La Fundación la Caixa y La Cinémathèque française exhiben estos días Cine y moda. Por Jean Paul Gaultier, una muestra que propone un viaje ecléctico que entrelaza cine y moda con grandes creadores y artistas, desde la óptica personal del enfant terrible, como diseñador de vestuario y como cinéfilo.
La exposición, que se puede ver hasta el 5 de junio en CaixaForum Madrid, reúne obras de diseñadores de la talla de Coco Chanel, Yves Saint Laurent, Pierre Cardin y Sybilla, así como cerca de 80 looks icónicos del cine con vestidos de Audrey Hepburn, Sharon Stone, Grace Kelly, Catherine Deneuve o Madonna; los trajes de Superman, La máscara…
Jean Paul Gaultier plasma su mirada sobre el cine y la moda en CaixaForum Madrid.
Desde un enfoque sociológico y más allá de la mitomanía, la muestra ahonda en el contexto de creación del vestuario para filmes y pone el acento en aspectos clave como el empoderamiento femenino, y su reflejo en la moda y en la filmografía del siglo XX.
La visión de Jean Paul Gaultier
En la exposición Jean Paul Gaultier reflexiona sobre el papel que el cine y la moda, dos de sus fetiches, juegan en la sociedad como potenciales motores de transformación. En este sentido, la muestra entronca con otras exposiciones dedicadas al cine que ha llevado la Fundación la Caixa en los últimos años.
Dividida en cinco ámbitos diferenciados, la exposición Cine y moda. Por Jean Paul Gaultier, revisa la presencia del mundo de la oda en el cine, las colaboraciones de grandes modistos en el vestuario de películas y la creación de los arquetipos masculinos y femeninos, poniendo el acento en el empoderamiento femenino y en la repercusión de culturas como la rock, punk y queer.
La exposición Cine y moda. Por Jean Paul Gaultier se podrá visitar hasta el 5 de junio en CaixaForum Madrid.
La muestra reúne más de 100 piezas de indumentaria con 80 looks, fragmentos de más de 90 películas y 125 representaciones gráficas (carteles, bocetos, fotogramas y fotografías).
Las dos películas que mayor espacio ocupan en la exposición son Falbalas (1945, Jacques Becker), ambientada en el ajetreo de una casa de costura durante la guerra; y ¿Quién eres tú, Polly Maggoo? (1966, William Klein), una sátira de los delirios egocéntricos del mundo de la alta costura.
En torno a la exposición la Fundación la Caixa ha articulado conferencias sobre cultura de la moda, un ciclo de cine comisariado por Rossy de Palma, amiga personal de Jean Paul Gaultier, visitas comentadas y actividades en familia.
Aunque hace unas semanas escribí que la segunda temporada de The Morning Show estaba resultándome una estafa, hoy, con el final bien reposado, tras haber dado un parón a mitad para disfrutar de otras que consideraba mejores, vengo a decir lo contrario. Y es que esta producción de Apple TV+ ha terminado siendo el mejor reflejo de lo caótica que es la vida desde que la pandemia apareció en ella.
Intensidad emocional caótica
Los primeros episodios resultan difíciles de entender si no se observan en conjunto con la temporada completa. Ahí es cuando comprendes que Alex (una espectacular Jennifer Aniston en el mejor papel de su trayectoria como actriz) ha pasado toda la prepandemia, esos momentos frenéticos desde el 1 de enero de 2020 hasta principios de marzo, cuando todo había estallado por los aires, en modo “control de daños”.
Situación caótica tras situación caótica, Alex termina enfrentando la realidad.
Tras un regreso que había costado millones a la cadena ficticia UBA, no estaba dispuesta a permitir que se publicase un libro en el que se revelase que había tenido relaciones sexuales con Mitch Kessler (Steve Carell), su excompañero depredador sexual, ahora cancelado.
Como una narcisista de libro, la preocupación de Alex no era en qué habría podido ella ayudar a las mujeres que fueron víctimas de su adorado Mitch, sino que ella misma no fuese cancelada.
En este sentido, The Morning Show da una visión bastante irónica de este fenómeno social en el que el escrutinio de las redes sociales puede acabar o relanzar una carrera profesional de manera arbitraria en muchos casos.
A pesar de su trágico final, podría decirse que Mitch Kessler, el depredador sexual, es el único personaje que termina irónicamente redimido.
Esta intensidad emocional un tanto caótica de Alex también se desarrolla, aunque por otras razones, en Bradley (Reese Witherspoon), que se enfrenta a quién es y quién quiere ser a través de conflictos con su hermano con Trastorno Límite de Personalidad y adicción a las drogas, y con su novia (Julianna Margulies), la única persona razonable y cabal de toda la temporada.
