Desde que allá por mayo del año pasado Pablo Iglesias publicara en su cuenta de Twitter el entusiasmo que le había producido Baron Noir y que la serie, además, se la había recomendado nada más y nada menos que Pedro Sánchez, entró en mi lista de pendientes. Hoy, terminada la primera temporada, puedo afirmar que ninguno de los dos se equivocaba.
El tuit con el que Pablo Iglesias alabó a Baron Noir y la hizo famosa en España.
Baron Noir y las contradicciones
En Baron Noir Philippe Rickwaert, alcalde de Dunkerque, diputado y miembro del Partido Socialista francés, cae en desgracia tras descubrirse una trama de corrupción y financiación irregular del partido. Viéndose arrinconado, urde todo tipo de estrategias y alianzas para recuperar el poder y vengarse del candidato oficial, Francis Laugier, que es también su mentor.
Rickwaert es un personaje complejo que se debate entre la devoción a los ideales de apoyo a los obreros y las clases desfavorecidas y sus ansias de poder. Por eso no tiene ningún problema a la hora de relacionarse con personas procedentes de todos los estratos sociales, algo que no sucede con Laugier, que si aparece mostrando simpatía con huelgas y luchas de trabajadores es por mera estrategia política.
Parece ser que el personaje de Rickwaert está inspirado en Julien Dray, socialista francoargelino procedente del troskismo, asesor sin cargo de Hollande y apartado también por un caso de corrupción.
Las contradicciones entre ideal y realidad, entre buenos deseos y materialidad son una constante en Baron Noir. Cuando crees que el personaje se va a decantar por obrar como sabe que debería, surge otro puñal por la espalda.
Las intrigas y las conspiraciones son una constante en Baron Noir.
En este sentido, aunque ha sido comparada con House of Cards y Los Soprano, esta maravilla de Canal + supera con creces ambas precisamente por su realismo, que se hace terriblemente presente en diálogos con frases memorables como “Es la era del populismo. Nos ahogamos en ella. Es tiempo de los charlatanes, de los apaleados, de los maltrechos y de los valientes”.
Porque House of Cards es demasiado ampulosa y Los Soprano cuida demasiado los cánones del género de la mafia (a pesar, incluso, de las escenas costumbristas de la familia), pero Baron Noir consigue que el espectador se introduzca en la trama y hasta juegue a buscar similitudes con el mundo real.
De entrada, Kad Merad, el actor que da vida a Rickwaert (y que ha obtenido un ACS award por su papel) recuerda físicamente a Alfredo Pérez Rubalcaba. Algún otro personaje bebe de otros políticos, como Macron, y es inevitable buscarles parecido con nuestros representantes patrios.
Pues ya ha pasado otra temporada trepidante de Ozark (Netflix) en la que hemos podido presenciar mucha violencia, muchos entramados de corrupción entre políticos y narcotraficantes y todo el despliegue de ingenio al que nos tiene acostumbrados la serie, aunque sus personajes se ven afectados por una más que lógica decadencia, dadas sus circunstancias, y obligados a realizar sacrificios dignos de religiones antiguas.
Ascenso y sacrificios de Wendy Byrde
Esta temporada comenzaba con una Wendy Byrde pletórica que, tras la bendición de Helen Pierce y el líder del cartel mexicano, lanzaba la idea de ampliar el negocio abriendo otro casino.
En la temporada anterior Wendy fue una pieza clave, dado su historial político como gestora de campañas y elecciones. A través de todo tipo de artimañas, la vimos aprovecharse de la corrupción de los políticos y los empresarios locales para obtener la que parecía imposible licencia para construir un casino.
Wendy Byrde pletórica en la presentación de su fundación, antes de realizar el mayor de sus sacrificios.
En esta, junto con Helen Pierce, conforman un dúo de tiburones despiadadas que no tienen ningún reparo en destrozar familias y mandar a matar a quien haga falta con tal de salirse con la suya.
Pero Wendy no contaba, en primer lugar, con que Marty estuviese en contra y boicotease sus planes, algo que le generó un problema grande con Navarro, el jefe del cartel. Y mucho menos con que su hermano, Ben, se instalase en sus vidas y dejase de tomar su medicación, lo que supuso un problema mucho mayor y el más grande de los sacrificios que había realizado hasta ahora.
Wendy intenta salvar la vida de Ben, pero una persona tan frágil y bella no puede vivir en un entorno como el de Ozark.
