Me ha costado terminar de ver Exit, la comedia negra noruega sobre cuatro execrables nuevos magnates de las finanzas y su corrupción, un experimento en el que se pretende (y se consigue) poner al espectador en un estado continuo de náusea e indignación.
Y es que Exit, que podría haber tomado un camino mucho más elegante, como ha hecho Succession, no escatima a la hora de presentarnos a sus cuatro protagonistas como seres absolutamente amorales, odiosos, egoístas y, en definitiva, sin posibilidad ninguna de obtener la empatía del público.
Exit, los hechos reales
Quizá una de las razones por las que se siente tanta repulsión al ver Exit es porque está basada en hechos reales hasta en un 70% de las situaciones que narra, según ha relatado Oystein Karlsen, guionista y realizador, en diversos medios.
Los cuatro elementos que protagonizan la serie son completamente amorales por elección.
Porque la idea de esta serie surge de unas entrevistas realizadas en 2017 a cuatro tiburones financieros en las que relatan sin ningún pudor sus desmanes, en algunos casos más canallas, en otros absolutamente depravados, y son estos cuatro entrevistados quienes llevan la cinta a Karlsen pensando que sería una serie bastante exitosa.
Este, al escribir los episodios, se los entrega para ver qué opinan, obteniendo el siguiente feedback: “Quisieron dejar claro que no viajan en vuelos comerciales y que la tarjeta bancaria que usan es una Centurion. Pero de la escena en la que uno de ellos golpea una puerta con un hacha y le corta un trozo de oreja a una prostituta no dijeron nada, no les supuso ningún problema”.
El falso documental
Exit, que ha sido un éxito absoluto en Noruega, aunque en España apenas se ha visto (lo cual dice mucho, y muy bueno, si se me permite, del público de nuestro país), tiene formato de falso documental, como The Office, enfrentando las declaraciones de los protagonistas con las contradicciones y las mentiras que se observan en su comportamiento en la realidad.
Corrupción, misoginia, clasismo, racismo, tráfico de armas… los protagonistas de Exit lo tienen todo, y nada bueno.
El contraste entre lo que dicen y lo que hacen y el grado de perversidad que alcanzan hace que, en mi humilde opinión, estos personajes no lleguen a la categoría de antihéroes que algunos críticos sí han visto en ellos.
Adam, William, Henrik y Jeppe son una auténtica estafa a todos los niveles, no solo con respecto a los otros personajes de la serie (su familia, principalmente) con los que intentan mantener una fachada de respetabilidad, sino como personajes en sí mismos dentro de la historia.
Si en los cuatro primeros episodios se nos presentan sin rodeos en su mundo de corrupción y degeneración, en los cuatro siguientes vemos un desbordamiento de la violencia que generan y que pueden llegar a ejercer.
La historia de pareja entre Adam y Germine pone los pelos de punta y es quizá uno de los mayores logros narrativos de la serie.
En concreto, la historia de maltrato del frío y calculador Adam a su mujer Hermine provoca auténtico terror y está tan bien representada que recuerda a la que protagonizan Alexander Skarsgård y Nicole Kidman en Big Little Lies.
En definitiva, se trata de una serie dura y difícil de ver, que conlleva su lógica reflexión moral sobre la corrupción y el vacío moral que deja el exceso de dinero y poder, pero que es perfectamente evitable si se tiene un estómago delicado o si estamos en esos momentos de nuestra vida en los que queremos algo amable que nos evada.
Cuando empecé este blog ya hacía años que había terminado Breaking Bad (AMC) y siempre he tenido la espinita de escribir sobre ella. Y es que podemos seguir afirmando con rotundidad que mantiene su posición en el podio, con un guion redondo en el que todas las escenas y todos los detalles tienen un significado profundamente relacionado con la historia.
Breaking Bad es, ante todo, el relato de la metamorfosis de Walter White, un profesor de química de vida anodina, casado con una mujer que no lo quiere (como se observa ya desde el primer episodio) y con una vida social aburrida en la que muchas veces termina siendo objeto de mofa por su retraimiento.
La noticia de que padece cáncer de pulmón, pese a no haber fumado jamás, supone el punto de inflexión en su insustancial vida. No en vano, sus primeras decisiones tras este despertar serán dejar su segundo trabajo en un lavadero de coches donde tiene que aguantar las humillaciones de su jefe, y utilizar sus conocimientos científicos para elaborar la metanfetamina más pura que haya conocido el mercado nacional e internacional.
De manera premonitoria, el todavía profesor de instituto Mr. White hablará en el segundo episodio a sus alumnos de lo que iba a ser su viaje sin retorno:
“El término “quiral” viene de la palabra griega “mano”. La idea es que, igual que la mano izquierda y la derecha son imágenes espejo la una de la otra, idénticas, pero opuestas, también dos compuestos orgánicos pueden ser imágenes espejo el uno del otro a nivel molecular. Pero, aunque parezcan iguales, no siempre se comportan de igual forma. Por ejemplo, la Talidomida. El isómero derecho de la droga Talidomida es un buen medicamento para la mujer embarazada, ya que evita las náuseas, pero si por error se le da a la misma mujer embarazada el isómero izquierdo de la Talidomida, su niño nacerá con horribles defectos físicos. Así pues, quiral, quiralidad: imágenes espejo. Activo, inactivo. Bueno, malo.”
Walter White y su imagen espejo, Heisenberg. El padre y esposo abnegado, insignificante y echado a perder en la medianía de sus desagradecidos y mal pagados trabajos y su círculo familiar y social, y su quiral, el hombre apasionado que utiliza su elevados ingenio e inteligencia para convertirse en un triunfador de sus negocios, respetado y temido.