Caos pandémico
Como si se tratase de un sueño para los personajes, y de una pesadilla revivida para todos los espectadores, los protagonistas de The Morning Show tropiezan en las mismas piedras en las que cayó la sociedad en aquel primer trimestre de 2020.
Causa desasosiego ver cómo los personajes siguen enfrascados, como lo estábamos los espectadores, en las nimiedades y las noticias habituales, ajenos a la gravedad de la pandemia.
La mayor parte de ellos se ríe del virus y considera exagerados a los pocos que se lo toman en serio (no es de extrañar que Daniel, el único de todo el equipo del show que puso interés en la noticia, termine renunciando a su puesto y viajando para poder sacar a su abuela de una residencia de ancianos). “Distanciamiento social es lo que lleva haciendo mi familia toda la vida”, dice una despreocupada y un tanto egocéntrica Bradley.
Todos llevan una vida social frenética, con reuniones, viajes a Italia, etc. en los que el espectador solo puede pensar “alguien ahí lo tiene”. Y así fue, en medio de una vida emocional y social caótica, Alex Levy, que había viajado a Italia para pedirle a Mitch un comunicado negando haber mantenido relaciones sexuales con ella, resulta positivo. Y no solo eso, sino que desarrolla la enfermedad.
Sinceridad final
Es en medio de esa locura en la que algunos escapan a sus casas para intentar salvarse (aunque probablemente ya estén contagiados) cuando otros, como Alex Levy, no tienen más remedio que enfrentarse a las consecuencias de sus actos.
El personaje de Laura es un soplo de aire fresco. Sensata, razonable, nada egocéntrica, siempre con un consejo cabal que seguir… y, sin embargo, todo lo que dice termina en saco roto (o peor, pues no hay que olvidar el momento en el que anuncia que tiene una patología cardíaca, ya después de haber compartido plató con Alex Levy).
Ella, que se había pasado toda la temporada huyendo de su pasado, se atreve a ponerse delante de las cámaras en su propia casa, en mitad de un proceso febril, para sincerarse con la opinión pública y hacer un streaming que, si finalmente se aprueba una tercera temporada, dará mucho que hablar.
Pero los personajes principales, por mucho que se sinceren, no pierden el egoísmo y la insensibilidad con los demás. Ese endiosamiento que les produce estar completamente alejados de la realidad por sus sueldos millonarios o por vivir en hoteles, como Bradley y Cory. Así, a estos dos últimos los vemos recorrerse las calles del Nueva York de marzo de 2020 buscando al hermano de ella y entrando en un hospital intentando que les atiendan los primeros. “Es que tengo un problema muy grave”, dice Bradley. Claro, como el resto de los que están ahí y que saturan las urgencias de los hospitales.
Pero ella, aguerrida por su posición privilegiada, se cuela en urgencias sin protección y corre a buscar a su hermano, que tiene más suerte que otros allí ingresados a los que ningún familiar ha podido entrar a ver.
The Morning Show nos pone delante personajes difíciles de tratar, egocéntricos, privilegiados que sucumben a la corrupción moral y que siempre terminan saliéndose siempre con la suya, incluso dentro de la situación más caótica que se pueda imaginar. De ahí viene esta relación de amor y odio que tenemos con ella el público y la crítica.
Sucedió lo que tanto temíamos sus fans, y es que The Good Fight (CBS) ha llegado al final de su quinta temporada con tan solo diez episodios… ¡pero qué episodios! Esta temporada, a falta de un Donald Trump en el Despacho Oval, el populismo y el individualismo que siguen presentes en Estados Unidos han sido los protagonistas principales de la serie.
Populismo, espectáculo y corrupción
Como señalé hace semanas en un post, la trama del juez Wackner y su tribunal improvisado en la parte de atrás de una copistería es una de las historias principales de esta temporada.
El juez Wackner se da cuenta de que ha sido manipulado por David Cord, que tiene su propia agenda.
El juez Wackner, un aparente Don Quijote dispuesto a hacer accesible la administración judicial y cargado de buenas intenciones, termina encarnando la versión actual del populismo que convierte toda reforma en espectáculo y entretenimiento.
Así, más parecido al programa “Veredicto” que presentaba Ana Rosa Quintana allá por los años 90, el tribunal sucumbe a la corrupción al permitir la financiación por parte del libertariano David Cord, personaje que pronuncia una de las frases más brillantes de toda esta temporada: “La locura está a solo un paso de la realidad si logras que la gente la crea. ¿Y sabes qué hace que la gente la crea? La televisión.”
