar un poco mejor realizado para hacerlo mucho más atractivo. Ya llevo unos cuantos de Netflix así (hace poco hablé aquí sobre el de los terraplanistas). Espero que no sea la norma.