La última temporada de The Good Fight (CBS) ha sido una explosión de drama, tensión y emoción, en la que Diane Lockhart se ha visto envuelta en la amenaza de una conspiración que atenta contra la libertad de los estadounidenses, una seria advertencia de lo que podría ocurrir en la realidad.
Además de los desafiantes casos que ha asumido el bufete, entre los que se tratan temas reales como el tráfico de órganos o la intromisión de las tecnológicas (sector que es protagonista de los juicios de la serie desde el principio), Lockhart observa cómo la corrupción y las fallas políticas y culturales se están solidificando en la sociedad estadounidense.
Las luchas de Diane apuntan, además, a que lo personal es lo político, tanto por su esposo republicano amante de las armas como por sus colegas que cuestionan cada vez más cómo un bufete de abogados afroamericano puede tener a una mujer blanca como una de sus socias designadas.
The Good Fight tenía la intención de ser una renovación: en el piloto, una estafa de inversión al estilo de Madoff hace estallar los planes de Diane de retirarse a una villa en el sur de Francia. Pero el cambio de política de los Estados Unidos le dio a la serie un nuevo propósito, enfocándolo en una era de troleo político, corrupción, persecución de los opositores y violencia inusitadas.
La temporada final se desarrolla con el ruido de fondo de sirenas, cánticos y explosiones que sacuden las ventanas del piso al techo de la empresa. Una protesta interminable cuyo origen ni pretensiones ya ni se saben se ha asentado en las calles de Chicago mientras los grupos de supremacistas blancos intentan provocar un Armagedón racial.
Mientras en el lujoso edificio del bufete se acomodan las extravagancias de Ri’Chard y se producen luchas intestinas entre él y Liz Reddick, caen manifestantes de los tejados, estallan bombas, se pintan amenazas en los ascensores, se crean grupos antifascistas clandestinos…
Todo arde alrededor, pero los personajes intentan, uno a uno, asegurarse su futuro y que lo que hay fuera no les afecte. ¿Os suena de algo ese individualismo atroz?
The Good Fight es un entretenimiento estimulante, pero cada vez más una lúgubre advertencia de lo que podría llegar a ser “la tierra de la libertad”.
Diane intenta sobrevivir bajo los efectos de una droga terapéutica que la ayuda a no ver la oscura realidad que tiene ante ella
Sucedió lo que tanto temíamos sus fans, y es que The Good Fight (CBS) ha llegado al final de su quinta temporada con tan solo diez episodios… ¡pero qué episodios! Esta temporada, a falta de un Donald Trump en el Despacho Oval, el populismo y el individualismo que siguen presentes en Estados Unidos han sido los protagonistas principales de la serie.
Populismo, espectáculo y corrupción
Como señalé hace semanas en un post, la trama del juez Wackner y su tribunal improvisado en la parte de atrás de una copistería es una de las historias principales de esta temporada.
El juez Wackner se da cuenta de que ha sido manipulado por David Cord, que tiene su propia agenda.
El juez Wackner, un aparente Don Quijote dispuesto a hacer accesible la administración judicial y cargado de buenas intenciones, termina encarnando la versión actual del populismo que convierte toda reforma en espectáculo y entretenimiento.
Así, más parecido al programa “Veredicto” que presentaba Ana Rosa Quintana allá por los años 90, el tribunal sucumbe a la corrupción al permitir la financiación por parte del libertariano David Cord, personaje que pronuncia una de las frases más brillantes de toda esta temporada: “La locura está a solo un paso de la realidad si logras que la gente la crea. ¿Y sabes qué hace que la gente la crea? La televisión.”
Las réplicas del tribunal del juez Wackner son histriónicas y no tienen ninguna garantía para los procesados.
El asalto al Capitolio
Como se intuía ya desde los primeros episodios, los creadores de The Good Fight, Robert y Michelle King, igual que muchos ciudadanos de todas partes del mundo, estaban en estado de shock por el intento de asalto al Capitolio del pasado 6 de enero, uno de los golpes más efectistas que ha dado el populismo hasta ahora.
Los asaltantes, ataviados algunos de ellos con disfraces y bastante estereotipados, llegando a portar la bandera confederada, penetraron en la Casa Blanca con un claro mensaje, y es que prefieren el caos y la violencia a asumir las normas democráticas que rigen las sociedades occidentales.