Las réplicas del tribunal del juez Wackner son histriónicas y no tienen ninguna garantía para los procesados.
El asalto al Capitolio
Como se intuía ya desde los primeros episodios, los creadores de The Good Fight, Robert y Michelle King, igual que muchos ciudadanos de todas partes del mundo, estaban en estado de shock por el intento de asalto al Capitolio del pasado 6 de enero, uno de los golpes más efectistas que ha dado el populismo hasta ahora.
Los asaltantes, ataviados algunos de ellos con disfraces y bastante estereotipados, llegando a portar la bandera confederada, penetraron en la Casa Blanca con un claro mensaje, y es que prefieren el caos y la violencia a asumir las normas democráticas que rigen las sociedades occidentales.
Este incidente se presenta de dos maneras en la quinta temporada de The Good Fight: poniendo entre la espada y la pared al matrimonio de la demócrata Diane Lockhart y el republicano amante de las armas Kurt Veight, y recreando la escena en la catarsis final de la temporada.
Y es que el juzgado de Wackner termina volando por los aires cuando un grupo de secesionistas de Illinois se niega a aceptar el veredicto en contra de sus pretensiones individualistas y separatistas, y esa sala que tantos momentos hilarantes nos ha dado en esta entrega de la serie concluye de la misma forma que los títulos de crédito, hecha polvo y añicos.
Momento apoteósico en el final de la quinta temporada de The Good Fight: recreación del asalto al Capitolio, pero en el tribunal del juez Wackner.
La moraleja de esta temporada es clara: el populismo y el individualismo empujan a la violencia, y una vez plantada la semilla, es difícil evitar sus consecuencias.
Los problemas raciales
Otro de los temas principales de esta temporada ha sido el conflicto racial latente en el bufete, con Liz Reddick y Diane Lockhart enfrentadas, cada una con sus legítimas razones.
Por un lado, Liz representa a todos los socios y asociados negros del bufete, que no quieren que Diane tenga poder sobre la firma, a excepción de Julius Caine, que se vio envuelto en un montaje por no querer caer en las garras de la corrupción y al que Diane defendió cuando nadie creía.
Por otro, Diane, que mantiene conversaciones imaginarias con la fallecida juez Ruth Bader Ginsburg, lamenta haber tenido que luchar siempre contra la discriminación por razones de sexo y haber tenido que labrar su futuro para ahora tener que dar un paso atrás por la igualdad de los afroamericanos, que apoya, pero a la vez le genera contradicciones y un gran dilema al chocar directamente contra sus intereses.
Dilemas y contradicciones de Diane y Liz durante el conflicto racial que divide al bufete.
Finalmente, y tras tener que tomar una decisión in extremis por la presencia de los jefes-jeques árabes de STR Laurie y habiendo sopesado la también populista idea de hacer dos bufetes, uno con empleados negros y otro con blancos, Diane hace gala de su ética y magnanimidad y, al recordar que el bufete Boseman & Reddick la acogió cuando cayó en bancarrota por haber sido víctima de una estafa, rechaza su puesto como socia principal y decide quedarse únicamente como socia capitalista.
No obstante, y a juzgar por la última escena en la que ella y Kurt esperan al ascensor para irse de vacaciones, la sexta temporada promete que Diane no se quedará de brazos cruzados y peleará por lo suyo.
En este sentido, la propia actriz Christine Baranski ha señalado en una entrevista con Entertainment Weekly que esta temporada ha sido muy “tensa”, pues tanto ella como Audra McDonald, la actriz que da vida a Liz Reddick, han estado muy expectantes para ver cómo se solucionaba el conflicto.
La tensión entre ambas se suaviza y relaja cuando, en un episodio absolutamente delirante, una cadena de televisión conservadora las señala como lesbianas, cosa que no dudan en utilizar para salvar un juicio.
Baranski ha confesado que ver a Diane utilizando a sus clientes racistas para hacer presión en el bufete le ha provocado cierta dosis de frustración, pero cree que era lo que intentaban los creadores de la serie, “desafiar tanto a Diane como al espectador”.
Celebrando otra apoteósica temporada de The Good Fight, nos quedamos brindando por los nuevos retos que nos traiga la sexta en 2022.
Lo último que esperábamos los viejunos seguidores de In treatment (HBO) es un regreso de la serie, once años después, y con la misma calidad a la que nos tenía acostumbrados. Sin duda, algo para celebrar en estos tristes años de la pandemia.
