Lo último que esperábamos los viejunos seguidores de In treatment (HBO) es un regreso de la serie, once años después, y con la misma calidad a la que nos tenía acostumbrados. Sin duda, algo para celebrar en estos tristes años de la pandemia.
Y algo necesario. Porque la cuarta temporada de In treatment ha vuelto con la intención de hacernos reflexionar sobre el momento en el que nos encontramos como sociedad, con la salud mental completamente olvidada o deteriorada a nivel poblacional y muchas necesidades afectivas sin resolver, agudizadas por el aislamiento de confinamientos y cuarentenas.
Los colores del decorado, el ambiente y el vestuario de la protagonista son completamente opuestos a los de las anteriores temporadas.
La esencia de In treatment
La nueva versión de In treatment tiene lugar en Los Ángeles, ciudad antagonista de Nueva York, en la que el doctor Paul Weston tenía su despacho gris y anodino. En este caso será la doctora Brooke Taylor, interpretada magistralmente por Uzo Aduba (Orange is the new black), la que charlará con sus pacientes en su colorida casa en Baldwin Hills, conocido como el Beverly Hills afroamericano.
La elección de este nuevo y alegre enclave ha sido deliberada para invitar a los espectadores a sumergirse en la serie, pues no veían necesidad de, ya que trata problemas psicológicos, construir un ambiente claustrofóbico que recordase a sus propios confinamientos, según explican los creadores.
Brooke mantiene una relación con Adam (Joel Kinnaman, The Killing, Altered Carbon), que está profundamente enamorado de ella, y al que ella mantiene lejos y miente constantemente.
El nexo con las anteriores temporadas lo encontramos en que Brooke es exalumna de Paul Weston, que intenta localizarla durante varios episodios.
En este contexto, en una casa diseñada por su recién fallecido padre, un exitoso arquitecto que exigía a su hija por encima de sus posibilidades y que la traumatizó para toda la vida, Brooke transita su propio duelo haciendo lo contrario de lo que predica, como ya hacía su mentor.
Y es que ahí reside lo cómico en este drama, en que el doctor atraviesa los mismos problemas que intenta solucionar en los demás.
Los pacientes ‘In treatment’
Como en anteriores temporadas, los episodios se estructuran por pacientes y semanas, con un total de tres pacientes, más otro episodio en el que se aborda la vida personal de Brooke.
El primero de los pacientes, Eladio, es un joven latinoamericano que trabaja como interno cuidando a Jeremy, otro joven de su edad con una enfermedad degenerativa, y que a través de las sesiones va estableciendo con Brooke una relación que transgrede los límites profesionales y se acerca más a la maternidad, cuestión con la que ella mantiene un gran trauma.
Eladio va descubriendo su malestar en la familia rica que lo tiene contratado, dándose cuenta de que es un recurso más para ellos y no tiene la relación que le gustaría.
El segundo, Colin, es un exmagnate tecnológico que acaba de salir de prisión por apropiación indebida y estafa y hace el tratamiento como parte del acuerdo de libertad condicional. Se trata de un hombre soberbio, mentiroso compulsivo, con el que Brooke tiene varios encontronazos en los que le recuerda que es un hombre blanco, heterosexual, adinerado y que se queja por no haber llegado al éxito cuando el mundo entero está hecho para él, aunque ella misma también ha tenido una vida relativamente sencilla en lo económico gracias a la situación de su padre.
Colin intenta mentirse a sí mismo y endulzar su propia versión del delito de estafa y las mentiras que contó a su mujer, pero a lo largo de las sesiones va conociéndose más y más a sí mismo.
La tercera paciente, Laila, es una adolescente de 18 años víctima de una abuela dominante que lleva años maltratándola físicamente y que espera de ella que vaya a la mejor universidad y tenga una carrera profesional exitosa, lo mismo que le sucedía a Brooke con su padre.
Laila es una joven muy inteligente, reflexiva, que, igual que Eladio, hace reflexionar a Brooke sobre aspectos no solo de su propia vida, sino de la sociedad en general.
Laila intenta llevar una apariencia normal, pero tiene la autoestima destrozada por el maltrato físico y psicológico, y una gran necesidad de reivindicarse a sí misma, como la propia Brooke.
Porque con Laila y Eladio puede palpar de cerca, como ella misma, las situaciones de racismo que se viven en Estados Unidos, siempre con las manifestaciones de Black Lives Matter como telón de fondo. Colin, sin embargo, representa el mundo de la corrupción, de la soberbia, de la altanería.