Este incidente se presenta de dos maneras en la quinta temporada de The Good Fight: poniendo entre la espada y la pared al matrimonio de la demócrata Diane Lockhart y el republicano amante de las armas Kurt Veight, y recreando la escena en la catarsis final de la temporada.
Y es que el juzgado de Wackner termina volando por los aires cuando un grupo de secesionistas de Illinois se niega a aceptar el veredicto en contra de sus pretensiones individualistas y separatistas, y esa sala que tantos momentos hilarantes nos ha dado en esta entrega de la serie concluye de la misma forma que los títulos de crédito, hecha polvo y añicos.
Momento apoteósico en el final de la quinta temporada de The Good Fight: recreación del asalto al Capitolio, pero en el tribunal del juez Wackner.
La moraleja de esta temporada es clara: el populismo y el individualismo empujan a la violencia, y una vez plantada la semilla, es difícil evitar sus consecuencias.
Los problemas raciales
Otro de los temas principales de esta temporada ha sido el conflicto racial latente en el bufete, con Liz Reddick y Diane Lockhart enfrentadas, cada una con sus legítimas razones.
Por un lado, Liz representa a todos los socios y asociados negros del bufete, que no quieren que Diane tenga poder sobre la firma, a excepción de Julius Caine, que se vio envuelto en un montaje por no querer caer en las garras de la corrupción y al que Diane defendió cuando nadie creía.
Por otro, Diane, que mantiene conversaciones imaginarias con la fallecida juez Ruth Bader Ginsburg, lamenta haber tenido que luchar siempre contra la discriminación por razones de sexo y haber tenido que labrar su futuro para ahora tener que dar un paso atrás por la igualdad de los afroamericanos, que apoya, pero a la vez le genera contradicciones y un gran dilema al chocar directamente contra sus intereses.
Dilemas y contradicciones de Diane y Liz durante el conflicto racial que divide al bufete.
Finalmente, y tras tener que tomar una decisión in extremis por la presencia de los jefes-jeques árabes de STR Laurie y habiendo sopesado la también populista idea de hacer dos bufetes, uno con empleados negros y otro con blancos, Diane hace gala de su ética y magnanimidad y, al recordar que el bufete Boseman & Reddick la acogió cuando cayó en bancarrota por haber sido víctima de una estafa, rechaza su puesto como socia principal y decide quedarse únicamente como socia capitalista.
No obstante, y a juzgar por la última escena en la que ella y Kurt esperan al ascensor para irse de vacaciones, la sexta temporada promete que Diane no se quedará de brazos cruzados y peleará por lo suyo.
En este sentido, la propia actriz Christine Baranski ha señalado en una entrevista con Entertainment Weekly que esta temporada ha sido muy “tensa”, pues tanto ella como Audra McDonald, la actriz que da vida a Liz Reddick, han estado muy expectantes para ver cómo se solucionaba el conflicto.
La tensión entre ambas se suaviza y relaja cuando, en un episodio absolutamente delirante, una cadena de televisión conservadora las señala como lesbianas, cosa que no dudan en utilizar para salvar un juicio.
Baranski ha confesado que ver a Diane utilizando a sus clientes racistas para hacer presión en el bufete le ha provocado cierta dosis de frustración, pero cree que era lo que intentaban los creadores de la serie, “desafiar tanto a Diane como al espectador”.
Celebrando otra apoteósica temporada de The Good Fight, nos quedamos brindando por los nuevos retos que nos traiga la sexta en 2022.
Los fanáticos de The Good Fight (CBS) hemos tenido que esperar un año y cuatro meses para poder disfrutar de la serie, que fue cancelada de manera abrupta debido a la pandemia. Con la temporada nueva todavía en curso, podemos afirmar que sigue siendo una de las producciones mejor escritas y que hila de la manera más elegante la realidad con la ficción, en este caso la realidad de la judicialización y la corrupción de la administración de justicia en Estados Unidos.
La transmisión de poderes entre administraciones en The Good Fight. Los agentes veteranos de Trump, entre ellos Kurt Vein, en la reunión con el director de la nueva administración de Trump.
En este caso, uno de los temas principales de la quinta temporada es la judicialización, presente tanto en la vida diaria del estadounidense medio como en la alta política.