Y algo necesario. Porque la cuarta temporada de In treatment ha vuelto con la intención de hacernos reflexionar sobre el momento en el que nos encontramos como sociedad, con la salud mental completamente olvidada o deteriorada a nivel poblacional y muchas necesidades afectivas sin resolver, agudizadas por el aislamiento de confinamientos y cuarentenas.
Los colores del decorado, el ambiente y el vestuario de la protagonista son completamente opuestos a los de las anteriores temporadas.
La esencia de In treatment
La nueva versión de In treatment tiene lugar en Los Ángeles, ciudad antagonista de Nueva York, en la que el doctor Paul Weston tenía su despacho gris y anodino. En este caso será la doctora Brooke Taylor, interpretada magistralmente por Uzo Aduba (Orange is the new black), la que charlará con sus pacientes en su colorida casa en Baldwin Hills, conocido como el Beverly Hills afroamericano.
La elección de este nuevo y alegre enclave ha sido deliberada para invitar a los espectadores a sumergirse en la serie, pues no veían necesidad de, ya que trata problemas psicológicos, construir un ambiente claustrofóbico que recordase a sus propios confinamientos, según explican los creadores.
Brooke mantiene una relación con Adam (Joel Kinnaman, The Killing, Altered Carbon), que está profundamente enamorado de ella, y al que ella mantiene lejos y miente constantemente.
El nexo con las anteriores temporadas lo encontramos en que Brooke es exalumna de Paul Weston, que intenta localizarla durante varios episodios.
En este contexto, en una casa diseñada por su recién fallecido padre, un exitoso arquitecto que exigía a su hija por encima de sus posibilidades y que la traumatizó para toda la vida, Brooke transita su propio duelo haciendo lo contrario de lo que predica, como ya hacía su mentor.
Y es que ahí reside lo cómico en este drama, en que el doctor atraviesa los mismos problemas que intenta solucionar en los demás.
Los pacientes ‘In treatment’
Como en anteriores temporadas, los episodios se estructuran por pacientes y semanas, con un total de tres pacientes, más otro episodio en el que se aborda la vida personal de Brooke.
El primero de los pacientes, Eladio, es un joven latinoamericano que trabaja como interno cuidando a Jeremy, otro joven de su edad con una enfermedad degenerativa, y que a través de las sesiones va estableciendo con Brooke una relación que transgrede los límites profesionales y se acerca más a la maternidad, cuestión con la que ella mantiene un gran trauma.
Eladio va descubriendo su malestar en la familia rica que lo tiene contratado, dándose cuenta de que es un recurso más para ellos y no tiene la relación que le gustaría.
El segundo, Colin, es un exmagnate tecnológico que acaba de salir de prisión por apropiación indebida y estafa y hace el tratamiento como parte del acuerdo de libertad condicional. Se trata de un hombre soberbio, mentiroso compulsivo, con el que Brooke tiene varios encontronazos en los que le recuerda que es un hombre blanco, heterosexual, adinerado y que se queja por no haber llegado al éxito cuando el mundo entero está hecho para él, aunque ella misma también ha tenido una vida relativamente sencilla en lo económico gracias a la situación de su padre.
Colin intenta mentirse a sí mismo y endulzar su propia versión del delito de estafa y las mentiras que contó a su mujer, pero a lo largo de las sesiones va conociéndose más y más a sí mismo.
La tercera paciente, Laila, es una adolescente de 18 años víctima de una abuela dominante que lleva años maltratándola físicamente y que espera de ella que vaya a la mejor universidad y tenga una carrera profesional exitosa, lo mismo que le sucedía a Brooke con su padre.
Laila es una joven muy inteligente, reflexiva, que, igual que Eladio, hace reflexionar a Brooke sobre aspectos no solo de su propia vida, sino de la sociedad en general.
Laila intenta llevar una apariencia normal, pero tiene la autoestima destrozada por el maltrato físico y psicológico, y una gran necesidad de reivindicarse a sí misma, como la propia Brooke.
Porque con Laila y Eladio puede palpar de cerca, como ella misma, las situaciones de racismo que se viven en Estados Unidos, siempre con las manifestaciones de Black Lives Matter como telón de fondo. Colin, sin embargo, representa el mundo de la corrupción, de la soberbia, de la altanería.
Y así, en cada episodio los espectadores podemos disfrutar de una serie que aborda temas trascendentales, nos considera inteligentes y nos conmueve profundamente.
Netflix ha vuelto a sacudir nuestras conciencias con un documental sobre Nevenka Fernández, la concejala de Hacienda de Ponferrada que el 26 de marzo de 2001 anunciaba su dimisión y una denuncia por acoso sexual contra el entonces alcalde, Ismael Álvarez, del Partido Popular.