Así, la Wendy Byrde que veíamos rebosante de ambición y recursos, poco a poco fue transformándose para terminar en una decadencia de tal calibre que la llevó a una traición de la que probablemente no se recupere.
Decadencia y ascenso de Marty
El ingenioso Marty en esta temporada aparece más apagado que en las anteriores, y reticente a seguir en el negocio, o por lo menos, a ampliarlo.
Desconfiar de su mujer le lleva a cometer errores e imprudencias y a un viaje inesperado a México en el que Omar Navarro, de un modo narco-socrático (este palabro me lo he inventado, pero pienso que describe a la perfección esa experiencia iniciática de Marty en la finca de Navarro) descubre qué es lo que realmente quiere. Y lo quiere todo. Tiene la misma ambición que su mujer, y espera conseguir algo tan complicado como lograr que una agente del FBI convencida y con ideales transite por la senda de la corrupción.
Así, poco a poco, mientras su mujer va cayendo en la decadencia, Marty vuelve a florecer para sostener a la familia, porque siempre tiene que haber al menos uno al 100% para evitar la muerte de todos.
Mientras, los niños, que cada vez son menos niños y más adultos, y más con toda la información que manejan, viven sus propias experiencias de amistades, amores y desamores en el peor de los entornos, rodeados de hijos de mafiosos como sus propios padres.
Podría decirse que Ozarks es el antiverano azul.
Los sacrificios de Ruth Langmore
Mientras los Byrde parece que siguen saliéndose una y otra vez con la suya, sus propios problemas y su egoísmo los hacen tan ombliguistas que no ven que ante sus ojos se está preparando una gran coalición de quienes pudieron haber sido sus aliados, e incluso lo fueron, y, por diversas razones, se convirtieron en sus enemigos.
Los Byrde cometen el fallo de no apoyar a Ruth en la única cosa que les ha pedido, y esto será también otro de sus sacrificios, el de su mejor aliada.
La clave para la próxima temporada será, sin duda, Ruth Langmore, uno de los personajes más interesantes e inteligentes que ha dado la pequeña pantalla, que ante la traición de Wendy a su propio hermano y la revisión de sus actos, pues se ha dado cuenta de que desde que los Byrde aterrizaron en Ozarks solo ha hecho sacrificios por ellos, decide irse con la sociópata de Darlene Snell.
Y es que se avecina una guerra encarnizada con los mafiosos locales, que conocen la forma de trabajar de los Byrde y no dudarán en usar todo lo que saben de ellos para atacarlos.
Los entramados y la corrupción
Mientras luchan por salvar por sus vidas y enfrentan a sus enemigos, además de sortear la vigilancia permanente del FBI, los negocios deben continuar “as usual”, así que vemos en esta temporada también los tejemanejes y la corrupción sistémica, esta vez a través de la fundación que crea Wendy Byrde.
BFF (Byrde Family Foundation) es otra herramienta más para el lavado de dinero, y con la cual Wendy puede, además, suplir su necesidad de notoriedad y protagonismo político. Como señala Omar, “ella lo quiere todo”. No solo pretende salvar su vida, como parecen ser las intenciones de Marty, sino también constituirse en un elemento de poder local.
Para ello, crea esta fundación, cuya gala se ve truncada por un ataque psicótico de su hermano (aunque cabría preguntarse si no es el único cuerdo de todos).
A través de ella, Wendy pretende dar cabida a sus paradójicas inclinaciones demócratas, a pesar de haberse aliado con todos los republicanos para las licencias de los casinos. Un ejercicio de brillante hipocresía y flexibilidad moral.
En cada temporada de Ozark suceden tantas cosas que podría dedicar horas y horas a desgranarlas todas, pero prefiero que si alguien todavía no la ha visto, vaya corriendo a hacerlo. No defrauda.
Confieso que tengo debilidad por las series de paisajes polares, aunque la trama de muchas de ellas suele ir perdiendo fuelle y terminan, casi siempre, en un final estafa. Ivalo (Arctic Circle) no iba a ser menos: tiene todos los ingredientes para entretener: la nieve, que evoca un frescor que ahora mismo no tenemos en Madrid, el factor virus, que es muy apropiado para estas épocas que nos ha tocado vivir, y los elementos de thriller, pero no llega a maravillar.