Walter White como Gregor Samsa en La metamorfosis de Kafka, un ser cada vez más deleznable a los ojos de su familia; admirable para los que aprecian y viven en la transgresión, e incomprensible para sí mismo, hasta el punto de que tarda 62 episodios en reconocer que todo lo que ha hecho ha sido porque le gustaba, para sentirse vivo.
A lo largo de su transformación (proceso también de profunda corrupción moral) podemos ver, incluso, cómo va perdiendo la comunicación con su primogénito, Walter Junior, mientras se siente cada día más cercano a Jesse. Porque Jesse es el hijo de Heisenberg, del “yo” que le gusta ser, mientras su propio hijo es tan solo un extraño que se aferra a la falsa idea de que su padre es un vulgar y gris hombre de clase media estadounidense.
El episodio en el que, desesperado, llora de dolor ante Walter Junior y se confunde llamándolo “Jesse” muestra ese lazo que le une con su joven exalumno y compañero de negocios.
Jesse será el partner in crime de Walter White, aunque el afán desmedido de poder de este último termine haciendo mucho daño a su ayudante.
Hank será el único que se dé cuenta de ese vínculo de Heisenberg con Jesse cuando, tras investigar sus movimientos, enumere todas y cada una de las cosas que ha hecho por ayudarlo, incluyendo el tratamiento de desintoxicación. Porque Hank, una vez que sufre la catarsis de descubrir las actividades de su cuñado, aprovecha su conocimiento tanto de Walter White como de Heisenberg para atacarlo en sus debilidades.
El mejor oponente entre una larga lista de antagonistas y enemigos será así Hank, que es el único que entiende la quiralidad de Heisenberg. No obstante, y pese a la brillante investigación llevada a cabo, Heisenberg, incluso sin quererlo, logra salir airoso cuando ya daba todo por perdido.
Las continuas trabas que se presentan en su camino no solo no matan a Heisenberg, sino que lo hacen más fuerte. Sus planes para librarse de todas las dificultades, que llegan a niveles épicos en los casos del cártel mexicano, Gus Fring y, por último, la familia neonazi de Todd son un alarde de ingenio que difícilmente se puede superar.
Se echa de menos en la serie, y ya lo he mencionado en este blog alguna vez, la existencia de personajes femeninos inteligentes y que no estén emocionalmente desequilibrados, mujeres lúcidas y astutas que estén a la altura de personajes masculinos como Mike, Saul, Gus o Hank.
Hank será el enemigo más implacable de Heisenberg, al conocerlo en sus facetas de hombre de familia y de corrupción moral.
En este sentido quizá el personaje de Lydia haya sido el más descuidado, pues ella, distribuidora internacional de metanfetamina y con una doble vida como ejecutiva en una empresa, sería la candidata idónea a némesis de Heisenberg, y no lo que tristemente es su personaje: una snob un tanto neurótica que apenas puede pensar claramente en cuanto le surgen obstáculos.
No obstante, y a pesar de esta carencia del guion, Breaking Bad, como he dicho al principio de este post, sigue mereciendo el podio, además de por ser una exquisitez narrativa y audiovisual, por considerar al público inteligente; por atreverse a narrar la metamorfosis y los apasionantes últimos días de un hombre brillante que estaba desaprovechado y que se lanzó a ser protagonista de su propia historia y, sobre todo, por no haber caído en la moralina.
Si tuviese que resumir Good Omens (Amazon) en una sola frase diría: “los extremos se tocan”. En la adaptación de la novela de Terry Pratchett y Neil Gaiman la conclusión es que el bien y el mal están condenados a entenderse y que tanto el plan de Dios como el del Diablo son similares.
Extremos no tan lejanos
Michael Sheen haciendo de ángel Azirafel y David Tennant, de Crowley, un demonio, labran una amistad a lo largo de seis mil años, a pesar de ser presuntamente enemigos y de estar ambos destinados en la Tierra a seguir e impedir los pasos del otro.
Azirafel y Crowley labran una gran amistad e intentan paralizar los planes de Dios y el Diablo, a los que se equipara.
Y es que ni Azirafel es un ángel tan puro ni Crowley tan malvado, y ambos han ido interviniendo a lo largo de la historia mucho más de lo que cuentan a sus jefes celestiales e infernales.
Con un humor negro bastante fino, que recuerda mucho a los Monty Python, Neil Gaiman nos presenta a dos personajes que terminan encariñándose uno con el otro y a su vez con los humanos, lo que les lleva a querer parar el Apocalipsis para cuyo advenimiento se supone que han estado preparándose durante milenios.
Corrupción empresarial divina e infernal
Una de las cuestiones más divertidas de la serie es la presentación del cielo y el infierno como sendas empresas muy jerarquizadas en las que, como sucede en el capitalismo, hay tramas de corrupción, abuso de poder, tráfico de influencias, etc.
El cielo como una gran corporación ajena a las emociones y completamente centrada en consecución de objetivos a cualquier precio.
Ya hemos visto representaciones del más allá similares a una corporación en The Good Place, y lo cierto es que resulta bastante fácil imaginar el paraíso y el averno como dos conglomerados regidos por CEO caprichosos y un regimiento de subalternos dispuestos a ponerse la zancadilla entre sí.
En Good Omens, Dios es la voz narradora, un personaje femenino (Francés McDormand en inglés, Olga Cano en español y Rona Fletcher en español latino), dejando la figura de mandamás egocéntrico y violento para el arcángel Gabriel (un soberbio y bien elegido Jon Hamm).
El arcángel Gabriel, runner, es presentado como un egocéntrico y presuntuoso.