La batalla de Nevenka
Nevenka, economista, profesional, hoy madre de dos niños y residente en Londres, donde ocupa un cargo de responsabilidad en una empresa, se pone delante de las cámaras para narrar el infierno que vivió no solo durante el tiempo en el que Ismael Álvarez la acosó, tal y como certificó el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, sino también después de hacerlo público.
Ismael Álvarez y Nevenka Fernández.
“Nevenka era un pez de colores caída en un mundo de gente misógina, un mundo de hombres en el peor sentido de la palabra”, afirma Juan José Millas en una de sus intervenciones en el documental. Y así fue, pues no solo se enfrentó al alcalde, que llegó a llamar a sus padres para aconsejarles que la “metieran en un psiquiátrico”, sino que tuvo que ver manifestaciones machistas de apoyo a su acosador y muchas críticas y ataques por parte de muchas personas, en Ponferrada y en el resto de España.
Imputado y condenado, pero triunfador
“Tengo 26 años y tengo dignidad” fue el pistoletazo de salida a la publicación de un caso que lograría la primera condena en España contra un político por acoso sexual. No obstante, Ismael Álvarez, sobre el que también han pesado sospechas de presunta corrupción, fue condenado a indemnizarla con tan solo 12.000 euros, a pagar una multa de 6.000 y, aunque tuvo que retirarse temporalmente de la política, más tarde formaría su propio partido y lograría ser tercera fuerza política en Ponferrada, mientras ella tuvo que emigrar a Inglaterra para poder tener anonimato y trabajo.
El documental narra con todo tipo de detalles el juicio, incluyendo declaraciones del entonces fiscal jefe de Castilla y León, José Luis García Ancos, que tuvo que ser apartado del caso tras decir en plena sala que “que tenía que aguantarse si le tocaban el culo porque era el pan de sus hijos”.
Es un filme duro, pero necesario, como ha dicho Ana Pastor, la periodista propietaria de Newtral, productora del documental. Recrea la relación entre ambos, que empezó como una amistad y siguió con una relación a la que ella quiso poner fin, encontrándose con el acoso del alcalde, y enfrenta al espectador con el lado menos amable de nuestra propia sociedad.
En estos días en los que Jeffrey Epstein vuelve a ser noticia por la detención de su novia, Ghislaine Maxwell, y por el asesinato de la jueza que investigaba las cuentas de Epstein en el Deutsche Bank, quisiera hacer una recomendación para todo aquel que no lo haya visto todavía: el documental “Jeffrey Epstein, asquerosamente rico”, de Netflix.
Asquerosamente corrupto
Asquerosamente rico, o asquerosamente corrupto, sociópata y narcisista, el financiero Jeffrey Epstein tejió una red piramidal de prostitución y tráfico de menores en la que las propias niñas reclutaban a otras amigas suyas y compañeras de instituto para mantener relaciones sexuales con Jeffrey Epstein y altos representantes políticos, aristócratas, empresarios, etc.
Numerosos documentos relacionan a Epstein con políticos y aristócratas como Donald Trump, Bill Clinton o el Príncipe Andrés de Inglaterra.
En el documental aparecen las voces de las víctimas, hoy mujeres adultas, que narran cómo fue el proceso, en todas prácticamente el mismo, por el que se vieron envueltas en esta trama de corrupción de menores.
Poco a poco, a partir de los dos casos quizá más leves, el filme va mostrando la complejidad que llegó a alcanzar la red, de manera que cuando distintos agentes de varios departamentos, incluido el FBI, alcanzaban un hito en la investigación policial, todo se les desmoronaba.
Las primeras denunciantes fueron dos hermanas con las que intentó mantener relaciones sexuales, pero se negaron. Nadie las escuchó.
Sentimientos de culpabilidad
Lo que más llama la atención y preocupa es cómo estas víctimas se sienten culpables por haber llevado a otras. Ellas eran menores, unas niñas que carecían de recursos intelectuales, económicos, sociales o culturales para enfrentarse a dos personas tan manipuladoras y crueles como eran Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell, pero no se perdonan ni siquiera por lo que sufrieron.
Las valientes supervivientes que se enfrentaron a Jeffrey Epstein.
Apesadumbran también los remordimientos a quienes contribuyeron a generar la riqueza y los contactos que llevaron a este depredador sexual al estrellato y el reconocimiento entre la clase alta de la sociedad, entre ellos un anciano que pasó décadas en la cárcel por una estafa masiva de inversión en la que también participó Epstein.
Jeffrey Epstein comenzó haciéndose pasar por profesor sin tener título, y más tarde, participando en una estafa financiera masiva.