Virus en un nordic noir
Ivalo (Elisa Viihde) es un pequeño pueblo de la Laponia finlandesa en el que la policía Nina Kautsalo, madre de una niña maravillosa con síndrome de Down, se ve obligada a investigar el asesinato y la desaparición de varias mujeres rusas prostituidas por una trama que, cómo no, tiene conexión con las altas esferas de corrupción del país vecino, Rusia.
Uno de los elementos más exóticos de Ivalo son sus paisajes. Tener que desplazarse en moto por la nieve es un sueño en estas fechas de calor español.
Pero el género criminal nórdico se ve amplificado en Ivalo con el elemento de un virus de transmisión sexual que se propaga adherido al virus del herpes labial y hace que sus portadoras enfermen gravemente al quedarse embarazadas, con resultado de muerte de madre e hijo, o graves malformaciones del bebé.
No es casualidad que precisamente la hermana de Nina, Marita, sea una de las mujeres del pueblo que tenga el virus. Porque en los nordic noir es algo que suele suceder, que todo esté relacionado, dado el escaso número de habitantes y la pequeñísima densidad de población de las zonas en las que se desarrolla.
Corrupción y mafia rusa
Descubrimos a través de Ivalo a toda una red de trata de mujeres llevadas, engañadas o a la fuerza, a Finlandia, para ser prostituidas en autobuses en medio de la nieve o en fiestas privadas para millonarios.
Esta red cuenta, además, con el apoyo del gobierno ruso, según se indica en uno de los episodios, y está cubierta por la corrupción policial en altos mandos finlandeses y rusos, si bien uno de ellos termina tan obnubilado por las dotes policiales y la honradez y la entrega de Nina Kautsalo que termina desertando de su colaboración con los criminales.
Machismo finlandés
La serie en general es un conjunto de convenciones de varios géneros rodada en un sitio magnífico y evocador y tiene tramas que son una auténtica estafa, como la relación sentimental que se establece entre Nina y Thomas Lorenz, el virólogo alemán desplazado desde Helsinki a Laponia para estudiar el virus.
La tensión entre Nina y Thomas no solo es innecesaria, sino que entorpece y empeora considerablemente la serie.
Sin embargo, hay temas que se tocan de pasada que creo que merece la pena señalar, porque siempre se suele pensar que las sociedades nórdicas son feministas, o al menos más igualitarias que las del sur, y en Ivalo se ve que no.
Por poner un ejemplo, Nina es una madre soltera. El padre de la criatura consume drogas y se ha desentendido de la crianza, así que ella lleva todo el peso, como muchas mujeres a lo largo y ancho del planeta y eso, además, le ha supuesto que para poder estar más tiempo con su hija y atender sus necesidades especiales haya tenido que renunciar a su carrera profesional.
Una de sus excompañeras de la academia de policía, ahora detective de la Oficina Nacional de Investigaciones (NBI) le recuerda en un diálogo que van a investigar sus antecedentes y van a saber que no está comprometida al 100% con su carrera porque ha decidido cuidar de su pequeña. Así de duro y así de sorprendente para tratarse de un país que supuestamente debería ser referente en materia de igualdad.
Venla, la hija de Nina, es un amor de niña y se esfuerza mucho en el cole, pero la profesora hace saber a Nina que el sistema educativo finlandés no la va a integrar. Toda una sorpresa.
Más chocante resulta todavía ver cómo la profesora de preescolar de la niña, que tiene 5 años, le sugiere a la madre que se la lleve a una escuela especial porque en el colegio normal no tiene cabida. ¿Pero no era Finlandia la cuna de la innovación pedagógica, la inclusión y todas las bondades que se puedan esperar de la educación? Me he quedado bastante sorprendido, ya que, además, siempre se dice que en Finlandia los niños no empiezan hasta los 7 años, pero resulta que tienen preescolar, como aquí y en muchos otros sitios.
El virus de las denuncias falsas
Mención aparte merece la también sobrante parte del divorcio del doctor Thomas Lorenz después de que su mujer lo descubre flirteando con Nina.
La mujer, que no tendría más que pedir la separación y la custodia, se inventa todo un caso de maltrato físico y psicológico para acabar con él. No sé exactamente qué han querido decir al añadir esta subtrama, pero no aporta nada interesante al contenido y emborrona todo lo demás.
¿Recomiendo Ivalo? Para pasar el rato y refrescarse un poco con los gélidos paisajes, sí. Si no se tiene mucho tiempo, desde luego que hay series muchísimo mejores que ver.