Así, encontramos que republicanos famosos aportan millones de dólares para que el bufete Reddick & Lockhart interpongan multitud de denuncias con el objetivo de tumbar una ley que permite a las redes sociales no ser juzgadas por los contenidos que se viertan en ellas, lo que supondría un agravio comparativo para la prensa.
El caso de un pequeño comerciante contra una mujer que lo arruina a través de injurias en las redes sociales termina convirtiéndose en una persecución por judicialización para modificar una ley.
Esta judicialización constante se ve también en una de las subtramas más hilarantes de esta temporada, la del despacho clandestino de justicia del juez Wackner, un personaje entrañable que realiza arbitrajes en la parte de atrás de una copistería y al que acuden multitud de personas con pleitos kafkianos, como los escritores de Fan Fiction que se denuncian entre sí por plagio.
El juez Wackner es una especie de Quijote luchando contra el aparato burocrático e inaccesible en el que se ha convertido la administración judicial estadounidense para la gente que no cuenta con recursos económicos.
Imposible no sentir ternura ante el personaje del Juez Wackner y su deseo de hacer accesible la administración judicial para los más pobres.
Corrupción del ejercicio del derecho
Otro nuevo e interesante personaje es el de Carmen Moyo, una jovencísima recién salida de la facultad de Derecho que llega al bufete dispuesta a convertirse en mano derecha de clientes de dudosísima reputación y segura culpabilidad en graves crímenes.
Un juez advierte a Carmen Moyo de la peligrosa senda que ha empezado a recorrer haciendo favores ilegales a clientes como el capo Rivi.
Moyo comienza su carrera profesional envuelta en un caso de corrupción, ayudando a un narcotraficante para que otro preso asuma por él la responsabilidad de un asesinato y se convierte así en la abogada más codiciada por otros personajes, como un violador de clase alta muy mal visto en un bufete demócrata y que se jacta de ser adalid en las luchas sociales.
La ambición de Carmen Moyo la llevará a cometer corrupción nada más comenzar su carrera.
En este sentido, The Good Fight continúa mostrando la ironía y la hipocresía de este despacho de abogados, que se muestra al público como defensor de los derechos humanos y la ética, pero calla con indemnizaciones millonarias la corrupción policial y estatal en las cárceles o los abusos sexuales cometidos por uno de sus socios contra sus empleadas.
Magistral conexión con la actualidad
Uno de los aspectos que más curiosidad me producían era cómo iban a hilar todos los acontecimientos que han sucedido desde que en abril del año pasado anunciasen la cancelación hasta ahora.
El resumen y la conexión de ambas temporadas se da en el primer episodio de manera magistral, narrando la pandemia, la campaña electoral, la derrota de Trump y el comienzo del gobierno de Biden y su impacto en la vida de los personajes de forma ágil, original y divertidísima.
Como no podía ser de otra manera tratándose de The Good Fight, los guionistas se han centrado en el estrambótico asalto al Capitolio perpetrado por seguidores de Donald Trump el pasado 6 de enero, hilvanándolo con uno de los personajes más carismáticos de la serie, Kurt Vein, y proporcionándonos a los seguidores más historias suculentas de la extraña pareja que forman este republicano y la demócrata Diane Lockhart.
La extravagante agente del FBI que ya apareció en temporadas anteriores, incluso en The Good Wife, vuelve a la serie para perseguir a Kurt Vein por un embrollo en el que lo ha metido Diane, que ha antepuesto sus creencias políticas a su relación conyugal.
Por reseñar algo negativo, sorprende ver tantos actores juntos en espacios cerrados y sin mascarilla, como si la pandemia ya hubiese terminado, y más en un momento en el que los hospitales de varios estados se encuentran al máximo de su capacidad. Uno ya se había acostumbrado a las series de uno o dos personajes donde es más seguro rodar, o donde se incorporan a la trama las medidas de seguridad, como en This is us, y parece hasta temerario encontrar escenas con decenas de ellos sin ninguna protección, y más cuando el final del segundo episodio se lo dedican a TanNa Young, productora y compañera fallecida por covid-19.
Pero, siendo como son, no sería de extrañar que incorporaran algún brote pasado cierto tiempo después de la vacunación de los personajes. Estaremos atentos.