Esos sentimientos de culpabilidad no se pueden apreciar, sin embargo, en ninguno de los acusados por estas jóvenes de haber abusado de ellas, como es el caso del Príncipe Andrés, del cual hay hasta fotografías tomadas en el interior de una casa, y hasta un testigo que lo vio con la adolescente que presuntamente prostituyeron Epstein y Maxwell para él.
Imagen del Príncipe Andrés con la adolescente que denuncia haber sido prostituida por Epstein y Maxwell para el aristócrata.
Imputado, pero impune
Epstein estuvo imputado por primera vez en 2006, pero en 2008 firmó un acuerdo que revolvió a la policía de Palm Beach. Y es que, pese a haber encontrado 36 adolescentes víctimas, no pudo llegar a una condena porque el fiscal del Estado de Florida sucumbió a la corrupción y le dio una condena irrisoria en una prisión de la que podía salir todos los días a trabajar, privilegio que no se había concedido a ningún preso del correccional.
¿Cómo pudo llegar a ser una persona tan asquerosamente rica como para poseer una isla privada en el Caribe?
La sensación de que Epstein gozaba de inmunidad absoluta la tenía no solo el propio Epstein, sino también quienes intentaban por todos los medios que fuese condenado por sus delitos, que, además del fracaso de su trabajo, se enfrentaban a espionaje y amenazas por parte de este.
No obstante, esa inmunidad no llegó a ser absoluta, pues su fallecimiento en extrañas circunstancias en la cárcel en 2019, cuando ya parecía que se iban a esclarecer todos sus crímenes, ha hecho correr ríos de tinta sobre las ramificaciones que puede tener toda esta trama de corrupción. ¿Se suicidó como señalan los documentos oficiales o lo mataron porque sabía demasiado? El atentado contra la familia de la jueza Esther Salas, presuntamente a manos del abogado Roy Den Hollander, que a su vez apareció muerto, no hace sino avivar la llama de la teoría de la conspiración.
Quizá los últimos episodios de Asquerosamente rico estén por escribir, con este nuevo giro de guion y todo lo que Ghislaine Maxwell esté por revelar.
Hace poco compartí en este mismo blog un artículo sobre las comedias negras escritas y/o dirigidas por mujeres que estaban logrando hitos. Hoy me detengo en una de ellas en especial, que me ha provocado una auténtica obsesión, Fleabag (BBC Three en coproducción con Amazon Studios).
Por qué obsesión
Fleabag es una serie de episodios cortos que consigue romper al espectador, tanto por las risas como por la crudeza de emociones. En las dos únicas temporadas que tiene hasta la fecha ha conseguido culminar dejándonos boquiabiertos y completamente quebrados, deseando un final un poco más feliz para la protagonista.
Mi obsesión tras la magistral segunda temporada viene del deseo (compartido con millones de personas) de que haya una tercera en la que podamos ver a una Fleabag encontrando la felicidad que se ha ganado después de tanta penitencia.
Pero parece que Phoebe Waller-Bridge no tiene ninguna intención de alargar las peripecias de su protagonista y nos va a dejar con ese sabor agridulce que tan bien sabe guionizar.
Las grandezas de Fleabag
Los primeros tres episodios de esta tragicomedia parecen una sucesión de anécdotas tristes e incómodas de una joven acomodada y caprichosa que hace daño gratuito a todos los que la rodean.
La verdadera relación de la protagonista con sus más allegados se va descubriendo poco a poco en cada episodio.
Sin embargo, pronto vamos descubriendo que esa apariencia de frialdad y cinismo es solo una fachada que esconde terribles sentimientos de vacío, abandono y culpa. El vacío que ha dejado su madre y que ha llenado en su padre una extravagante, insoportable e impertinente nueva novia; el abandono por parte de ese padre que ya ha encontrado sustituta, y la culpa por algo terrible que ha hecho y que no pienso citar aquí porque Fleabag no se merece ningún spoiler.
La protagonista, excelentemente interpretada por la propia Phoebe Waller-Bridge, que revela tener múltiples registros, mira de vez en cuando a cámara para contarnos a los espectadores y confidentes qué es lo que va a suceder o cómo van a reaccionar los restantes personajes ante la situación que están viviendo.
Irreverente y extremadamente original con su ruptura de la cuarta pared.
Esa ruptura de la cuarta pared no es solo un recurso narrativo, sino que es la forma en la que ella establece una complicidad con el público, mayor de la que tiene con las personas con las que interactúa.
La serie sorprende mucho cuando, en la segunda temporada, rompe doblemente la cuarta pared con un nuevo personaje del que tampoco voy a desvelar nada.