La secuela de The Young Pope ha regresado con mayor desparpajo si cabe que su predecesora. El magnífico Paolo Sorrentino se atreve a hincar todavía más el diente a la corrupción de la curia vaticana y nos regala nueve episodios en los que los escándalos se suceden uno tras otro narrados de manera magistral.
Escándalos sexuales y políticos
The New Pope, coproducción de Mediapro y la italiana Sky, entre otros, y emitida por HBO, aborda nuevamente los escándalos sexuales, el polémico tema del celibato, la corrupción política y la idolatría.
Partiendo del coma en el que quedó el severo y paroxista Pío XIII al finalizar la precuela, The New Pope comienza con un episodio hilarante en el que se muestran los tejemanejes del Secretario de Estado del Vaticano, Voiello, para mantener su poder.
El cardenal y Secretario de Estado Voilleo recuerda a los secretarios de estado más temibles de todos los tiempos, como el propio Kissinger. Hombres de Estado dispuestos a lo que sea con tal de preservar el status quo.
En una votación que se repite en varias ocasiones y que termina decantándose por un candidato inesperado al que se le presupone, erróneamente, que será fácil de manejar, se pueden ver supuestas facciones políticas enfrentadas.
El entramado de corrupción financiera, los escándalos de los abusos sexuales a menores y la amenaza inminente del terrorismo islámico están en el centro de esos enfrentamientos.
Los partidarios de seguir como siempre apoyan tanto el entramado de corrupción financiera como la ocultación de los escándalos sexuales.
La mayor parte de los cardenales se niega a renunciar a una vida de lujos, privilegios y beneficios económicos éticamente cuestionables y en cuanto asoma la posibilidad de un Papa franciscano con voto de pobreza, ponen en marcha, junto a los mafiosos con los que mantienen negocios, la peor de las conspiraciones que pueda darse en un Estado.
Idolatría y corrupción moral
Uno de los aspectos más curiosos de esta creación de Sorrentino es cómo aborda la cuestión, supuestamente prohibida, de la idolatría en el seno de la Iglesia Católica. Es algo que ha ocurrido con diversos Papas y que se puede ver en cualquier lugar donde se hayan depositado presuntas reliquias.
Probablemente la ‘intro’ más irreverente jamás vista en todas las series.
En The New Pope, millones de fieles santifican a Pío XIII como auténticos fundamentalistas, mientras el Papa nuevo, fabulosamente encarnado por John Malkovich, se enfrenta a sus propios fantasmas e inseguridades.
Otro planteamiento atrevido que entra de lleno en lo que podría considerarse blasfemia es el deseo sexual que despierta el antiguo Papa entre trabajadoras del Vaticano y religiosas, con escenas tan perturbadoras como elegantes de monjas excitadas mientras se encargan de su higiene y su cuidado más básicos.
La hipersexualización de la figura del Papa es uno de los mayores atrevimientos de la serie.
La corrupción y la doble moral de quienes pretenden ser ejemplarizantes es un sello de esta serie que pretende poner en duda cualquier autoridad religiosa procedente del Vaticano.
Otro aliciente para ver la serie es la presencia del actor español Javier Cámara, que interpreta al Cardenal Gutiérrez.
La cuarta temporada de The Expanse está resultando, además de tan emocionante y frenética como las anteriores, muy significativa en cuestión de cambios para la Humanidad que muestra la serie.
Para quienes todavía no hayan entrado en materia con ella, cosa que recomiendo hacer cuanto antes, resumiré brevemente el planteamiento: futuro lejano, la Humanidad ha conseguido colonizar el Sistema Solar, sobre todo en cuanto a extracción de recursos naturales. Las distintas facciones de humanos que han ido consolidando su residencia en los distintos sitios ‘habitables’ se enfrentan entre sí y también con los terrícolas, que son los principales explotadores (¡qué raro!).
Una tecnología alienígena provoca una serie de eventos y catástrofes y los seres humanos se ven obligados a cooperar (o lo más parecido a ello dentro de las ya clásicas traiciones cainitas que nos caracterizan) para sobrevivir.
A partir de aquí, vienen spoilers, así que vosotros veréis si seguís leyendo.
Cambios trascendentales en el Sistema Solar
Los cambios más importantes, que van a ser los que produzcan toda la cascada de eventos políticos y sociales, se generan a raíz del suceso con el que termina la tercera temporada, la apertura del anillo a través del cual se da paso a otros mundos por descubrir.
Los nuevos planetas esconden secretos e historia de los alienígenas que fueron aniquilados y cuyo exterminio está investigando el detective Miller.