Por fin he terminado la última temporada de The Good Fight, quizá la mejor de toda la serie, precisamente porque evidencia como ninguna otra la hipocresía y la corrupción moral imperante en el mundo (no voy a decir Estados Unidos porque aquí en Europa también vamos servidos).
Hipocresía y superioridad moral
The Good Fight cierra su tercera entrega ambientada en un Chicago consternado por inundaciones primero y rayos globulares después fruto del cambio climático que ya notamos también quienes vivimos en Madrid (que en breve tendrá el mismo clima que Marrakech, para quien todavía no haya visto la nada halagüeña noticia).
En medio de toda esa vorágine climática se suceden conflictos políticos de calado con conflictos internos entre los personajes que reflejan su doble moral.
Ya hablé aquí anteriormente de cómo se glorificaba la corrupción al principio de la temporada, cuando el bufete supuestamente progresista y defensor de los derechos civiles Boseman-Reddick-Lockhart acepta 8,3 millones de euros a cambio de no airear la corrupción de dos agentes que ponían pruebas falsas en temas de narcotráfico (con la cantidad de condenas falsas e inocentes encarcelados que eso supone).
El supuesto bufete progresista que se dedica a defender a las víctimas de la corrupción y la violencia policial no ha hecho otra cosa que lucrarse a su costa.
Pues los episodios finales son igual de desalentadores, o más si cabe, pues el supuesto bufete demócrata y feminista no hace otra cosa que ocultar casos de violación de uno de sus socios, el fallecido y honorable Reddick, lavar su imagen para intentar que su cliente Chumhum (el equivalente a Google en la vida real) no se vaya; o mantener las tensiones raciales hasta el final, enfrentando a dos buenas abogadas negras para finalmente terminar dándole el puesto de socia a Maia Rindell.
La doble moral llega a tal nivel que a los trabajadores mestizos no se les considera “suficientemente negros” y, sin embargo, es a los blancos a quienes se asciende y pone en mejores condiciones, incluso pese a que el bufete tiene mayoría de socios negros.
Hipocresía y corrupción moral
Maia Rindell, la hija del acusado de estafa por haber robado sus ahorros a un buen puñado de multimillonarios, aprende rápido que sus presuntos amigos no lo son y que debe aferrarse a su apellido si quiere salir adelante en este mundo de hipocresía y corrupción moral.
Maia sucumbe a la corrupción al darse cuenta de la hipocresía que impera en el bufete que la despidió por no estar a su altura moral y ser hija de un condenado por estafa.
Es por esto que no tiene ninguna duda a la hora de aliarse con Roland Blum, uno de los personajes más estrafalarios que ha pasado por la serie. Abogado de derechas, fraudulento en sus defensas cometiendo perjurio y contratando actores para construir un relato que convenza a jueces y jurado, acostumbrado al soborno, la coacción y la estafa, drogadicto y ninfomaníaco que, sin embargo, y pese a lo repulsivo que plantean el personaje, al final termina siendo más honesto. No porque sea honrado, sino porque al menos no es hipócrita.
Roland Blum evidencia la hipocresía y la corrupción moral de Adrian Boseman.
Lo mismo sucede con el ultraderechista gay Felix Staples y su denuncia a Chumhum porque el algoritmo ha penalizado sus comentarios políticos “extremistas” mientras la propia empresa, igual que otras grandes tecnológicas, acepta la censura y las imposiciones de gobiernos como el chino para poder abrirse mercado.
El personaje de Felix Staples es deleznable y pone muy nerviosos a todos los abogados del bufete demócrata, pero evidencia la hipocresía de estos, pues sus acciones son iguales que la del ultraderechista incitador al odio, o peores, puesto que las hacen a escondidas.
La hipocresía es tal que en el episodio de Chumhum, Staples y cómo operan las grandes compañías llega a la realidad y rompe la cuarta pared, pues la propia CBScensuró la canción explicativa y humorística que acompañaba a ese capítulo.
Hipocresía política
La situación política estadounidense con Trump en el poder es otro de los grandes hilos argumentales de The Good Fight que, lejos de casarse con nadie, explora los límites de la desfachatez de una y otra parte.
Así, las señoras bien Diane Lockhart y Liz Reddick participan en un grupo clandestino destinado a impedir que Trump vuelva a ganar sea como sea, y para ello no dudan en hackear el software que controla las elecciones, que a su vez estaba previamente manipulado para favorecer a los republicanos.
Es la intervención del marido de Diane, el convencidísimo (¿o ya no tanto) Kurt Veight quien logra salvar a esta de cometer un crimen federal, con la inestimable ayuda de un agente de la NSA encargado de escuchar todas las llamadas de la abogada.
Diane, desencantada con su grupo de demócratas radicales que incluso asesinan a un hombre, también culpable de haber asesinado a tres niños inmigrantes, poco a poco se va rindiendo a los tiempos de corrupción e hipocresía en los que vive y termina escribiendo ella un discurso de ensalzamiento de Trump con palabras que ni su propio marido, cercano a él, hubiese utilizado.
En The Good Fight se ve cómo poco a poco la hipocresía va dando paso a más y más tramas de corrupción. Dos de los socios de Boseman-Reddick-Lockhart han cometido perjurio en un juicio, pero, sin embargo, hacen lo posible por inhabilitar a Roland Blum por perjurio, solo por deshacerse de la denuncia que iba a interponer contra el bufete por ocultar las violaciones de su fundador.
Lo que condenan en unos es válido para ellos, y así, aderezándolo todo con su superioridad moral, es como se va construyendo la historia del siglo XXI y sus múltiples responsables.
El corto animado que acompaña al último episodio es una obra de arte que resume la hipocresía y la falta de ética, en la serie y en el mundo.
A estas alturas mis seguidores ya sabéis que he escrito bastante sobre The Good Fight, casi siempre en buenos términos por la calidad de sus guiones y su sentido del humor, pero hoy voy a cambiar el tono porque estoy observando en esta segunda temporada una cuestión que me preocupa mucho, y es la glorificación de la corrupción y las malas formas de gobierno.
Golpes de estado de nuevo cuño
En esta segunda temporada de The Good Fight, protagonizada por el gobierno de Donald Trump, están apareciendo y se están normalizando cuestiones como la forma en que el Partido Demócrata de la ficción pretende derrocar al presidente electo a través de algún escándalo jurídico o sexual donde ni siquiera importa que sea cierto lo que se denuncia.
Ruth Eastman, asesora del Comité Nacional de los Demócratas, se presenta en el bufete de Reddick, Boseman y Lockhart con toda una batería de medidas de seguridad (no se permiten los móviles en la reunión, se graba todo con videocámara, se les hace firmar a los presentes un documento de confidencialidad) para pedirles que señalen causas judiciales que se pueden abrir y ganar para destituir a Trump.
Diane ve bien utilizar cualquier medio para derrocar al presidente Donald Trump.
En mitad de esa vorágine, Reddick insinúa que no es necesario tener siquiera una causa con pruebas, sino que con verter malintencionadamente rumores sobre supuestas agresiones sexuales se podría llegar a la misma meta.
Y es ahí donde radica el quid, en mi opinión, de la glorificación de la corrupción, en que no se piense en términos de justicia, equidad, tolerancia, etc., sino solo en quitarle el gobierno a un presidente para ponerse ellos, sin tan siquiera atender a cuestiones éticas sobre los medios para lograrlo.
Y no puedo evitar pensar en lo que ha sucedido en Brasil con el antiguo presidente y ver que puede llegar a ser una nueva y peligrosa tendencia política en la vida real.
Glorificación del beneficio económico
En esta misma línea de normalización de las malas prácticas se sitúa también la serie, esta vez en el ámbito del beneficio económico, cuando el bufete acepta un acuerdo que le proporciona 8,3 millones de dólares de la Policía de Chicago para que no se airee la corrupción de dos agentes que se dedicaban a plantar pruebas falsas en temas de narcotráfico.
Cabe señalar que Jay, el investigador privado del bufete, señala esta falta de ética y renuncia a su puesto de trabajo para hacer ver a sus jefes que su codicia está afectando a la vida de otras personas, entre ellas, la de su mujer amigo.
Jay denuncia que el bufete ha contribuido a tapar un caso de corrupción.
Por su parte, Lucca y Maia (la hija de los acusados de estafa, caso que de momento parece haber quedado en segundo plano esta temporada) ayudan soterradamente al amigo de Jay, pero no porque sea lo correcto, sino porque sacar a la luz la corrupción de esos policías ayuda al padre del futuro hijo de Lucca en su carrera política, pues lo están acusando de haber encarcelado a más afroamericanos que blancos, y con este movimiento se quita 30 casos de sus estadísticas.