La soledad, otra protagonista
Fleabag, además de una comedia dramática sobre la vida de su protagonista principal, es una crónica de la epidemia de soledad que vivimos en nuestra sociedad.
Nadie parece confiar en nadie, ni siquiera en sus seres más allegados, y todos se aferran a relaciones insípidas con tal de combatir ese aislamiento.
La propia Fleabag ve un filón en la soledad y se aferra a ella para organizar días temáticos en su extraño café, al que acuden personajes tan extravagantes como lo es ella misma.
Hace semanas que me zampé las dos temporadas en tres días y todavía mantengo mi obsesión por esta serie, cruzando los dedos para encontrar un anuncio de una nueva temporada. Como sé que es complicado, por no decir imposible, suplo la necesidad de más Fleabag hablando de ella e invitándoos a que os sumerjáis en el universo narrativo de Phoebe Waller-Bridge. Me lo agradeceréis.
A estas alturas creo que está todo dicho sobre Joker, pero he quedado tan impresionado por la película, y por la magnífica interpretación de Joaquin Phoenix, que no podía no escribir un post al respecto. Y no solo por la crítica social que hace, que también, sino por el cambio que inevitablemente va a producir en la cosmovisión del mundo de Batman (DC Comics).
Joker, la denuncia social
Los no iniciados en la saga de Batman pueden ver perfectamente la película de Joker sin darse cuenta hasta casi el final de que están inmersos en la saga del justiciero multimillonario.
En Joker se observa como nunca la diferencia social entre Bruce Wayne y Arthur Fleck, el niño millonario que se convierte en Batman y el comediante precario con problemas de salud mental.
Gotham City es exactamente igual que Nueva York, con su transporte público deteriorado, sus calles atestadas de vehículos, sus edificios casi en ruinas para pobres y, cómo no, las diferentes clases sociales, gobernadas por una élite minoritaria envuelta en corrupción a todos los niveles.
Y dentro de esa sociedad capitalista se encuentra Joker, Arthur Fleck, un payaso precario subcontratado que tiene que actuar hoy aquí, mañana allí, al que sus compañeros de trabajo le hacen bullying y que aspira a ser monologuista.
El patetismo de la casi totalidad de escenas en las que aparece Arthur Fleck hace sentir una compasión inmensa por su personaje.
Joker y la salud mental
Arthur Fleck, además, padece problemas de salud mental y cuando el ayuntamiento, como también ocurre en nuestros días con los sistemas de salud, recorta gasto social, es de los primeros en sufrir las consecuencias, pues se queda sin atención psicológica y sin medicamentos (demasiado parecido con la realidad, ¿no creéis?).
Las visitas de Arthur a la terapeuta son deprimentes. Y la poca ayuda que le prestaba, además, se la quitan.
El problema de salud mental acompaña a Joker desde pequeño tras los abusos físicos y sexuales cometidos por la pareja de su madre, a la que él cuida hasta que descubre su pasado.
Los problemas de salud mental parecen ser los detonantes de sus primeros homicidios a tres jóvenes ricos, trabajadores precisamente de la empresa de Thomas Wayne, exjefe y presunto padre de Joker. Pero estas muertes pronto se convierten en un símbolo de la revolución, pues los ciudadanos indignados por la desigualdad social hacen otra lectura de ellas.
La revolución de Joker
Así es cómo Joker pasa de ser el villano más o menos interesante de las películas de Batman a tener una entidad propia, revolucionaria, que lo eleva por encima del multimillonario justiciero y le da muchas razones de ser.
Los seguidores de Joker son los precarios, los marginados que han intentado pertenecer a la sociedad, pero esta, especialmente sus clases más altas, los ha excluido de ella.
Precarios, marginados, excluidos… los seguidores de Joker tienen muchas razones para estar cabreados contra un mundo lleno de corrupción.
Es imposible no empatizar con ellos y su revuelta. El sufrimiento del pequeño Bruce Wayne (Batman) al presenciar el asesinato de su padre y de su madre de repente es sobrepasado por toda una vida de miseria y dolor de un Joker que lo ha intentado de verdad, pero siempre se han reído de él y le han hecho sufrir.
Hace tiempo que quería escribir sobre uno de los mejores dramas que ha hecho la pequeña pantalla en los últimos años: Pose, en el que las protagonistas, a mi modo de ver, son la dignidad y la solidaridad de sus personajes, todos ellos y todas ellas del ambiente gay y trans de Nueva York en los años 70 y 80.
Pose es una serie que todo espectador debería ver, pues, además de abrir los ojos a realidades que quizá no conozca, contextualiza y explica los orígenes del movimiento LGTBIQ y su lucha contra la enfermedad que los devastaría durante casi dos décadas.