Los fallos
Pero Good Omens dista mucho de ser una serie redonda en la que toda la trama, historias secundarias, personajes, etc. se conjuguen para hacer una obra espectacular.
Es bastante común encontrar críticas señalando que “le falta algo”. Quizá es la forma un tanto atropellada de narrar la llegada del Anticristo y lo rápido que se desencadena el Apocalipsis. O el hecho de que esta historia central es precisamente la que menos interesa, pues el mejor episodio es, sin duda, en el que se narra cómo han ido encontrándose a lo largo de la Historia, con mayúsculas, Azirafel y Crowley, en momentos clave como la crucifixión de Jesús de Nazaret, la Revolución Francesa, el III Reich, etc., y los actos de corrupción que han ido cometiendo a lo largo de los siglos.
Sin llegar a ser una estafa, puede decirse que el resultado de Good Omens, es, en definitiva, inconcluso. Recomendable y divertida para pasar un rato entretenido y disfrutar de las excelentes interpretaciones de sus protagonistas, pero sin esperar mucho de ella. Para esos días en los que uno quiere evadirse sin mucha más complicación, sin duda.
No soy muy admirador de las series que reconstruyen crímenes reales porque suelen ser una estafa en la que el amarillismo, la falta de honor a la verdad y la manipulación del espectador son notorias, pero aun así las veo y luego termino despotricando sobre ellas. Es el caso de Escena del crimen: Desaparición en el Hotel Cecil, a la que dedico hoy un post.
He de reconocer que conocí el caso de Elisa Lam por una publicidad de Netflix en mi página de inicio de Facebook, así que me lancé a ver la miniserie quizá con demasiadas expectativas, pensando que realmente podría haber más enjundia.
La escena del crimen
Para quienes no conozcan este caso concreto, Elisa Lam era una joven canadiense hija de inmigrantes de Hong Kong que decidió realizar un viaje sola por Estados Unidos en 2013, cuando tenía 21 años.
El 26 de enero llegó a Los Ángeles y dos días después se registró en el Hotel Cecil en una habitación compartida, aunque más tarde sería alojada en una propia al quejarse sus compañeras de “cierto comportamiento extraño”. Días después desaparece y su cuerpo es hallado en el tanque de agua del hotel.
El Hotel Cecil, construido en 1924, tenía toda una historia de suicidios y muertes violentas, empezando en el año 1931 por un envenenamiento de un huésped, al que siguieron unos cuantos suicidios. No en vano, los residentes del establecimiento se referían a él como “el Suicida”.
Hotel Cecil, escena de un no crimen.
En 1964, una operadora telefónica retirada, llamada “Pigeon Goldie” Osgood fue encontrada muerta en su habitación tras haber sido violada, apuñalada y golpeada, y la habitación saqueada y, aunque un hombre llamado Jacques B. Ehlinger fue acusado del asesinato de Osgood, más tarde fue absuelto, quedando el caso sin resolver.
Se cree también que en los años 80 se hospedó durante varias semanas en él el asesino en serie Richard Ramírez, que frecuentaba el área cercana al hotel, llamada Skid Row.
Con estos antecedentes, que la miniserie de Joe Berlinger se encarga bien de subrayar para aumentar así el metraje sin aportar nada realmente valioso a la trama, es lógico ponerse en el peor de los casos.
La estafa de Escena del crimen
Como he dicho más arriba, la publicidad de la serie quizá me generó demasiadas ilusiones, pues hacía repaso de toda la oleada de teorías de la conspiración que surgieron al calor del último vídeo de Elisa Lam, en el que aparece haciendo aspavientos en el ascensor, como si estuviese escondiéndose de alguien.
Además, en las imágenes se la ve intentando dar a los botones sin que el ascensor responda, lo que lleva a pensar en una posible trampa y asesinato.
Pero en el cuarto y último episodio comprobamos que no hubo true crime, sino una triste historia en la que los problemas de salud mental causaron el terrible desenlace, pero que supuso mucho revuelo porque se filtraron equivocados al público, como que el tanque donde apareció el cuerpo estaba cerrado.
Dejando ya de lado la estafa que supone tener enganchados a los espectadores con artificios para darles después semejante final, hay que reconocer que la serie trata temas como la marginación de ciertas comunidades y la salud mental y cómo ambas influyen en la creación de homicidas y suicidas. Y que la vida de Elisa Lam quizá podría haberse salvado si alguien hubiese prestado mayor atención a las señales que iba dando de que no se encontraba bien.
Si hace unas semanas señalaba en este mismo blog que The Expanse (Amazon) iba camino de convertirse en una de las mejores series de ciencia ficción de la historia, hoy escribo en un tono un tanto más desilusionado por la caída de su calidad, pues varias cuestiones han hecho que el final de temporada haya sido una estafa.
Si no has visto la quinta temporada, te recomiendo que no sigas leyendo, ya que contiene spoilers.
Caída del guion
En The Expanse, hasta el momento, las grandes tramas, los hechos heroicos, el gobierno, la corrupción, etc. habían sido los temas más importantes, jugando cada personaje, incluso los protagonistas, un papel más en el baile de esta humanidad en expansión.
Pero esta quinta temporada hemos visto cómo se dejaban de lado los arcos argumentales grandes y las cuestiones trascendentes para terminar siendo una serie en la que se impone el amor romántico entre los protagonistas.
El amor romántico en The Expanse es una estafa.
Y es que, tras varios episodios manteniendo encerrada a Naomi Nagata en una nave con explosivos en la que experimentó todo tipo de angustias, la solución narrativa ha sido que se salve ella para poder llegar hasta Holden e, incomprensible y ridículamente, fallezca Alex Kamal de un derrame tras haber logrado rescatarla.
De un guion serio esperas el valor de realizar grandes sacrificios, como sucede también en la vida misma, y tras todo ese periplo, quien debería haber caído sería ella.
La única esperanza que albergo es que las tramas de corrupción de Marte tengan continuidad y una amplitud de miras de la que carece el resto de facciones.
Además, y esto ya vengo diciéndolo desde hace más tiempo, la relación amorosa que se establece entre el capitán de la Rocinante y ella es terriblemente plana e inverosímil y, en estos casos, para no escribir algo creíble y que enganche a los espectadores, es mejor abstenerse de crear algo que no se va a sostener.
Personalismo
Esta caída de la calidad se nota también en el resto de personajes, con exceso de personalismo y cierta caricaturización de los mismos. La malhablada Chrisjen Avasarala se convierte en la salvadora de la Tierra de una manera que recuerda demasiado a cómo se hizo Presidenta de las Colonias a la Secretaria de Educación Laura Roslin en Battlestar Galactica.
El hijo de Marco Inaros y Naomi Nagata no solo es un personaje plano e inverosímil, sino que está interpretado por el probablemente segundo peor actor de la serie, después de Steven Strait (Holden).
Marco Inaros, que podría haber sido un revolucionario, a pesar de su visión de futuro para los cinturonianos, se queda estancado en el odio y la mezquindad hacia su anterior pareja y madre de su hijo, al que tampoco se preocupan en dar mucha profundidad.
Kamal, el piloto al que han despedido fulminantemente por muerte, parece que va a ser sustituido por Clarissa Mao, la hija del corrupto empresario Jules-Pierre Mao, ahora redimida tras haber sido rescatada por Amos de una prisión de máxima seguridad.
¿Quién puede creerse que la asesina Clarissa Mao ahora sea una nueva tripulante de la Rocinante? ¿En qué se ha convertido The Expanse? ¿En Naruto?
Y todos ellos se dirigen a la guerra por la conquista de los planetas al otro lado del anillo en una sexta temporada que esperemos que no caiga en lo simplón y sepa mantener las complicaciones y las contradicciones que hasta el momento arrastraban los personajes.
El año pasado, cuando comenzó la pandemia, teníamos un montón de series y expectativas de nuevas temporadas por delante, pero doce meses después nos encontramos en una encrucijada pues, aunque las vacunaciones no paran, el ritmo de contagios tampoco y eso impide que se sigan realizando nuevas producciones. El coste que está suponiendo perjudica a la industria, y a los espectadores.
El número de series afectadas por retrasos y cancelaciones debido al covid-19 es elevadísimo en todo el mundo y, al menos a día de hoy, no parece que haya fecha para retomarlas.
Las más añoradas
Entre mis series favoritas perjudicadas por la pandemia se encuentran The Handmaid´s Tale (HULU), cuya producción ha sido suspendida; The Good Fight (CBS), que nos dejó a mitad de temporada cuando estaba entrando en una interesantísima trama de corrupción de jueces y políticos en la era Trump; y Succession (HBO), que también nos tiene en vilo tras la escena final de la segunda temporada.
Nos hemos quedado con las ganas de ver cómo continuaba la trama de corrupción que planteaban en The Good Fight.
Y el futuro pinta tan oscuro que hasta voy a echar de menos no tener nueva temporada de See (Apple Tv+), a la que aquí le dediqué un post en el que la tildaba de estafa.
¿Quién me iba a decir a mí que iba terminar echando de menos a Jason Momoa en la estafa de See?
Inventos más o menos efectivos
Ha habido algunos productores que, viendo la imposibilidad de mantener el rodaje esperado, han realizado modificaciones para conseguir presentar algo.
En The Third Day asumieron el coste de la pandemia, pero se reinventaron para poder ofrecer un espectáculo original a sus seguidores.
Y es que The Third Day pensaba incluir un evento teatral inmersivo de la mano de la compañía de teatro inmersivo londinense Punchdrunk en el que estuvieran presentes miles fans de la serie, pero, debido a la pandemia, se decidió cambiar por un streaming de 12 horas de duración que a España solo llegó en forma de resumen a través de YouTube.
Menos exitoso, o al menos así me lo ha parecido a mí, ha sido el formato elegido para Euphoria (HBO), serie en la que, para paliar la falta de actores, han realizado dos episodios en los que las dos protagonistas realizan entrevistas largas con otras personas.
En el caso de Rue, el escenario es una cafetería donde se reúne con su padrino de rehabilitación, Ali, en plena Nochebuena. Ahí le transmite cómo se siente, su pulsión suicida y cómo sintió ella la despedida de Jules en la estación de tren (donde terminaba la primera temporada).
El mismo ánimo que tiene Rue en todo el “episodio especial” es el que se nos queda a los espectadores. Lo vi en tres días de lo soporífero que me resultaba.
La conversación se hace larga y el episodio entero da la sensación de ser, no ya un ‘quiero y no puedo’, sino casi una estafa, porque para mantener la atención y el interés en un diálogo tan extenso, este tiene que ser mucho más interesante que lo que ahí se plantea.
El de Jules, aunque no aporta nada nuevo a la historia, es mucho más jugoso, pues nos hace comprender más su personaje, su vivencia como adolescentetransgénero, el uso de las redes sociales y las relaciones virtuales como válvulas de escape… No obstante, se echa de menos al resto del elenco, porque Euphoria era una serie bastante coral y las temáticas que planteaba eran mucho más amplias.
Intermitentes
Otras series están dándonos episodios en forma de pequeños bocaditos de vez en cuando, que saben a poco, pero al menos mantienen el interés y la calidad. Es el caso de This is us (NBC), en la que, además de seguir con la historia de la familia Pearson, cuidan mucho los mensajes que dan sobre la pandemia, señalando que los personajes, antes de encontrarse entre sí, han realizado cuarentenas o van con sus mascarillas correctamente colocadas.
Sí rotundo a las mascarillas y la incorporación de la pandemia en la historia que hace This is us.
Hemos estado casi dos meses esperando por el séptimo episodio, pero ha compensado, por lo que igual podría ser una solución para las demás… ahí lo dejo.
Visitar o revisitar la filmografía y los shows de Ricky Gervais (muchos de ellos con Stephen Merchant) siempre hace aflorar nuestro lado más irónico, sarcástico, desvergonzado y políticamente incorrecto, pero también el más humano y sensible. Hoy, un día después de haber terminado la maravilla de After Life, me apetece dar un paseo por las principales series de este maestro del humor irreverente.
The Office
La serie más exitosa de Ricky Gervais y Stephen Merchant, rodada en forma de falso documental paródico, se ambienta en una gris sucursal de la empresa papelera Wernham-Hogg y cuenta con Gervais como protagonista interpretando el papel del gerente David Brent. Ignorante, vanidoso, frustrante y en muchos casos ofensivo, Brent se percibe a sí mismo como simpático e ingenioso, lo que da pie a numerosas situaciones embarazosas y un humor muy incómodo y adictivo.
Los más fanáticos podrán deleitarse con las diversas adaptaciones que se han realizado, entre ellas la chilena, la francesa, la alemana o, la más famosa de todas, la estadounidense, con Steve Carell como protagonista.
The Office, como todas las producciones de Gervais, está plagada de situaciones incómodas.
Mención especial merece este remake por los cambios que se introducen en el personaje protagonista que, a pesar de mantener el don de la inoportunidad y la capacidad de molestar a todos sus empleados, pierde aspectos desagradables en favor de un patetismo entrañable que engancha desde el primer episodio. Y es que Michael Scott se entromete continuamente en la vida personal de sus empleados para suplir su carencia de amigos, y es esta desesperación la cualidad que, pese a que no soportaríamos a una persona así en la vida real, hace que no sólo nos riamos, sino que también nos compadezcamos de él.
Extras
Esta serie de tan solo dos temporadas muestra la vida de Andy Millman (Ricky Gervais), un actor con mucha ambición y con un guion que intenta vender a toda costa que se ve reducido a trabajar como figurante debido en gran parte a la inutilidad de su agente (Merchant).
Junto a él siempre se encuentra su aparentemente única amiga, Maggie Jacobs, una frustrada actriz treinteañera cuyo principal objetivo parece ser encontrar pareja. Maggie posee muy pocas dotes sociales, lo cual la lleva a provocar escenas que provocan una vergüenza ajena desternillante.
Dentro del guión se desarrollan otros géneros, resaltando una metacomedia en la que se ponen de manifiesto las críticas de Gervais y Merchant al mundo de la televisión y los argumentos facilones que prefieren las grandes cadenas a la hora de producir shows de humor.
La genialidad de Ricky Gervais es tal que artista que se precie quiere hacer cameos en sus obras.
En cada episodio aparecen, además, actores conocidos, triunfadores en la actualidad o ya fracasados, que aportan un contrapunto a las incipientes carreras de Millman y Jacobs. Los desaforados intentos de los dos protagonistas por medrar los llevarán a meteduras de pata de proporciones épicas con Samuel L. Jackson o David Bowie, entre otros.
Otros casos, como las parodias de Les Dennis (humorista, presentador y actor inglés venido a menos) y Warwick Davis (protagonista de Willow) darán lugar a otras series que conforman el ‘universo Gervais-Merchant’, como la que analizaremos a continuación.
Life´s too short
El título de esta sátira ya describe por sí mismo parte del contenido: la complicada vida de Warwick Ashley Davis, que padece displasia espondiloepifisaria congénita (enanismo) y de cuyo nombre como actor ya nadie se acuerda.
Warwick Davis, que se interpreta a sí mismo, intenta conseguir dinero de las formas más inverosímiles para hacer frente a la ruina económica que le está causando su divorcio, además de su fracaso profesional continuado.
El papel de Warwick no obedece a la corrección política que en otros casos supondría un guión con una persona con enfermedad como protagonista. Lejos de ser noble u honesto, en la mayor parte de la trama Warwick, que además es dueño de una agencia de actores enanos, se comporta de manera inoportuna, mezquina y tramposa.
El humor políticamente incorrecto de otras series adquiere en esta una dimensión corrosiva, hasta el punto de conseguir que el público se ría a carcajadas, pero con sentimiento de culpa. Situaciones embarazosas e incómodas se suceden una tras otra sin que se pueda apartar la vista de la pantalla.
En Life´s too short el espectador se encuentra en numerosas ocasiones pensando: ¿de verdad me estoy riendo con esto? Sí, me estoy riendo con esto.
Life´s too short, una de las obras más controvertidas de Gervais y Merchant, se presenta como mockumentary, contraponiendo las declaraciones de Warwick a cámara con la realidad de su vida ,y logrando así hacer todavía más cómica la diferencia entre lo que él percibe o se esfuerza por percibir y lo que realmente está pasando a su alrededor, como aquellos anuncios de la FAD. Las continuas miradas incómodas de Warwick a la cámara consiguen, además, reforzar lo esperpéntico de su situación.
En esta serie, en la que Gervais y Merchant interpretan una parodia despiadada de sí mismos, aparecen también artistas haciendo ‘cameos’, como Johnny Depp, que alude a la polémica que tuvo cuando Gervais, siendo presentador de los Globos de Oro, dejó su película The tourist por los suelos de manera sarcástica; Sting, que se burla abiertamente de sus aficiones; o Val Kilmer, cuya caricatura es tan exquisita que debería ser delito realizar un spoiler sobre ella.
Life´s too short es una crítica feroz a la estafa de las agencias de actores y el mundo en general del cine y la televisión.
En Life´s too short el patetismo se convierte en comedia de manera magistral, logrando que el público sienta profunda empatía y admiración por todos esos actores que, como el castizo Jorge Sanz, saben reírse del hundimiento de sus propias carreras, aunque quizá, llegados a ese punto, ya no les quede otro remedio que aceptar estos papeles.
An idiot abroad
Enviar a un no muy inteligente inglés de clase media que rechaza salir de su “zona de confort” a viajar por todo el mundo y sumergirse en las costumbres más extravagantes y exóticas de las distintas culturas. Esta idea, aparentemente sencilla, da pie a un falso documental en el que el surrealista Karl Pilkington se interpreta a sí mismo como ‘hombre normal’ (“una especie de Homer Simpson en la vida real, limitado, vago, pero en su núcleo, una buena persona”, en palabras de Merchant). “Una de las más bromas más caras y divertidas que he hecho jamás”, describe Gervais en su introducción.
A lo largo de los viajes a China, India, Jordania, México, Egipto, Brasil y Perú, Pilkington se extraña, se maravilla, se lamenta y protesta por todo lo que ve, pero a la vez siempre termina haciendo lo que los productores Gervais y Merchant, que vuelven a hacer una sátira cruel de sí mismos, le ordenan desde Londres con el único objetivo de obtener risas y escarnio.
Los episodios son prácticamente soliloquios en los que Pilkington revela sus reflexiones de hombre con pocos recursos y escasa capacidad para las relaciones sociales. Para paliar esta soledad los maléficos Gervais y Merchant le darán en uno de ellos a Warwick David como compañero de viaje.
Sus reacciones ante las distintas tradiciones que encuentra a su paso son tan naturales que da la impresión de que no existe guión, sino una sucesión de situaciones espontáneas en las que este ser anodino y gruñón intenta adaptarse con nulos resultados.
Karl Pilkington es, además, una pieza clave de otras obras como The Ricky Gervais Show con sus poemas, diarios, preguntas imposibles, etc., Derek, o esta magnífica pieza de humor que es Learn English with Ricky Gervais:
Derek
Este último título es una experiencia en solitario de Ricky Gervais y es, sencillamente, una obra maestra.
Con Derek, Gervais pone el clavo en el ataúd de las sitcoms y avanza en una nueva forma de entender el humor, compaginando brillantes y desternillantes diálogos con fuertes y trágicas emociones. Estos sentimientos, además, se generan de forma natural al narrar las situaciones habituales de la vida en una residencia de ancianos, espacio que da pie a la trama.
Un mockumentary maduro y comprometido que muestra la vida de Derek -personaje principal protagonizado por Gervais-, voluntario, autista y con bondad y sensibilidad extremas, y sus amigos y compañeros: el frustrado conserje Dougie (Karl Pilkington), el pervertido Kev, la amable y altruista Hanna, gerente de la residencia, los ancianos y los jóvenes que envían desde servicios sociales para cumplir condena por delitos menores.
La ternura de Derek destaca en un mundo de corrupción y deshonestidad.
Si las creaciones de Gervais y Merchant ya criticaban las costumbres sociales, la forma de interpretar la historia, la corrección política que encierra falsedad en el tratamiento de temas como la discriminación o las enfermedades, la moralidad, etc., en Derek Gervais da un paso más para poner de manifiesto la tragedia que viven los ancianos en la sociedad occidental.
Una tragicomedia que intercala las risas más enloquecidas con la tristeza cotidiana más desgarradora y en la que se percibe la pasión y la compasión de Gervais, tanto por la historia como por los personajes. Gervais at his best.
After Life
Y qué decir de After Life, una comedia dramática negra en solitario de Gervais en la que interpreta a Tony, trabajador de un periódico en la pequeña localidad de Tambury que, tras fallecer su mujer por un cáncer de pecho, decide convertirse en un ser avinagrado que va diciendo “la verdad” a todo el que se encuentra, incluyendo también a las personas que se preocupan por él.
Bajo una apariencia nihilista, en After Life encontramos un auténtico canto de esperanza y amor por la vida y por los demás. Porque Gervais, activista del ateísmo, no pierde la oportunidad de señalar lo bella e increíblemente mágica que es la propia vida, incluso a pesar de las desgracias.
Los diálogos sobre el duelo y el sentido de la vida adquieren tintes tragicómicos en After Life.
Como en otras entregas de Gervais, por After Life pasan personajes muy diversos, desde un padre con Alzheimer hasta un vecino que sufre Síndrome de Diógenes, todos ellos vistos con una mirada profunda en la que caben tanto la risa como la compasión más tierna.
No ha habido episodio en el que no se me hayan saltado las lágrimas, tanto por la risa como por la emoción. Melancolía y humor a raudales.
Como hay voces que apuntan a que podrían confinarnos en casita unas semanas, voy a empezar un ciclo de post sobre series antiguas que merecen la pena. Hoy le toca a Hell on Wheels (AMC), cuyos seguidores todavía podemos sentir el olor y el sabor a tabaco, whisky, humedad, sudor, barro, suciedad, sangre y enfermedades que ambientan este atractivo western.
No en vano, la serie toma su nombre del campamento itinerante compuesto por tiendas de campaña, vagones de madera, salones de juego, prostíbulos e iglesias ambulantes que sirvió de cobijo y acompañó a los obreros que construyeron el primer ferrocarril transcontinental de Norte América en 1865, recién terminada la Guerra de Secesión que se saldó con 600.000 muertos y millones de damnificados social y económicamente.
Curiosamente, el tatara-tatara-tatara-abuelo de Anson Adams Mount IV, actor que interpreta a Cullen Bohannon, fue un coronel de la Caballería Confederada en la Guerra de la Secesión.
En Hell on Wheels, Cullen Bohannon, exsoldado confederado que no solo ha perdido la guerra, sino también a su familia, intentará comenzar una nueva vida como capataz de las obras de la Union Pacific, en la que inmigrantes irlandeses y exesclavos se ven obligados a competir en productividad con los inmigrantes chinos de Central Pacific, la única empresa que le hace la competencia.
Corrupción en Hell on Wheels
A cargo de Union Pacific, y como jefe de Bohannon, se encuentra el empresario explotador y sin escrúpulos Thomas C. Durant, personaje histórico que protagonizó el escándalo de corrupción Crédit Mobilier al malversar fondos públicos y manipular el precio de la construcción del ferrocarril, a cargo de dinero público del Gobierno de los Estados Unidos.
La corrupción política y judicial, el racismo nada encubierto tras la reciente y obligada abolición de la esclavitud, el machismo, el fundamentalismo religioso y el capitalismo salvaje que caracterizaron el periodo inmediatamente posterior a la cruenta guerra civil estadounidense se combinan de manera muy hábil y realista en esta serie, que, además, no tiene ningún reparo en mostrar el genocidio de los nativos americanos como tal, si bien este, en la época en la que se ambienta, ya estaba prácticamente consumado.
Thomas C. Durant, personaje histórico que protagonizó el escándalo de corrupción Crédit Mobilier.
Así, Hell on Wheels engancha por su naturalidad a la hora de presentar la atmósfera de degradación y suciedad de posguerra en la que soldados sociópatas se jactan de arrancar cabelleras a los nativos americanos amparándose en todo tipo de pseudociencias y supercherías como la frenología. Una atmósfera en la que conviven asentamientos y fortificaciones de mormones armados hasta los dientes e iglesias cristianas móviles siempre dispuestas a hacer proselitismo para alienar a los obreros, todos ellos mal pagados y sin ningún derecho de los que hemos gozado nosotros.
Personajes variopintos
El realismo de la serie se muestra también en los personajes, que se ven fuertemente condicionados por su entorno, con puntos de inflexión que, a pesar de su gravedad, se encuentran perfectamente integrados en la trama.
“El sueco” es uno de los personajes más brillantes que se hayan hecho en todas las series.
Entre todos los caracteres destaca especialmente “El Sueco”, que ni siquiera es sueco, sino noruego, aunque recibe ese apodo porque los habitantes de Hell on Wheels son incapaces de distinguir un país de otro. Este camaleónico personaje, que sorprende en los primeros episodios por su caracterización de villano, presenta una trayectoria tenebrosa y juega un papel fundamental en la serie.
Otra personalidad de peso en la serie es Eva, cuyo personaje está basado en Olive Oatman, una joven de 14 años que, tras ser secuestrada y esclavizada durante un año junto a su hermana por la tribu yavapi, fue vendida a los indios mojave, que la marcaron con un tatuaje azul en su barbilla. Cuando las autoridades hallaron a Olive cuatro años después, esta parecía contenta con su nueva vida, aunque sus historias sobre el cautiverio se fueron tornando más y más negativas a medida que transcurría su tiempo en libertad, lo que ha llevado a algunos a pensar, a posteriori, que pudo sufrir Síndrome de Estocolmo.
Imagen de Olive Oatman.
Aunque en la tercera temporada Hell on Wheels tiene un ligero traspiés en los únicos tres episodios escritos por John Wirth (guionista en varios capítulos del infame remake de V, entre otras estafas) han supuesto un ligero traspiés, cabe reseñarla como serie a recomendar. Porque, sin llegar a la calidad y a la profundidad de Deadwood, a la que dedicaré otro merecidísimo post retrospectivo (las comparaciones son odiosas, pero en este caso, inevitables), ha sabido compaginar de manera verosímil la ficción dramática con la narración de los hechos históricos y las costumbres de una de las épocas más sucias y oscuras del capitalismo estadounidense.
Desde que allá por mayo del año pasado Pablo Iglesias publicara en su cuenta de Twitter el entusiasmo que le había producido Baron Noir y que la serie, además, se la había recomendado nada más y nada menos que Pedro Sánchez, entró en mi lista de pendientes. Hoy, terminada la primera temporada, puedo afirmar que ninguno de los dos se equivocaba.
El tuit con el que Pablo Iglesias alabó a Baron Noir y la hizo famosa en España.
Baron Noir y las contradicciones
En Baron Noir Philippe Rickwaert, alcalde de Dunkerque, diputado y miembro del Partido Socialista francés, cae en desgracia tras descubrirse una trama de corrupción y financiación irregular del partido. Viéndose arrinconado, urde todo tipo de estrategias y alianzas para recuperar el poder y vengarse del candidato oficial, Francis Laugier, que es también su mentor.
Rickwaert es un personaje complejo que se debate entre la devoción a los ideales de apoyo a los obreros y las clases desfavorecidas y sus ansias de poder. Por eso no tiene ningún problema a la hora de relacionarse con personas procedentes de todos los estratos sociales, algo que no sucede con Laugier, que si aparece mostrando simpatía con huelgas y luchas de trabajadores es por mera estrategia política.
Parece ser que el personaje de Rickwaert está inspirado en Julien Dray, socialista francoargelino procedente del troskismo, asesor sin cargo de Hollande y apartado también por un caso de corrupción.
Las contradicciones entre ideal y realidad, entre buenos deseos y materialidad son una constante en Baron Noir. Cuando crees que el personaje se va a decantar por obrar como sabe que debería, surge otro puñal por la espalda.
Las intrigas y las conspiraciones son una constante en Baron Noir.
En este sentido, aunque ha sido comparada con House of Cards y Los Soprano, esta maravilla de Canal + supera con creces ambas precisamente por su realismo, que se hace terriblemente presente en diálogos con frases memorables como “Es la era del populismo. Nos ahogamos en ella. Es tiempo de los charlatanes, de los apaleados, de los maltrechos y de los valientes”.
Porque House of Cards es demasiado ampulosa y Los Soprano cuida demasiado los cánones del género de la mafia (a pesar, incluso, de las escenas costumbristas de la familia), pero Baron Noir consigue que el espectador se introduzca en la trama y hasta juegue a buscar similitudes con el mundo real.
De entrada, Kad Merad, el actor que da vida a Rickwaert (y que ha obtenido un ACS award por su papel) recuerda físicamente a Alfredo Pérez Rubalcaba. Algún otro personaje bebe de otros políticos, como Macron, y es inevitable buscarles parecido con nuestros representantes patrios.
Unos años después de la presunta y esperemos definitiva derrota del Daesh llega a través de Netflix a nuestras pantallas Kalifat, una serie sueca en tono de thriller sobre cómo el ISIS fue captando jóvenes europeos, segundas generaciones de inmigrantes, para irse al Estado Islámico.
Kalifat es una respuesta para quienes, como yo, nos hemos estado preguntando durante mucho tiempo cómo era posible que adolescentes que viven en países donde se respetan los derechos humanos elegían dejar atrás a sus familias para dar, literalmente, su vida por el proselitismo islamista.
Kalifat, los hechos reales
Y es que, aunque la historia esté narrada a modo de thriller, la base de cómo operan los reclutadores de jóvenes está inspirada en hechos reales.
El perfil del extremismo islamista y la captación de adolescentes para la causa es el tema principal de Kalifat.
Así, “El Viajero”, Ibbe, profesor asociado del instituto, sería como una de esas figuras carismáticas y persuasivas que lograron convencer a sus pares para unirse a la causa del Daesh y que eran o bien hermanos mayores que habían estado en Siria, o bien compañeros de instituto o influencers.
Los jóvenes procedentes de familias desestructuradas son más proclives a caer en este tipo de alienación.
Porque el Estado Islámico desarrolló una enorme propaganda audiovisual que difundió a través de canales de YouTube. Hasta llegó a tener su propio magazine, al estilo de las revistas que triunfan entre los adolescentes. En este sentido, puede decirse que fue el primer grupo religioso radical en utilizar y dominar las herramientas digitales para el proselitismo.
Las policías europeas señalaron hace tiempo que en muchos casos el adoctrinamiento se realizaba a través de Internet, cuando los adolescentes pasaban mucho tiempo en sus habitaciones solos con el ordenador o el teléfono móvil y entraban en contacto con los reclutadores.
Cuando Ibbe recluta a las adolescentes Sulle, desilusionada y bastante crítica con la política sueca, su hermana Lisha y Kerima, procedente de una familia desestructurada con un padre alcohólico y maltratador, lo hace enviándoles vídeos en los que los islamistas son presentados como heroicos valientes que están extendiendo la ley de Dios, una guerra santa por la que van a ser premiados en la eternidad, como hacían los adoctrinadores que se llevaban a adolescentes al Daesh.
La red de captación de Kalifat engañaba a las jóvenes haciendo creer que iban a vivir en un paraíso de palmeras y fuentes cristalinas. Nada más lejos de la realidad.
Sulle, Lisha y Kerima, como otros muchos y otras muchas jóvenes que fueron convencidos por estos radicales, se sentían especiales y habían desarrollado un sentimiento de pertenencia, fundamental en esas edades. Ni los padres de Sulle y Lisha, inmigrantes que no practicaban el Islam, podían salvarlas.
Kalifat, el thriller
La otra parte de Kalifat, bien estructurada y narrada, es la que incluye ficción en formato thriller en el que Fátima, una agente del servicio secreto de Suecia de origen bosnio, recibe información sobre unos atentados que van a tener lugar en el país.
La fuente es Pervin, una adolescente sueca, hija también de inmigrantes, que fue engañada para ir al Estado Islámico y, tras sufrir violencia machista, violaciones y todo tipo de represión, decide que quiere irse de allí para salvar a su hija, Latiffa.
El corazón en un puño cada vez que Pervin tenía que vigilar a su marido y a sus compañeros para dar información a Fátima.
Las peripecias que tiene que hacer Pervin para poder hablar con teléfono (prohibidos para las mujeres) con Fátima y enterarse de los planes de los atentados mantienen al espectador en un continuo sobrecogimiento.
Por su parte, Fátima realiza ciertos descubrimientos que apuntan a una posible corrupción de su jefe, Nadir, que podría estar compinchado con Abu Jibril, imán referente del marido de Pervin y sus compañeros de brigada islamista.
Para ser una serie del norte de Europa, que suelen tener excelente calidad pero muchos finalesestafa, hay que señalar que, a excepción de un par de trampas del guion demasiado obvias hacia el tercer o cuarto episodio, logra mantener una excelente calidad.
La serie flojea en este único punto, a partir del cual pensé que iba a ser otra estafa, pero, afortunadamente, no es así.
Con un final nada halagüeño en el que se demuestra que nadie gana en este juego, Kalifat cierra una primera temporada que probablemente no se continúe, aunque críticos y admiradores están reclamando más entregas.