Así que nos encontramos con que los únicos actos honestos que se realizan tienen oscuros objetivos, siempre el beneficio político y/o económico y personal, lo que, en mi opinión, contribuye a normalizar este tipo de comportamientos. Porque, al fin y al cabo, si lo hacen Diane Lockhart o Adrian Boseman, ¿por qué no lo vamos a hacer cualquiera? ¿Y por qué vamos a poner el grito en el cielo si lo hacen nuestros representantes políticos?
Glorificación de la explotación laboral
Por último, aunque muy importante también, me gustaría resaltar la glorificación de las malas prácticas laborales y la falta de ética a la hora de tratar a trabajadoras embarazadas.
En esta temporada Lucca se queda embarazada y debe comunicarlo a la empresa, cuyos socios, con Diane Lockhart a la cabeza, están deseando quitarle los casos y relegarla porque prevén que una mujer embarazada les va a ocasionar pérdidas o perjuicios.
Lucca Quinn recibe un trato desigual y discriminatorio por estar embarazada.
Lucca, para compensar esto y que no afecte a su carrera profesional (aunque todos los intentos que está haciendo son en vano, pues los prejuicios y la discriminación prevalecen sobre los resultados), anuncia que trabajará hasta el último minuto de embarazo y que no cogerá baja por maternidad. Un muy mal ejemplo para el resto de trabajadores, y otra normalización más de algo que debería ser denunciado con ahínco.
Porque el poso que queda no es el de denuncia, sino el de normalización.
The Good Fight, la secuela de The Good Wife de la que ya he hablado en anteriores ocasiones lleva ya unos cuantos episodios de su segunda temporada manteniendo la calidad con unos personajes que se sienten perdidos en un ambiente de decadencia laboral y política.
El contexto de la decadencia
Si en The Good Wife y BrainDead, de Michelle y Robert King, se ha visto siempre una marcada tendencia demócrata, en esta serie, y en especial en esta segunda temporada contamos con un aderezo, que es el contexto de decadencia de la era del Presidente Donald Trump.
Diana Lockhart aparece como un personaje absolutamente abrumado por las circunstancias políticas que le rodean, zapeando en la televisión dando crédito, incluso, a que su jefe de Estado pueda haber introducido un cerdo en la mismísima Casablanca.
Esa corrupción moral se observa también en los casos que llevan desde el bufete de Boseman y Reddick, como la violación a una concursante de un reality del estilo de Gran Hermano, a la que el productor del propio programa introduce borracha en un jacuzzi para conseguir más audiencia.
Corrupción e inseguridad
La atmósfera que envuelve la segunda temporada de The Good Fight es todavía más turbia por una oleada de asesinatos que está habiendo en Chicago contra abogados, a los que los distintos asesinos (el original y los imitadores) los acusan de haberlos estafado.
Diane, que sabe que su oficio tiene sus claroscuros, pues no siempre ha defendido a clientes honorables, y no siempre ha sido honesta en sus tarifas y eficaz en su desempeño, está muy afectada, hasta el punto de que vive presa del pánico.
Esta situación de histeria colectiva es aprovechada, incluso, por un empleado del bufete, que para ganar tiempo y poder presentar un informe que le han encargado decide enviar una carta con bicarbonato amenazando con que es ricina. El implacable investigador Jay Dispersia, interpretado por Nyambi Nyambi, pronto lo descubre.
La estafa Rindell
Uno de los hilos argumentales de The Good Fight es la estafa cometida por el padre de Maia Rindell y la investigación a la que está siendo sometida por parte de una agente del FBI un tanto corrupta, que no duda en presentar pruebas falsas para intentar que la joven abogada delate y entregue a su padre.
El juicio se va pincelando episodio a episodio, con las jóvenes Luca y Maia enfrentándose a las distintas vicisitudes que les plantea el sistema político y judicial.
En esta parte se pueden ver, asimismo, otras formas quizás menos evidentes de decadencia moral, pero igual de devastadora, que son las puertas giratorias entre lo público y lo privado y cómo abogados que han trabajado en la Fiscalía del Estado terminan en bufetes privados proporcionando información sobre procedimientos y causas judiciales que favorecen a los imputados.
The Good Fight nos muestra desde un cinismo magistral una realidad tragicómica en la que los distintos personajes se van adaptando como pueden a una era convulsa que, por distintas razones, no esperaban vivir. Sin duda, de lo más recomendable de esta temporada.
Alicia Florrick y sus vicisitudes de esposa de político corrupto casi siempre imputado e investigado pero librándose de prisión en The Good Wife se despiden de la pantalla tras siete largas temporadas en las que hemos visto sus caídas, sus contradicciones y, finalmente, su evolución como ser libre e independiente.
Los fans de The Good Wife podrían dividirse entre aquellos que están más interesados en el culebrón, la trama amorosa propiamente dicha, y los que hemos seguido fieles porque se trata de una serie que, pese a esas historias de amor, está muy bien escrita, establece relaciones laborales y políticas complejas entre sus protagonistas y se inspira en casos reales para perfilar a los clientes y los juicios que aparecen representados.
A partir de aquí, SPOILERS del tamaño de la luna
Por eso algunos estábamos convencidos de que la muerte de Will Gardner no solo no iba a terminar con la calidad de The Good Wife (a pesar de que se iba el que probablemente era el mejor actor de la serie), sino que la iba a mejorar al darnos una tregua en cuanto a tensiones sexuales no resueltas, celos y demás añadidos que traen consigo las historias sobre amores imposibles y relaciones extramatrimoniales.
The Good Wife, feminismo a raudales
The Good Wife es una serie sobre la emancipación de una mujer que, harta de haber entregado su vida a la crianza de sus hijos y haber sido ninguneada y traicionada por su marido, que en su carrera política ha hecho cosas tan deleznables como utilizar dinero público para fines privados entre los que se encuentra contratar servicios de prostitutas, comienza su carrera laboral como la abogada que un día quiso ser.
Siendo esta su historia vertical, y entremezclando en ella tramas de espionaje de la NSA, relaciones con sus asesores políticos (¿quién no querría que Eli Gold fuese su jefe de campaña?) y diversos affaires de ambos cónyuges, uno de los mayores logros de The Good Wife es, sin embargo, haber sabido tejer una red de historias horizontales muchísimo más interesantes que la primera.
Asimismo, la serie exhala feminismo por todos sus poros. Grandes mujeres labrándose la vida en un mundo predominantemente gobernado por hombres. El hecho de que Diane termine con un bufete de mujeres y de que la propia Alicia se independice definitivamente de Peter Florrick para seguir su vida sin las ataduras matrimoniales son el mejor ejemplo de a dónde pretendían llegar sus creadores, Michelle King y Robert King.
Personajes inolvidables
Por esta serie que no termina de ser ni romántica ni de abogados, pues su excelencia la hace difícil de catalogar en cualquier género, pasan todo tipo de personajes: desde Diane Lockhart, la abogada de trayectoria impecable que ha sacrificado su vida personal por su carrera y encuentra su inesperado amor en su antípoda política, el republicano amante de las armas Kurt McVeigh, hasta grandes y peligrosos narcotraficantes amantes de sus hijos como Lemond Bishop, pasando por abogados mezquinos como David Lee, jueces de distintas cortes (civil, pena, castrense, etc.) con sus excentricidades, investigadores privados de pasado oscuro (Kalinda y, más adelante, el que será su último amor, Jason Crouse) y clientes de todo tipo.
Echaremos de menos a los distintos jueces y sus excentricidades.
Mención especial hemos de hacer al papel de Michael J. Fox como abogado despiadado que no duda en aprovecharse de su enfermedad para intentar dar lástima a los jueces y ganar así a sus rivales. Ya solo por su aparición en las primeras temporadas engañando a Alicia mientras se hacía el desvalido necesitado de ayuda para hacerla llegar tarde al juzgado merece la pena ver la serie.
Pero esto no es una despedida final. Los admiradores de esta divertida y bien escrita serie estamos de enhorabuena: parece ser que ya está en marcha una spin-off protagonizado por Diane y Lucca. Esperaremos con las palomitas preparadas para disfrutar de dos de los mejores personajes femeninos de toda la serie (con la venia de Kalinda, por supuesto).