Y así, en cada episodio los espectadores podemos disfrutar de una serie que aborda temas trascendentales, nos considera inteligentes y nos conmueve profundamente.
Cuando los amantes de la ciencia ficción escuchamos que hay una serie nueva del género y que hay muchas personas que la recomiendan, en seguida nos hacemos ilusiones de que vamos a encontrarnos frente a algo interesante y rompedor. No es el caso de Solos (Amazon Prime) que, si bien podría haber sido una producción magnífica, está siendo muy sobrevalorada.
Solos, una serie hecha en pandemia
La primera limitación que se ve en Solos es que sus episodios, independientes y autoconcluyentes, están protagonizados únicamente por un actor (a excepción del último, en el que hay dos) que realiza un monólogo, ya sea consigo mismo, con un doble, con su propio personaje en distintas líneas temporales, o con una IA que aparece de comparsa.
El episodio de Tom se hace largo y pierde interés por momentos.
Porque, para enganchar y mantener la atención, el ritmo del texto, la interpretación y el contexto tienen que ser los adecuados para no aburrir o no hartar a los espectadores, y es algo que Solos no consigue.
La estafa de los personajes
Ya desde el primer episodio, en el que Anne Hathaway descubre cómo viajar en el tiempo podemos ver una desconexión entre Leah, el personaje que interpreta, una científica que intenta escapar del sufrimiento que la enfermedad de ELA ha producido en su madre, amor de su vida, y las líneas que le atribuyen.
El personaje de Leah presenta estereotipos de género terribles y superficiales pese a tratarse de una gran científica que ha descubierto los viajes en el tiempo.
Es inevitable que cualquier fanático de la ciencia ficción dura se eche las manos a la cabeza viendo cómo se destroza el personaje de una científica exitosa sometiéndola a diálogos propios de las comedias románticas más estúpidas de Hollywood.
Buenos actores y buen planteamiento para una ejecución nefasta.
Y, aunque el de Leah es el caso más sangrante, produce mucha decepción que en el episodio de Sasha hayan dejado pasar la oportunidad de hace que Uzo Aduba se luzca como la grandísima actriz dramática que demostró ser en Orange is the new black y termine siendo un monólogo teatral excesivo y aburrido.
Porque en Solos no hay un solo episodio redondo, como sí lo hay en otras series como Black Mirror, que, a pesar de sus altibajos, ha sabido mantener la calidad general y ha hecho algunos capítulos antológicos. Me atrevería a decir, incluso, que no está dentro del scifi, sino que es un drama aderezado con ciertos toques de ciencia ficción en el contexto y en los decorados, sin más. Si la vais a empezar pensando que tienen algo que ver, sentiréis que es una estafa.
A falta de unos pocos episodios para terminar de ver la séptima y última de Orange is the New Black (OITNB, por abreviar), he de señalar que esta temporada está siendo con diferencia la más comprometida políticamente de todas, y eso que las anteriores dejaron el listón muy alto, pero las irregularidades y violaciones de Derechos Humanos que se denuncian en ella son muchísimo mayores.
Si en anteriores temporadas el nudo en el estómago era una consecuencia directa de ver los episodios, en esta no queda terminación nerviosa del cuerpo que no se remueva.
Por supuesto, en esta temporada no faltan el sexismo y el machismo que tienen que soportar tanto las reclusas como las propias oficiales mujeres.
Irregularidades en el ICE
Una de las cuestiones más impactantes de esta entrega de OITNB es la inmersión que se realiza en la actuación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (U.S. Immigration and Customs Enforcement, ICE) y los centros de detención donde son confinados y confinadas todas aquellas personas extranjeras que son sorprendidas dentro del país sin los ‘papeles’ en regla.
Como viene siendo habitual en Orange is the New Black, el cuidado por la presentación de personajes y la trama de cada uno de ellos es lo que genera el vínculo desde el primer momento. Así, la liberada Maritza se va a encontrar, debido a una redada en una discoteca, de nuevo prisionera, pero esta vez en un lugar peor que la prisión de Litchfield: un centro de detención para inmigrantes sin regularizar.
Allí se encontrará con Blanca, a la que, en el último capítulo de la sexta temporada, vimos cómo engañaban diciéndole que le habían concedido la libertad cuando iba destinada a una deportación ilegal sin garantías procesales de ningún tipo.
Las irregularidades y las violaciones de Derechos Humanos se suceden en ese anexo a la prisión que es un infierno mucho peor. El espectador se encoge mientras ve atrocidades como no permitir llamadas a teléfonos de asistencia jurídica gratuita, no concederles abogados para las vistas del juicio y no tener las mínimas garantías de salubridad, con comida caducada, aglomeración, falta de atención médica, etc. y, lo peor de todo, el resultado de ser deportadas a países en los que no conocen a nadie y cuyo idioma en muchos casos no saben.
Investigación sobre las irregularidades
Pero, ¿cuánto parecido con la realidad hay en estas escenas? Más del que todos quisiéramos.
No en vano, los productores de la aclamada serie obtuvieron la asesoría de la organización Libertad para los Inmigrantes (Freedom for inmigrants) mientras investigaban para elaborar la parte del guion en la que salían mujeres en custodia del ICE esperando una posible deportación. Y ello no ha estado exento de polémica.
El propio Washington Post corrobora que, con la ayuda de esta organización, los guionistas visitaron el Centro de Detención Adelanto en California entre mayo de 2017 y mayo de 2018 para tener una panorámica de cómo era. Y lo que encontraron fue una sala enorme que olía a “sopa rancia” en la que las mujeres dormían juntas, hacinadas, “sin espacio personal, sin nada que decorase las camas, sin fotos, sin libros”.
El hacinamiento y la violación de Derechos Humanos parecen ser dos características de los centros de detención de inmigrantes.
Como una prisión, pero con todavía menos derechos de los que se venían denunciando en la serie (y en otras como la espeluznante Oz).
Beneficios y corrupción
¿Y quién se beneficia de todo esto? Pues, como nos mostraba Orange is the New Black en anteriores temporadas, las compañías que gestionan las cárceles privadas, que orientan toda su administración a ahorrar costes para mejorar la rentabilidad económica, por lo que se pierde el carácter de reinserción que se supone que deben tener las prisiones.
En esta escena se muestra perfectamente la cadena de corrupción: El Gobierno aprueba una subida de financiación a estas empresas que gestionan las cárceles privadas…
Los legisladores modifican también los delitos susceptibles de deportación…
Las empresas privadas se llevan una cantidad desorbitada por cada inmigrante detenido…
El ciclo de deportación no se detiene, ya que hay millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos, muchos de los cuales llevan décadas trabajando en el país.
El beneficio de las compañías es ingente.
Aprovechándose de la situación de los inmigrantes, eliminan sus derechos laborales, y también los más básicos.
Así, la serie nos enseña personajes como Linda Ferguson, directora del correccional que solo busca optimizar y multiplicar el beneficio de la empresa que la contrata, PolyCon Corrections.
Linda Ferguson es un ejemplo perfecto del Principio de Incompetencia de Peter.
En una prisión en la que solo se busca el lucro, cuantas más presas haya, mejor. Además, el personal laboral recibe salarios indignos y se ve con legitimidad para completar sus propias ganancias introduciendo droga y elementos de contrabando y, obligando a las reclusas a vender para ellos, por lo que la corrupción a todos los niveles está servida y cualquier persona que entre en ella con ganas de cambiar el sistema percibe pronto la imposibilidad de hacerlo.
Ni los personajes aparentemente honestos se libran de caer en la corrupción.
Un cóctel perfecto para la violencia y la tragedia. ¿Quién necesita una distopía inventada teniendo esta cruda realidad enfrente?
Ahora que estamos en un momento estrella del año de seriesfeministas en las que las protagonistas tienen muchísima fuerza, me atrevo con este listado de personajes femeninos que deberían ser referencia para todos esos guionistas que todavía siguen creando arquetipos ridículos que desmejoran mucho las series (Breaking Bad, por ejemplo).
Series con varios personajes femeninos fuertes
Es difícil hacer un ranking, así que voy a hacer una lista que no tiene por qué ir de menos a más ni viceversa. Son los personajes femeninos que más me han impactado hasta el momento en las series de televisión:
Calamity Jane (Robin Weigert) y Joanie Stubbs (Kim Dickens), Deadwood
Deadwood es magistral tanto en su factura, como en el guion y la interpretación de los personajes, en especial los femeninos de Calamity Jane y Joanie Stubbs, que rompen moldes, y más para la época, pleno siglo XIX, en la que está ambientada la serie.
Calamity Jane, que existió en la realidad, fue una exploradora profesional estadounidense que, si bien tiene el más que cuestionable mérito de haber luchado contra los nativos americanos, ostentó una profesión osada y aventurera.
Joanie Stubbs en Deadwood es la madame del prostíbulo The Bella Union. Lesbiana, pareja de Calamity Jane, la historia entre ambas se agradece en un ambiente dominado por el machismo y la corrupción moral como fue esta época en Estados Unidos.
Deadwood es una de mis series favoritas de todos los tiempos por muchas cosas, estos dos personajes entre ellas.
Dolores Abernathy (Evan Rachel) y Maeve Millay (Thandie Newton), de Westworld
Siguiendo con historias del oeste, aunque esta vez en forma de parque temático futurista donde los visitantes pueden dar rienda suelta a su corrupción y sus mayores vicios, incluidas las agresiones sexuales y los asesinatos, añado aquí a dos personajes femeninos fascinantes, las huéspedes Dolores y Maeve.
La profundidad y la evolución de ambos personajes, cuyas historias se narran de manera paralela y van in crescendo en cuanto a ritmo e intensidad, es de las cuestiones que más atrapan de la serie.
Maeve es de los dos el que más impacta con su grandísima sensibilidad y búsqueda de amor y justicia.
Abbi Jacobson e Illana Glazer, de Broad City
Estas dos humoristas estadounidenses son las creadoras, productoras ejecutivas e intérpretes de la desternillante comedia Broad City, en la que juegan el papel de dos jóvenes judías un poco fumetas (bueno, muy fumetas) que sobreviven con trabajos precarios en Nueva York.
Las situaciones hilarantes y el salvajismo que no tienen ningún pudor en mostrar (aunque luego la cadena de televisión, en un alarde de mojigatería, censure muchas cosas) hacen de esta serie un divertimento para olvidarse de los problemas.
“Las Cinco de Monterrey” y Meryl Streep, de Big Little Lies
Las “Cinco de Monterrey”, de las que he hablado aquí en varias ocasiones y a las que se ha sumado la siempre fantástica Meryl Streep en el papel de madre de maltratador, constituyen un elenco femenino brillante que destaca, además, por su sororidad ante la violencia machista.
Cada una lidia con sus problemas, sobre todo ocasionados por sus relaciones de pareja, y todas ellas comparten un secreto que las une y las lleva a tirar hacia adelante sea como sea.
Ozark
Ya he hablado en más de una ocasión en este blog sobre Ozark y el magistral papel que interpretan todas y cada una de las mujeres de la serie, muy por encima de los hombres poderosos y corruptos de los que se supone que están ‘detrás’.
En perspectiva de género Ozark supera con creces a su homóloga, Breaking Bad, en número y calidad de los personajes femeninos.
The handmaid´s tale
June, magistralmente interpretada por Elisabeth Moss, a la que le van como anillo al dedo los papeles de mujer que se supera a sí misma en un mundo hostil y machista (Mad Men, Top of the lake), es uno de los mejores personajes femeninos de todas las series. Obligada a sobrevivir en una teocracia patriarcal infame, su evolución y transformación son lo que la hacen salir adelante.
Pero el resto de papeles femeninos no se quedan atrás. Sus compañeras oprimidas (criadas y Marthas) y las opresoras del sistema (esposas y tías) son papeles también robustos, de mujeres que tienen que mantenerse en pie ante las humillaciones y la represión de los hombres al mando.
Elisabeth Moss interpreta de manera espectacular el papel de June. Con un solo movimiento de nariz y labios es capaz de mostrar un sinfín de matices.
Orange is the new black
De esta serie, de la que ya he hablado en varias ocasiones en este blog, todos y cada uno de los personajes femeninos tienen fuerza y personalidad propias y no necesitan de ningún personaje masculino para tener entidad propia.
Cada una con su idiosincrasia, sufrimiento, pasado y delitos en la espalda, todas las reclusas de las cárceles femeninas que aparecen en OITNB representan profundos y poliédricos papeles. No hay blancos y negros. Las escalas de grises, la compasión por las presas, los personajes no normativos y la combinación de la tragedia de la cárcel con las escenas de humor cotidiano dan a este drama sobre la corrupción del sistema penitenciario estadounidense una seña de identidad entrañable.
Personajes femeninos con cuerpos y vidas no normativos protagonizan OITNB.
Personajes femeninos individuales en series llenas de estereotipos
Lo lógico y normal sería que todas las series tuvieran personajes potentes tanto masculinos como femeninos, pero la realidad, desgraciadamente, es otra, y encontramos series en las que solo un personaje femenino tiene fuerza mientras el resto se limitan a reproducir estereotipos de género.
Gillian Darmody (Gretchen Mol), de Boardwalk Empire
El papel de Gillian Darmody en Boardwalk Empire es una de las mayores rarezas que se han visto en representación de la maternidad en televisión.
Prostituida, violada y casada con un hombre al que no quería, lejos de ser una víctima, Gillian se convierte en una inesperada verdugo que aprovecha un momento de debilidad de su hijo para abusar sexualmente de él. Sí, lo que leéis, una madre pederasta en televisión, ya era hora, porque haberlas, aunque constituyen un ínfimo porcentaje en relación con los hombres, haylas.
Gillian Darmody es la representación de una mujer abusada que se convierte en madre abusadora.
Un personaje muy oscuro con un final tenebroso como toda su sorprendente evolución.
Nurse Jackie (Lisa Coleman)
Entre la representación de la maternidad no convencional también se encuentra el personaje de Nurse Jackie (curiosamente, la actriz Lisa Coleman hacía de madre mafiosa en The Soprano), una enfermera adicta y mentirosa que destroza la vida de su familia y de todo el que se acerque a ella, aunque esto ocurre pasadas las primeras temporadas, en las que todavía puede ocultar su vicio secreto.
Uno de los grandes momentos de Nurse Jackie y su adicción a las drogas.
Gemma Teller (Katey Sagal), de Sons of anarchy
¡Qué decir de Gemma Teller, la mamá motera de Sons of anarchy! Sus mentiras y su continua manipulación la llevan a tener el final más trágico posible.
Gemma es, sin duda, el único personaje femenino potente en la serie, aunque es una pena que le hayan dado un perfil tan pérfido, pero ella sola sostiene las últimas temporadas cuando todos los demás, empezando por su hijo, el protagonista, flaquean.
La corrosiva Gemma Teller es el único personaje femenino de Sons of anarchy con personalidad propia y a la ‘altura’ del resto (muy por encima, de hecho).
La actriz Katey Sagal interpretó también un buen papel en Matrimonio con hijos, haciendo de esposa nada al uso para la época de la serie.
Lagertha (Katheryn Winnick), de Vikings
En el mundo vikingo destaca una mujer por sus batallas y hazañas, Lagertha, que muchísimo más allá de ser “la primera mujer de Ragnar Lothbrok”, se convierte en una luchadora con entidad e historia propias, seguida por numerosos congéneres.
Birgitte Nyborg (Sidse Babett Knudsen), de Borgen
La protagonista de la serie danesa Borgen, en la que la socialdemocracia y los pactos tienen casi tanto papel principal como ella misma, destaca por su templanza y sus buenas formas en el Palacio de Christiansborg.
Una gobernante moderada que escapa de la corrupción y que tiene el diálogo por bandera como personaje femenino de la política europea en una serie más que recomendable para saber cómo es el hacer político por los países de nuestro norte.
Birgitte Nyborg y sus pactos políticos protagonizan Borgen.
Y esta es mi humilde lista. Todavía me quedan por ver series como Killing Eve, así que espero que me recomendéis más en las que pueda disfrutar de personajes como estos.
La temporada anterior de Orange is the New Black, de la que hablé en este mismo blog, terminó con la tragedia de la muerte de Poussey a manos de un vigilante de seguridad que la intentaba reducir, un hecho que en la realidad también sucede más a menudo de lo que nos gustaría.
Con esa premisa, nada bucólico podíamos esperar de esta nueva, pero tengo que reconocer que ha superado todas las expectativas y que, si bien sigue sin ser el terror psicológico de Oz, la situación de las reclusas, sus perspectivas personales y, sobre todo, la corrupción de la que son víctimas a todos los niveles construyen un relato duro, en el que las partes más cómicas han terminado siendo una mueca sarcástica que empeora el estado de ánimo, lejos de relajarlo.
Se masca la tragedia
Vaya por delante que todavía no he podido terminar de verla, pues, al contrario que en anteriores temporadas, esta se me está haciendo bola como un filete seco a un niño. El nudo en la garganta aflora y, a pesar de la brevedad de los episodios, intento ingerirlos con precaución y combinados con otras series.
Pero me basta para ver que lo vivido hasta ahora se puede tornar en una tragedia de proporciones épicas.
En primer lugar, porque la tensión entre los distintos bloques de presas del edificio aumenta a grandes velocidades y entre ellas hay mucha historia y venganzas que llevar a cabo. A eso hay que añadir, además, que las relaciones entre las presas de Litchfield, la cárcel de mínima seguridad, han empeorado gravemente desde que se cortó el motín ‘fantasma’ al que todo el mundo alude y que es el que da pie a esta nueva situación.
El colegio mayor que a veces parecía la prisión se ha tornado en casa del terror, y las amistades entre ellas han quedado atrás por lo que siempre sucede en estos casos, para que unas pudiesen librarse de mayor condena a costa de otras a las que han entregado.
La corrupción generalizada
El motín lleva, asimismo, a una lectura mucho menos personal y más política de la cárcel, que es lo que Orange is the New Black llevaba haciendo las últimas temporadas.
En ella se revela sin concesiones la corrupción a todos los niveles que afecta a las presas. Y es que, para empezar, los propios guardias tienen un gran secreto que esconder sobre el asesinato de uno de sus compañeros.
Estos guardias, como sucedía en otros episodios, tienen su propio sistema de trapicheo para introducir drogas y cualquier tipo de objeto de alta demanda en la prisión.
En un estamento superior se encuentran Natalie y su nueva jefa, que ha ascendido sobornando a la empresa para no denunciar en público y ante los juzgados que hubo un terrible error con ella durante el motín. Y así es cómo llega una gran incompetente a un puesto que le queda grande (algo que también sucede normalmente en la ‘vida real’).
Por encima de todo, a nivel económico y político, están los hasta ahora invisibles, los poderosos, políticos que necesitan chivos expiatorios, empresarios que hacen de las cárceles un negocio suculento… todos ellos influyen de manera fatídica en el presente y en el futuro de las reclusas.
Y el poso que deja, al menos hasta ahora, que llevo vista CASI toda la temporada, es que entre tanta tragedia y corrupción no hay salida. Pero está bien que nos lo cuenten, porque el discurso de que las cárceles son hoteles está calando demasiado y, si bien no se puede decir que muchas personas de las que están ahí sean angelitos, en muchos casos lo están por sus circunstancias económicas y sociales, e incluso aunque lo merezcan fuertemente, está bien que se haga ficción para concienciar de ese pequeño rincón oscuro de nuestra sociedad a los que pocos parecen prestar atención.
No hay nada más placentero para un seriéfilo que ver series en las que los guionistas tratan a los espectadores como seres inteligentes. Que no es que rechace ver algún que otro bodrio o producciones que son mero entretenimiento, pero cuando uno se topa con maravillas como Orange Is The New Black (también abreviado como OITNB), la serie más crítica sobre la estafa de la cárcel jamás escrita, no puede sino alegrarse y hacerle ovaciones.
Tres días es lo que he tardado en terminar la cuarta y hasta ahora mejor temporada de esta tragicomedia basada en el libro autobiográfico Orange Is the New Black: My Year in a Women’s Prison de Piper Kerman, protagonista de la serie hasta la tercera temporada (en esta cuarta se relega a un papel coral como el resto de sus compañeras reclusas, algo que se agradece, ya que su personaje podría agotarse).
Humanidad en OITNB
Si algo puede resultarme cercano y admirable de Orange Is The New Black es su esfuerzo por mostrar el lado más humano de todas las personas que están en prisión, empezando por las presas, que no son villanas sin más, como se pretende mostrar en muchísimas series y películas de forma maniquea, sino seres humanos a los que una serie de condiciones objetivas y subjetivas han llevado a estar donde están.
Una de las frases más repetidas en esta temporada es “I´m a person” (“soy una persona”) y esa es una moraleja que todo el mundo debería extraer de esta serie, además de otras que describiremos más adelante. Porque humanizando a los presos podremos empezar a entender que la cárcel, tal y como está contemplada ahora mismo, no está orientada a su fin teórico de rehabilitación, sino a castigar y marcar de por vida sin posibilidad de volver a la sociedad.
Asimismo, mostrar con naturalidad las relaciones homosexuales desmitifica el estereotipo que se suele difundir con respecto a la sexualidad en las prisiones, al margen de que haya violaciones, especialmente en países como Estados Unidos.
Humor en la cárcel
Las situaciones cómicas de OITNB, además de suponer un contrapunto necesario para descargar el drama, persiguen mostrarnos a las presas como seríamos cualquiera de nosotros: personas que buscan contacto humano y que intentan pasar el tiempo de condena de la mejor forma posible, haciendo amistades y riéndose de las adversidades.
Las carcajadas en momentos de máxima tensión, o cómo unas presas pueden parecer indiferentes y hasta bromear en pleno sufrimiento de otras que no consideran tan cercanas, o incluso de las más cercanas, es un excelente reflejo realista de lo que es la vida en sí misma, porque el sarcasmo a veces es la última defensa ante las adversidades e injusticias.
La corrupción del sistema penitenciario
Uno de los puntos más importantes de OITNB es su denuncia política. Desde que comenzó la primera temporada vimos injusticias con numerosas presas, como la propia protagonista, que termina en prisión cuando ha rehecho su vida y ya no se dedica en absoluto a los delitos de los que se le acusa. Hemos visto también cómo en su mayoría se trata de personas que nacen y crecen en ambientes marginales y familias desestructuradas, lo que revela el determinismo social del que nadie quiere hablar en esta sociedad de liberales y coaches que afirman que todos podemos llegar a la cúspide de la pirámide.
Pero la principal denuncia social de Orange Is The New Black es la corrupción que envuelve a todo el mundo penitenciario, desde el último carcelero hasta el director de la prisión, con un protagonista importante que en Estados Unidos supone un grave problema para los derechos fundamentales y que aquí hay quien quiere importar: la gestión privada de las prisiones.
Para ser un país en el que desde cualquiera de las dos ramas políticas bipartidistas hablar de lo público sea casi como ser el mayor comunista del planeta (en el sentido más peyorativo), la serie aborda de manera magistral los peligros de que las cárceles se conviertan en negocio y las presas a la vez en recursos humanos y mercancía.
Desde la explotación laboral por parte de terceras empresas (algo que sí que ya tenemos en España) hasta la violación de derechos fundamentales como el de los familiares a saber en todo momento si su presa se encuentra viva y sana, en OITNB se plasma el impacto de convertir las prisiones en empresas que buscan ganar dinero (del erario público) y reducir costes.
La imposibilidad de compaginar humanidad y ser carcelero
En esta vorágine de injusticias que recaen sobre las presas, como que por recortes ya no tengan derecho a compresas, que se masifiquen las cárceles hasta resultar insalubres e inhabitables, o que la comida sea indigna para un ser humano, ser funcionario de prisiones se hace cada vez más incompatible (aunque no sé si alguna vez lo fue) con mostrar humanidad y afabilidad con los reclusos (en este caso, reclusas).
Durante estas cuatro temporadas hemos visto todo tipo de perfiles de carcelero: desde el vago que no ha querido estudiar y ha decidido dedicarse a eso “por tener algo” hasta el motivado que cree que él va a cambiar el sistema y va a ser bueno con las presas, pero finalmente termina haciéndoles más daño que los que van de frente porque sucumbe de malas maneras y traicioneramente a los requerimientos de la empresa o de su propia necesidad de salvarse a sí mismo.
Y es que en una prisión jamás puede establecerse una relación de igualdad entre preso y carcelero. Por mucho que este último quiera acercarse y mostrarse como amigo o confidente, siempre llega el momento en el que muestra su autoridad y cuál es la jerarquía que rige sus relaciones.
En esta última temporada este tema se muestra de manera mucho más directa con la contratación de veteranos de guerra a precio de saldo y con bonificaciones por parte del Estado para la empresa, algo que, sin ánimo de hacer spoiler, seguro que ya os sugiere la palabra “tragedia”.
Y cierro ya, aunque me quedan muchas cosas en el tintero de esta última temporada: los conflictos racistas, el trato diferencial y deferencial a los presos ricos y famosos, la barbarie a la que se enfrentan los reclusos con enfermedades mentales y necesidad de tratamiento psiquiátrico y un sinfín de temas que se tejen de manera invisiblemente maestra y hacen de esta serie una obra inteligente que dan ganas de volver a ver nada más terminarla.