Con un gran número de planetas nuevos a su disposición, los humanos de todas partes del Sistema Solar ven oportunidades de negocio infinitas y, atendiendo a la imprudencia y a la falta de memoria que también nos representan, quieren adentrarse en ellos sin recordar que puede ser muy peligroso.
Cambios políticos
La transformación del Sistema Solar genera a su vez otro mapa político del mismo, en el que en primer lugar sobreviene una tregua entre todas las facciones.
La máxima autoridad de la ONU terrícola, la despótica, bienintencionada y muy malhablada Chrisjen Avasarala, es, junto con la tripulación de la nave Rocinante, la única que parece usar el principio de precaución, e impone una restricción de paso dentro del anillo.
La secretaria de la ONU comienza a cegarse, además, por una lucha de poder que tiene contra una contrincante política que apuesta por la colonización de todos los nuevos planetas aparecidos.
En esa nueva línea transfronteriza se sitúan, de manera estratégica, los cinturonianos de la APE, que saben aprovechar los cambios para mejorar su posición política y económica global.
No obstante, dado que los cinturionianos están muy divididos entre sí en clanes (a veces recuerdan a la Escocia del siglo XVIII, incluso en su acento) y entre ellos hay varios radicales que no quieren ningún tipo de colaboracionismo con la Tierra, pronto surgen las traiciones y los complots para perjudicar a la APE.
Los cinturonianos se preguntan si vale la pena la paz si tienen que entregar, a cambio, a sus compatriotas que están intentando buscar un lugar donde vivir al aire libre y por eso quieren cruzar el anillo.
Cambios, decadencia y corrupción en Marte
Con todos estos cambios trascendentales, Marte, la segunda colonia de la Tierra después de la Luna, pierde parte de su razón de ser.
El proyecto de “terraformación” para proporcionar una atmósfera y habitabilidad del planeta rojo queda en suspenso, pues los nuevos mundos con su aire respirable se antojan más atractivos y menos trabajosos para todos.
Los cambios políticos provocan que en Marte haya ahora un ejército de parados.
La moral de las tropas y la ciudadanía marciana decae, el gobierno comienza un proceso de desarme y, en un sistema en el que la guerra era su principal motor, la paz trae la devastación… y la corrupción.
La corrupción comienza a darse en Marte cuando los convencidos ciudadanos marcianos se percatan de que se están quedando sin empleo y, además, se están desmontando equipos de investigación y armamentísticos realmente valiosos para la exploración espacial.
Los trabajadores fieles a Marte se ven abandonados en esta nueva situación política
Como sucede siempre, no hay nada mejor que una época de cambios y escasez para que se den todo tipo de pillajes, así que los fieles marcianos comienzan a vender sus propios logros patrióticos al mejor postor, incluidas mafias y grupos terroristas (es imposible no ver paralelismos con lo sucedido en Rusia tras la caída de la URSS).
La pobreza, la inestabilidad política y la decadencia son ingredientes perfecto para que prolifere la corrupción masificada.
Y en este contexto de transformación profunda de la humanidad es donde se desarrolla The Expanse, que sigue explorando, asimismo, la relación de la protomolécula alienígena con el detective Miller, fusionado con ella tras el “incidente de Eros”.
A pesar de que no he terminado de ver los últimos episodios de esta temporada, creo que puedo afirmar que esta serie de scifi rescatada por Amazon pasará a ocupar los primeros puestos de mi ranking personal, junto con Battlestar Galactica. ¡No os la perdáis!
Si las anteriores entregas de Peaky Blinders (BBC) habían sido un fiel reflejo del ambiente histórico en el que se enmarcaban, la nueva no podía ser menos. La consolidación del socialismo y el comunismo, el inicio y auge del fascismo y la corrupción a todos los niveles son los grandes protagonistas de esta temporada.
Inicio del fascismo
Para quien no vio todavía ni la temporada anterior, aviso de que a partir de aquí hay algún que otro spoiler, así que queda bajo vuestra responsabilidad seguir leyendo.
El final de la cuarta temporada terminaba con Thomas Shelby instalado en el mismísimo Parlamento británico, como representante del Partido Laborista e informante del servicio secreto sobre todos los movimientos que hiciesen sindicatos y partidos comunistas en el país.
Sus adversarios creen que Thomas Shelby es socialista.
En esta quinta, con el fascismo ya instalado en Alemania y bien identificado por toda la sociedad, asistimos a la creación del primer partido fascista en Inglaterra, la Unión Británica de Fascistas de 1932, por Sir Oswald Mosley, que tiene su propio personaje, mucho más inquietante y peligroso que cualquiera de los Shelby.
Oswald Mosley, principal representante del fascismo en Inglaterra, es visto como “el demonio” por los propios Shelby.
Para su creación, Mosley pide la colaboración de Thomas, que accede a ayudarlo, pero con la intención de informar también de sus movimientos al servicio secreto.
Fascismo promovido desde el poder
Pero sus intenciones se ven limitadas y truncadas, pues el servicio secreto no solo no tiene ningún interés en frenar la creación del brazo político del fascismo en Inglaterra, sino que está completamente de acuerdo con sus premisas y líneas ideológicas.
En toda la serie se puede observar, además, cómo el fascismo va introduciéndose en la sociedad, a través de las ideas que se enseñan en los colegios (el hijo de Ada expresa con total naturalidad al agente del servicio secreto, de origen africano, que “los negros son inferiores”, alegando que se lo han dicho en la escuela) y en círculos de poder que se han visto afectados por el Crack del 29.
El sobrino de los Shelby, hijo de Ada, expone de manera natural las ideas fascistas que escucha en su escuela.
La idea de que han sido los judíos los responsables de la catástrofe económica que hizo perder la mayor parte o toda su fortuna a muchos burgueses de la época caló rápido entre las capas altas de la sociedad, ávidas de buscar un chivo expiatorio.
Los nacionalismos, como el irlandés, también tienen su protagonismo en esta entrega de Peaky Blinders, retratados, además, desde la corrupción y los negocios turbios de los que se financiaban.
Los protestantes nacionalistas irlandeses también se plasman en todo su esplendor de corrupción y negocios turbios en esta temporada de Peaky Blinders. ¿Queda alguien libre de ‘pecado’?
Es en este ambiente donde los Shelby, mafiosos, corruptos y asesinos, mantienen una línea roja, pues su ascendencia gitana les impide comulgar con las ideas fascistas.
La hipocresía de los Shelby contra la corrupción
Y es que los Shelby, sociópatas no se sabe si de nacimiento o de propia formación, tienen su propio código ético, que demuestran en varias ocasiones luchando contra determinado tipo de corrupción.
En sus orfanatos, por ejemplo, se prohíbe a las encargadas de los menores golpearlos, y se vela por su seguridad, hasta el punto de que retiran fondos y amenazan con matar a monjas que han agredido a niños bajo su custodia.
La corrupción que se narra en Peaky Blinders invade todos los estratos, incluido el eclesiástico. Thomas y Polly acuden a un orfanato a anunciar a las monjas que les retiran la financiación por agredir a una chica negra, que ha terminado suicidándose por el continuo acoso al que era sometida.
Pero esta presunta lucha contra la corrupción de menores, que parece firme cuando, por encargo de un político pederasta, intentan asesinar a un traficante de niños, se desdibuja cuando ese mismo traficante les sugiere un negocio de distribución de heroína.
Igualmente todas las ideas progresistas que Thomas dice defender en la Cámara se evaporan cuando ordena asesinar periodistas que intentan hacer un artículo crítico sobre su persona.
Es significativo que, en todos los casos y como sucedía en temporadas anteriores, los crímenes y la corrupción queden siempre impunes, y nos hace preguntarnos si en alguna época de la historia de la humanidad alguien poderoso alguna vez ha pagado por lo que ha hecho.
Factura impecable, recursos manidos
Esta última temporada de Peaky Blinders continúa la línea de producción excelente de las anteriores, con una fotografía y un tempo que están a la altura del mejor cine.
No obstante, no quería dejar pasar esta casi oda a la serie sin hacer una pequeña anotación a la redundancia y los recursos manidos de otras temporadas que en esta se hacen ya hasta aburridos.
Son los clásicos planos de los Peaky Blinders caminando de manera elegante y soberbia por las calles en las que reinan mientras suenan temazos de fondo.
Y sí, la banda sonora, entre la que se encuentran en todas las temporadas maravillas de Bob Dylan, Black Strobe, Black Sabbath, Radiohead, Nick Cave, Artic Monkeys, Pj Harvey, David Bowie, The Kills, etc. ha sido uno de los puntos fuertes y atrevidos de Peaky Blinders, pues apuesta por música actual para retratar décadas muy anteriores. