O Mecanismo, o como la han traducido en España, Túnel de corrupción, es una serie de ficción que se puede ver en Netflix y que está inspirada por las investigaciones a las compañías petrolíferas corruptas de Brasil, tanto privadas como públicas.
La serie trata un tema muy polarizador y candente y es un viaje en montaña rusa a través de los juegos políticos y de soborno que se practican ampliamente en el país y que se han puesto de manifiesto con la investigación Lava Jato (Lavado de autos o Autolavados), que ha mostrado cuán profunda es la corrupción en el gobierno brasileño.
Casi la mitad de la población cree que algunas de sus acusaciones son “noticias falsas” y han inundado las redes con calificaciones de 1 estrella y malas críticas.
Por otro lado, los espectadores que están de acuerdo con el mensaje del programa le otorgan una calificación demasiado buena sin juzgar la calidad real. En general, la serie sigue la misma fórmula que otras de José Padilha, por lo que si eres fanático, con toda probabilidad también la disfrutes. La única diferencia es la falta de escenas de tiroteos llenas de acción y el enfoque en la política y el lavado de dinero, pero los aspectos de la narración y la investigación policial se mantienen.
Túnel de corrupción tiene un mensaje abiertamente anti-ideológico, y los personajes presentan fallas significativas, por lo que personalmente me resulta difícil creer que la serie esté de alguna manera sesgada hacia cualquier partido o ideología. Además, se puede disfrutar de una hermosa cinematografía de múltiples ciudades brasileñas.
Pero el Brasil de Túnel de corrupción no es el de Ciudad de Dios o la realidad. Es brillante y aislado, un paisaje de rascacielos de superautopista, visto con seguridad desde helicópteros, como si se tratarse de CSI LA o Miami. Muy buena fotografía, historia impactante y real, banda sonora perfecta, y muy buenos actores. No os la perdáis.
La última temporada de The Good Fight (CBS) ha sido una explosión de drama, tensión y emoción, en la que Diane Lockhart se ha visto envuelta en la amenaza de una conspiración que atenta contra la libertad de los estadounidenses, una seria advertencia de lo que podría ocurrir en la realidad.
Además de los desafiantes casos que ha asumido el bufete, entre los que se tratan temas reales como el tráfico de órganos o la intromisión de las tecnológicas (sector que es protagonista de los juicios de la serie desde el principio), Lockhart observa cómo la corrupción y las fallas políticas y culturales se están solidificando en la sociedad estadounidense.
Las luchas de Diane apuntan, además, a que lo personal es lo político, tanto por su esposo republicano amante de las armas como por sus colegas que cuestionan cada vez más cómo un bufete de abogados afroamericano puede tener a una mujer blanca como una de sus socias designadas.
The Good Fight tenía la intención de ser una renovación: en el piloto, una estafa de inversión al estilo de Madoff hace estallar los planes de Diane de retirarse a una villa en el sur de Francia. Pero el cambio de política de los Estados Unidos le dio a la serie un nuevo propósito, enfocándolo en una era de troleo político, corrupción, persecución de los opositores y violencia inusitadas.
La temporada final se desarrolla con el ruido de fondo de sirenas, cánticos y explosiones que sacuden las ventanas del piso al techo de la empresa. Una protesta interminable cuyo origen ni pretensiones ya ni se saben se ha asentado en las calles de Chicago mientras los grupos de supremacistas blancos intentan provocar un Armagedón racial.
Mientras en el lujoso edificio del bufete se acomodan las extravagancias de Ri’Chard y se producen luchas intestinas entre él y Liz Reddick, caen manifestantes de los tejados, estallan bombas, se pintan amenazas en los ascensores, se crean grupos antifascistas clandestinos…
Todo arde alrededor, pero los personajes intentan, uno a uno, asegurarse su futuro y que lo que hay fuera no les afecte. ¿Os suena de algo ese individualismo atroz?
The Good Fight es un entretenimiento estimulante, pero cada vez más una lúgubre advertencia de lo que podría llegar a ser “la tierra de la libertad”.
Diane intenta sobrevivir bajo los efectos de una droga terapéutica que la ayuda a no ver la oscura realidad que tiene ante ella
En la segunda temporada de la exitosa serie de HBO The White Lotus, ambientada en Sicilia, se nos presenta un nuevo abanico de personajes ricos con un elevado nivel de corrupción moral.
La corrupción moral se define como el acto de tomar una decisión o acción que va en contra de los principios morales o éticos de una persona. Esto puede ser desde manipular situaciones a su favor, hasta mentir y engañar a los demás para obtener ventajas personales.
En este caso, el personaje de Cameron, debido a la naturaleza de su riqueza y el poder que le da sobre el resto de la gente, arrastra a su mujer, Daphne, y a la pareja de amigos a la que han invitado a pasar con ellos las vacaciones, Ethan y Harper, a su cúmulo de mentiras.
En Cameron confluye, además del infiel y mentiroso compulsivo, el tipo de emprendedor financiero que vive de realizar estafas, como Bernie Madoff, como confiesa Daphne entre vinos a Harper.
Asimismo, Greg Hunt, marido tras la primera temporada de la surrealista Tanya McQuoid, se descubre como miembro de una trama dedicada a estafar a mujeres mayores con elevado poder adquisitivo.
Tanya, personaje que hila las dos temporadas y que el público ha podido ver en toda su miseria y ruindad, termina resurgiendo de sus cenizas y elevándose moralmente por encima de Greg y la mafia con la que trabaja. ¡Y vaya escena final!
La familia Di Grasso, por su parte, añade a la corrupción moral un alto grado de machismo. Aunque Dominic continúa teniendo relaciones sexuales con otras mujeres al comienzo del viaje, se arrepiente de haber arruinado su matrimonio y trata de ser mejor, pero busca volver con su esposa sobornando a su hijo, Albie, que parecía el más recto de todos, pero que a su vez cae víctima del engaño de una prostituta local.
En definitiva, ninguno de los caracteres poderosos de la serie es visto de una forma humana o exenta de corrupción moral, algo que contrasta con la visión mucho más alegre de los trabajadores del hotel y aquellos que, acompañando a los personajes principales, tienen salvación moral, como Portia o Jack.
Attack on Titan es una serie de anime increíblemente emocionante que todo admirador de la ciencia ficción debería ver. Ambientada en Paradise, un mundo amurallado para protegerse de los ataques de los titantes, que se comen a los seres humanos y de los que no tienen apenas conocimiento, a lo largo de las distintas temporadas se descubre como una metáfora fantástica de los desastres políticos y bélicos del siglo XX.
La trama presenta una acción épica y una gran cantidad de personajes interesantes, empezando por el enigmático personaje principal, Eren Yeager, con una personalidad fuerte y una motivación clara.
La animación, además, es excelente y va mejorando a medida que transcurren las temporadas y se consolida el triunfo de la serie, con el consiguiente aumento en inversión por parte de los productores. Los combates son increíblemente intensos y llenos de acción, y las historias, cercanas y dramáticas. Además, la banda sonora es muy recomendable, con una mezcla de estilos que van desde la música clásica hasta el metal, y letras compuestas expresamente para la serie.
Attack on Titan, que se puede ver en Prime Video, se destaca por su gran historia y su profundidad, con un claro mensaje final sobre el costo de la guerra y cómo los niños son los que más sufren en los continuos ciclos de violencia. En última instancia, trata sobre la forma en que los adultos se aferran y se obsesionan con los viejos conflictos y continúan propagando el odio, pasándoselo de generación a generación.
Esto es lo que hace la tragedia de Eren Yeager. Si estás de acuerdo con su decisión de matar al 99% de la población mundial o no, es irrelevante, porque el plan no funcionará: habrá algunas personas que sobrevivan, y no olviden, continuando el ciclo de odio y violencia. Eso es lo que hace que la historia de Eren sea única y especial; en el fondo, es solo un niño exaltado arrojado a una situación imposible de ganar y al que se le otorga un poder absoluto pero sin esperanza de una solución pacífica.
En The Good Fight (CBS) son especialistas en convertir tramas pequeñas en grandes episodios en los que denuncian diversos temas de corrupción y fallos del sistema político y social. Esto es lo que sucede en el frenético sexto episodio de la sexta temporada (“The End of a Saturday”).
Con la premisa de que Dustin, el sobrino de Ri’Chard, morirá si no recibe médula ósea de un donante que se ha retirado en el último momento, comienza un periplo en el que, en tan sólo unas horas, el bufete entero se embarca en llevar a la FDA a los tribunales por la restricción de edad en los ensayos clínicos, contra el sistema de salud por racismo institucional, etc.
En un momento del episodio, Dustin tiene que comparecer ante el juez, pero, a pesar de su gravedad, se ve demasiado bien, por lo que Diane le pide amablemente que exagere su enfermedad, en una comedia macabra: ¡juega con tu muerte inminente, niño!, por lo que Dustin finge una tos en el juzgado para conseguir dar más pena, logrando así que un pequeño inocente se suma en las sucias aguas de la corrupción del sistema.
Momento hilarante del episodio en el que un juez los atiende en su casa, en pleno cumpleaños de su nieto.
El resultado de ‘Saturday’ es una comedia hilarante que presenta en su jugo la crueldad y la desigualdad del sistema sanitario de Estados Unidos. Mientras unos pocos privilegiados pueden pagar para obtener los tratamientos y trasplantes de órganos que necesitan, muchos más estadounidenses carecen de los fondos necesarios para recibir la atención médica adecuada.
En cuatro clics, Marissa y Carmen han conseguido contactar con adolescentes onanistas que prometen su médula a fotos de mujeres atractivas en bikini, con traficantes de órganos, y hasta ellas mismas se ven obligadas a donar un óvulo en compensación por obtener médula ósea para el pequeño Dustin.
Una corrupción del sistema de trasplantes de órganos que se escapa del entendimiento de los países europeos, o al menos de España, y que inspira uno de los episodios más surrealistas y a la vez más deliciosos de The Good Fight.
Champán y pizza para terminar un episodio macabro en el que se pone de manifiesto que si Dustin va a conseguir sobrevivir es por sus contactos con la clase privilegiada de Estados Unidos.
Me voy a sumar a los ríos de tinta que se están vertiendo estos días con la película Don´t look up, una sátira política que algunos críticos califican de excesiva o como una estafa mientras miembros destacados de la comunidad científica, como Neil deGrasse Tyson, la califican como un documental de lo que están viviendo los científicos desde hace años.
Y es que Don´t look up refleja a la perfección la incompetencia y la corrupción política, la banalidad del mal de los medios de comunicación y lo voluble e influenciable que es la opinión pública.
Bajo la premisa del descubrimiento de un cometa que va a acabar con la vida sobre la Tierra provocando un evento de extinción masiva en un plazo de poco más de seis meses, Don´t look up explora las distintas reacciones de las autoridades competentes.
¿A quién no le recuerdan las escenas de las visitas al programa más visto de televisión a otras vividas en platós de programas de Telecinco o Antena 3? ¿Quién os parece Brie Evantee? ¿Susana Griso o Ana Rosa Quintana?
Desde el intento de censura para no alarmar a la población o el agarrarse a un clavo ardiendo señalando que un 99,7% no es un 100% de posibilidad de que suceda hasta terminar destruyendo todo por confiar la mayor expedición de la historia de la Humanidad a un empresario cegado por la avaricia y la corrupción.
En este sentido, otro acierto de la película es haber introducido personajes claramente inspirados en personas de la vida real que generan debate y conversaciones paralelas que demuestran que cada uno vemos el filme según nuestro propio prisma ideológico.
Sociópata, avaricioso y con una nave esperándolo por si sus planes demenciales fallaban. El vivo retrato de cualquier multimillonario de tecnológicas que se os venga a la cabeza.
¿A quién recuerda Janie Orlean (Meryl Streep), la presidenta de Estados Unidos? A unos, a Trump, a otros, a Ayuso, a otros, a Pedro Sánchez. ¿Y Brie Evantee (Cate Blanchett)? En España, sin duda, a Susana Griso, tanto físicamente como en su forma de hablar. ¿Y Peter Isherwell (Mark Rylance), el CEO del gigante tecnológico Bash? Yo, en este caso, he de decir que veo una mezcla de Elon Musk y Jeff Bezos.
Es curioso y muy significativo que los científicos se vean reflejados en los personajes del Dr. Randall Mindy (Leonardo DiCaprio) y Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), los dos astrónomos que descubren el cometa, que se ven obligados a peregrinar por despachos en los que son ninguneados y en los que comprueban con estupor e impotencia que están en manos de políticos ignorantes que se mueven únicamente a corto plazo y por la intención de voto.
Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, y, aunque no sea una obra maestra del cine en términos estéticos y esté planteada como un producto mainstream, se agradece el divertimento y ver, además, que todo el equipo parece habérselo pasado en grande durante el rodaje, una necesidad que muchas veces se olvida.
Siempre se ha dicho que Foundation, una de las muchas obras maestras de Isaac Asimov, era imposible de filmar, y el intento que han hecho en Apple TV+ lo confirma, pues, lejos de la serie de libros original, ha terminado por construir su propio relato, no sabemos si por exigencias narrativas o por falta de capacidad para hacer una adaptación fiel.
Y no puede decirse que esto haya pasado precisamente por falta de presupuesto, ya que los diez episodios de la primera temporada son todo un despliegue de recursos, tanto fílmicos como humanos.
La premisa de Foundation
De lo poco que hay de la historia original en la serie está el matemático y psicólogo Hari Sheldon (un siempre impecable Jared Harris), que predica haber descubierto que el Imperio Galáctico, de 12.000 años de antigüedad, va a caer inevitablemente y convence a Imperio (un soberbio Lee Pace) para que le dé un planeta en el que poder construir una comuna desde la que salvarlo.
Es una premisa grandiosa en términos cronológicos, y muy difícil, por tanto, de llevar a una pantalla. Solo el primer libro de la serie de La Fundación se compone de cinco novelas cortas con personajes que no tienen nada en común y cuyas vidas se desarrollan en 150 años.
En algunos momentos podría decirse que Lee Pace sostiene enteramente la serie.
El showrunner, David S. Goyer, limita Foundation la primera temporada a las dos primeras quintas partes de la novela original y las une de una manera un tanto forzada. La idea de Goyer de que Lee Pace interprete a un emperador Cleon eternamente clonado es una forma inteligente de darle a la serie un antagonista consistente, y es ahí donde reside su éxito.
Cleon, la corrupción política y genética
El emperador Cleon, que apenas figura en el primer libro, sostiene el peso de la historia, o mejor dicho, lo más interesante de ella, durante toda la primera temporada. Interpretado por tres actores: el hermano Day (Pace), el hermano menor Dawn (Cassian Bilton) y el hermano mayor Dusk (Terrence Mann), Cleon representa un autoritarismo vitalicio que invita a reflexionar sobre la clonación, la necesidad de mutabilidad de las cosas y la permanencia.
Los tres personajes que encarnan los clones presentes de Cleón I tienen una relación de intrigas y luchas de poder, y son percibidos como la mayor amenaza contra el desarrollo de la humanidad en distintos planetas y religiones.
Los clones de Cleon tienen el cometido de ser exactamente iguales a él, con una serie de indicadores que muestran si el clon es válido para continuar el legado del primero. La amenaza de corrupción genética mediante sabotaje, las propias preguntas que se hacen a sí mismos los clones y la visión que tienen de ellos en distintos planetas y religiones que se encuentran dentro del Imperio Galáctico son ciencia ficción, pura y dura.
El personaje de Demerzel retoma la eterna cuestión de la evolución y la conciencia de las IA.
Un imperio galáctico hipertecnológico que no recuerda ya en qué planeta vivieron los primeros seres humanos, ¿ha podido prosperar solo por un mando único con visión de futuro o es ese mando el que está impidiendo que los seres humanos se desarrollen?
Los puntos débiles de Foundation
A pesar de que, como escribí anteriormente sobre Foundation, hay personajes que no estaban en los libros y cuyas historias se escriben para poder dar continuidad narrativa a la serie, el desarrollo de la primera temporada es discontinuo en cuanto a su relevancia y al interés que despiertan sus propias tramas.
Si bien Salvor Hardin (Leah Harvey) se convierte en una pieza clave para el surgimiento de la esperada revolución en los confines del imperio, su conexión esotérica con Gaal Dornick (Lou Llobell) y su historia de amor alejan a Foundation de la ciencia ficción y la llevan al terreno de la fantasía.
En definitiva, las tramas prolongadas y el relleno que no lleva a ninguna parte hacen que desilusione a los fanáticos de Asimov. Y, si quería hablar de corrupción, política, religión y almas, se ha quedado bastante lejos también de otras series de ciencia ficción que han llevado la reflexión sobre estos temas a niveles muy profundos, como Westworld.
No obstante, cómo no, esperaremos ansiosos a la segunda temporada.
Aunque hace unas semanas escribí que la segunda temporada de The Morning Show estaba resultándome una estafa, hoy, con el final bien reposado, tras haber dado un parón a mitad para disfrutar de otras que consideraba mejores, vengo a decir lo contrario. Y es que esta producción de Apple TV+ ha terminado siendo el mejor reflejo de lo caótica que es la vida desde que la pandemia apareció en ella.
Intensidad emocional caótica
Los primeros episodios resultan difíciles de entender si no se observan en conjunto con la temporada completa. Ahí es cuando comprendes que Alex (una espectacular Jennifer Aniston en el mejor papel de su trayectoria como actriz) ha pasado toda la prepandemia, esos momentos frenéticos desde el 1 de enero de 2020 hasta principios de marzo, cuando todo había estallado por los aires, en modo “control de daños”.
Situación caótica tras situación caótica, Alex termina enfrentando la realidad.
Tras un regreso que había costado millones a la cadena ficticia UBA, no estaba dispuesta a permitir que se publicase un libro en el que se revelase que había tenido relaciones sexuales con Mitch Kessler (Steve Carell), su excompañero depredador sexual, ahora cancelado.
Como una narcisista de libro, la preocupación de Alex no era en qué habría podido ella ayudar a las mujeres que fueron víctimas de su adorado Mitch, sino que ella misma no fuese cancelada.
En este sentido, The Morning Show da una visión bastante irónica de este fenómeno social en el que el escrutinio de las redes sociales puede acabar o relanzar una carrera profesional de manera arbitraria en muchos casos.
A pesar de su trágico final, podría decirse que Mitch Kessler, el depredador sexual, es el único personaje que termina irónicamente redimido.
Esta intensidad emocional un tanto caótica de Alex también se desarrolla, aunque por otras razones, en Bradley (Reese Witherspoon), que se enfrenta a quién es y quién quiere ser a través de conflictos con su hermano con Trastorno Límite de Personalidad y adicción a las drogas, y con su novia (Julianna Margulies), la única persona razonable y cabal de toda la temporada.
Caos pandémico
Como si se tratase de un sueño para los personajes, y de una pesadilla revivida para todos los espectadores, los protagonistas de The Morning Show tropiezan en las mismas piedras en las que cayó la sociedad en aquel primer trimestre de 2020.
Causa desasosiego ver cómo los personajes siguen enfrascados, como lo estábamos los espectadores, en las nimiedades y las noticias habituales, ajenos a la gravedad de la pandemia.
La mayor parte de ellos se ríe del virus y considera exagerados a los pocos que se lo toman en serio (no es de extrañar que Daniel, el único de todo el equipo del show que puso interés en la noticia, termine renunciando a su puesto y viajando para poder sacar a su abuela de una residencia de ancianos). “Distanciamiento social es lo que lleva haciendo mi familia toda la vida”, dice una despreocupada y un tanto egocéntrica Bradley.
Todos llevan una vida social frenética, con reuniones, viajes a Italia, etc. en los que el espectador solo puede pensar “alguien ahí lo tiene”. Y así fue, en medio de una vida emocional y social caótica, Alex Levy, que había viajado a Italia para pedirle a Mitch un comunicado negando haber mantenido relaciones sexuales con ella, resulta positivo. Y no solo eso, sino que desarrolla la enfermedad.
Sinceridad final
Es en medio de esa locura en la que algunos escapan a sus casas para intentar salvarse (aunque probablemente ya estén contagiados) cuando otros, como Alex Levy, no tienen más remedio que enfrentarse a las consecuencias de sus actos.
El personaje de Laura es un soplo de aire fresco. Sensata, razonable, nada egocéntrica, siempre con un consejo cabal que seguir… y, sin embargo, todo lo que dice termina en saco roto (o peor, pues no hay que olvidar el momento en el que anuncia que tiene una patología cardíaca, ya después de haber compartido plató con Alex Levy).
Ella, que se había pasado toda la temporada huyendo de su pasado, se atreve a ponerse delante de las cámaras en su propia casa, en mitad de un proceso febril, para sincerarse con la opinión pública y hacer un streaming que, si finalmente se aprueba una tercera temporada, dará mucho que hablar.
Pero los personajes principales, por mucho que se sinceren, no pierden el egoísmo y la insensibilidad con los demás. Ese endiosamiento que les produce estar completamente alejados de la realidad por sus sueldos millonarios o por vivir en hoteles, como Bradley y Cory. Así, a estos dos últimos los vemos recorrerse las calles del Nueva York de marzo de 2020 buscando al hermano de ella y entrando en un hospital intentando que les atiendan los primeros. “Es que tengo un problema muy grave”, dice Bradley. Claro, como el resto de los que están ahí y que saturan las urgencias de los hospitales.
Pero ella, aguerrida por su posición privilegiada, se cuela en urgencias sin protección y corre a buscar a su hermano, que tiene más suerte que otros allí ingresados a los que ningún familiar ha podido entrar a ver.
The Morning Show nos pone delante personajes difíciles de tratar, egocéntricos, privilegiados que sucumben a la corrupción moral y que siempre terminan saliéndose siempre con la suya, incluso dentro de la situación más caótica que se pueda imaginar. De ahí viene esta relación de amor y odio que tenemos con ella el público y la crítica.
En las últimas semanas me ha dado por revisitar V, la original serie de scifi de 1983, y estoy francamente sorprendido por cuestiones que pasé por alto en mi juventud y que ahora veo nítidamente, como las referencias nazis, el casi culto a los guerrilleros de la época y la corrupción de políticos y empresarios ‘vendeplanetas’ (el equivalente a nivel global del vendepatrias).
Nazis vs guerrilleros
Como la cuestión nazi no es algo que nos preocupase a los niños y jóvenes de los 80, al menos no la nazi alemana, pasamos por alto la iconografía del nacionalsocialismo que lucen los visitantes.
Desde su logo hasta los carteles que imprimen y pegan por las calles, pasando por los uniformes y las formaciones, las tropas de Diana son idénticas a las que tomaron el poder en Alemania.
La estética de los uniformes y los emblemas de los visitantes son referencias a la estética nazi.
Al parecer, el símbolo original de los aliens era una esvástica y se tuvo que retocar porque la NBC puso reparos a hacer analogías con el fascismo. Y cómo llegan al poder con la ayuda de las altas esferas de la corrupción y de los ciudadanos ‘de bien’ está realmente calcado a cómo sucedió antes de la II Guerra Mundial en el país germano.
El emblema nazi de los visitantes.
No en vano, uno de los personajes que primero se da cuenta de que están engañando a la población es un anciano judío que logró escapar de los campos de concentración, pero que no puede evitar que su nieto se una como colaboracionista de los extraterrestres.
Poco se ha hablado del papel de Neva Patterson como la malísima, corrupta y vendidísima Eleanor Dupress.
V antifascista
Pero hay una referencia que en 2021 resultaría casi imposible de introducir en una serie, y es la de los guerrilleros de América Latina que combatían contra las dictaduras y los políticos corruptos.
Mike Donovan, el camarógrafo que sin querer se hace líder de la Resistencia, aparece en la primera escena grabando a un guerrillero salvadoreño que pide libertad para su país. Este personaje, de hecho, hace alusiones abiertas a los aliens como fascistas.
Haciendo referencia a los guerrilleros, no podía faltar el personaje como Tyler, un agente secreto que ha realizado operaciones encubiertas en todos los países donde Estados Unidos tiene intereses.
Dentro del grupo que encabeza la Resistencia también hay un sacerdote que ha tenido relación con los guerrilleros surafricanos.
Feminismo
Otra cuestión en la que V supera con creces cualquier serie de 2021 es la naturalidad con la que los personajes femeninos ocupan puestos de poder y son inteligentes, audaces y capaces de liderar equipos.
De Diana se nos pasó por alto, o al menos a mí, que era pequeño, que en realidad era una gran científica, y Julie Parish, la fundadora de la Resistencia, es bióloga molecular y genera ella solita el ‘agente naranja’ que mata a los visitantes.
La masculinidad ochentera, con las camisas abiertas y las miradas intensas, ha quedado bastante desfasada.
Aunque los efectos especiales hayan envejecido mal o haya ciertas escenas de los personajes masculinos que nos parezcan de una masculinidad obsoleta y forzada, lo cierto es que V tiene una buena factura y resulta igual de entretenida en la madurez que apasionante en la niñez. Que no caiga en el olvido.
Apple TV+ lo ha dado todo en su adaptación a la televisión de una de las obras más conocidas y veneradas de Isaac Asimov, pero el proyecto, a pesar de resultar ambicioso y tener puntos muy fuertes, resulta insuficiente para plasmar todo lo que Asimov refleja en sus obras.
Presupuesto ambicioso
Si hay algo que se agradece a la puesta en escena de Foundation es que no han escatimado un solo recurso a la hora de mostrar la ambientación y los avances tecnológicos del futuro lejano en el que la humanidad se ha extendido por toda la Galaxia.
Los vaticinios de la “Psicohistoria” de Hari Seldon hacen que el emperador lo condene.
Foundation es un auténtico desafío audiovisual de grandeza infinita. La representación de Trántor y su magnífico Puente Estelar (y su derribo), la nave en la que los acólitos de Hari Seldon (un mesurado y acertado Jared Harris) emprenden su viaje, Términus… todo es una obra de arte que logra que el espectador se quede maravillado.
Golpes cinematográficos revestidos de una banda sonora épica y omnipresente hacen de esta serie de ciencia ficción una auténtica delicia audiovisual. Pero, por muy deslumbrante que resulte de ver, es confusa de seguir, y aquí es donde empiezan los problemas.
Gaal es un personaje femenino muy bien construido, aunque también sorprende la historia de amor en la que, sin avisar, la involucran.
Recreación y estafa
Los relatos de Fundación de Asimov se narran casi en su totalidad a través del diálogo entre políticos en reuniones secretas: en juicios, en sesiones del consejo o en funciones sociales. La mayor parte del texto consiste en teorizar, elaborar estrategias y predecir, de modo que leerlo es como ver una partida de ajedrez de campeonato.
Los personajes aparecen escasamente pincelados por su voz o peculiaridades, pero ampliamente por sus objetivos políticos. Lo importante es la corrupción del Imperio Galáctico y los conflictos con los rebeldes de los planetas periféricos.
Salvor tiene suficiente fuerza como para no tener que verla en una relación amorosa inverosímil y que no aporta nada a la trama.
En la adaptación de Foundation, sin embargo, observamos un exceso de relevancia de los personajes, algunos de ellos inventados y con desmesurada presencia. Es el caso de Salvor Hardin (Leah Harvey) y sus escenas de amor en Términus, que para mí constituyen una estafa o una traición a la obra de Asimov.
Foundation no necesitaba historias románticas, ni héroes ni heroínas de Hollywood, simplemente saber reproducir los interesantes y prolíficos diálogos de la obra de Asimov.
La corrupción de Trántor
Pero no todo es estafa, porque hay que señalar la excelente representación de Trántor y el dilema de los clones de Cleón I, herederos genéticos y perpetuadores del Imperio.
Lee Pace borda el papel de Brother Day en plena corrupción y decadencia del imperio.
En este sentido, Lee Pace borda al ambicioso Hermano Día, de mediana edad, con una soberbia implacable, como suele hacer con todos los personajes que interpreta. Cleon, paradójicamente, es la corrupción moral y la decadencia, pues la ausencia de renovación genética va a llevar a la destrucción y al caos durante 30.000 años, salvo que los discípulos de Hari Seldon consigan su propósito, caso en el que el caos ‘solo’ durará mil años.
Los tres clones gobiernan el Imperio Galáctico criados por una inteligencia artificial (Laura Birn) ladina y un tanto enigmática que va a jugar un papel fundamental en toda la trama.
La IA gobierna el Imperio Galático más que los clones de Cleon.
Foundation, en resumen, tiene todo el potencial de Asimov por delante por explorar, y sería recomendable que se guiasen más por el maestro de la ciencia ficción que por productores preocupados por hacerla digerible a público de gustos fáciles, porque por muy ambicioso que sea el proyecto, si se queda a medio camino, no lo verá nadie.