Dignidad y la solidaridad en la cultura ball
Lo que más impacta desde el comienzo es la presentación de una contracultura desconocida de la que no ha llegado apenas nada a España, la llamada ball culture, drag ball culture o house-ballroom community.
Los miembros de esta cultura son todos pertenecientes a la comunidad homosexual y transexual, en su mayoría afroamericanos y latinos, que se agrupan y viven juntos en las houses, casas donde una de ellas ejerce como “madre” del resto y se ocupa de cuidar y proporcionar un ambiente de seguridad al resto, especialmente a las nuevas generaciones.
Y es que, a cualquiera que tenga un corazoncito, se le partirá al ver cómo en aquel entonces muchas familias echaban de casa a sus hijos e hijas por su orientación o identidad sexual.
Las casas serían la muestra de la organización y la solidaridad entre ellas, pues unas cuidaban de otras y se iban cediendo el testigo, de manera que esos adolescentes abandonados pudiesen estar cuidados.
Una de sus características más extravagantes es que organizaban eventos llamados balls donde desfilaban por las noches, en distintas categorías (vogue, glamour, walk, bizarre, etc.) con un jurado de la propia comunidad que valoraba y premiaba las mejores actuaciones de cada casa.
Las distintas Casas se preparaban para ganar el mayor número de trofeos.
Estas casas existieron en la realidad en más de quince ciudades estadounidenses, sobre todo el noreste (Nueva York, Newark, Jersey City, Philadelphia, Baltimore, Washington DC…). Las que más galardones obtuvieron en los balls pasaron a ser “legendarias”.
Dignidad y solidaridad frente al sida
Como bien refleja la serie y conocemos también a través de historiadores recientes y películas como la oscarizada Philadelphia, además de la marginación, la prostitución, las drogas, la violencia y las violaciones, y sobre todas estas cosas, si algo afectó a la comunidad LGTBIQ durante esos años fue el virus del sida.
La violencia contra el colectivo LGTBIQ se plasma con dureza en Pose.
Generaciones enteras que fallecieron demasiado jóvenes porque ningún representante político apostaba por investigar tratamientos para una enfermedad considerada como un castigo por las conductas sexuales.
Pose refleja con crudeza en muchas ocasiones, y también con humor, cómo los miembros de la comunidad homosexual y transexual se enfrentaban con dignidad a su destino tras conocer su diagnóstico.
Es en estos años donde se comienza la lucha por la visibilidad de la enfermedad, que además comienza a extenderse por toda la población.
En la época en la que se ambienta Pose comienzan las primeras protestas para exigir la investigación y el tratamiento del sida.
Solidaridad contra la doble vida y la corrupción moral
Otra de las cuestiones que más llama la atención de Pose es cómo presenta a muchos hombres blancos heterosexuales, casados, hombres de negocios de la Gran Manzana, que mantenían una doble vida.
Pose narra mejor que ninguna otra serie cómo muchos yuppies de la Gran Manzana, casados y con hijos, mantienen una doble vida.
La hipocresía y la corrupción de estos yuppies que ostentan puestos de poder van a apuntalar todavía más la marginación de los miembros de este colectivo, que se ve abocado a la prostitución o a la clandestinidad.
A lo largo de las dos temporadas que lleva emitidas HBO de este drama se han podido ver numerosos hombres de familia y de negocios que ocultan a sus esposas y a la sociedad sus preferencias sexuales y sus escarceos en el ambiente LGTBIQ. Llevan vidas aparentemente felices con su familia, pero utilizan la oscuridad de la noche para aprovecharse de los miembros de las casas.
Los hombres blancos violentos y corruptos desfilan por la serie agrediendo y causando perjuicios a las protagonistas.
En este sentido, se trata de una serie muy atrevida, y también muy necesaria, que denuncia la corrupción de toda una sociedad durante una época determinada.
Dignidad y solidaridad del colectivo LGTBIQ frente a la corrupción de un sistema que las maltrata y abandona.
La crítica política llega al punto de que ni Madonna se salva, y no es de extrañar, conociendo (por fin) cómo se sirvió de esta contracultura para lanzar su éxito Vogue sin siquiera hacer referencia a los artífices de donde tomó la inspiración.
La canción Vogue de Madonna está muy presente en la segunda temporada de Pose.
Si a todos estos ingredientes le añadimos una maravillosa escenografía, un vestuario majestuoso y una banda sonora excelente, tenemos el cóctel perfecto para disfrutar pegados a la pantalla con una mantita ahora que empieza el frío.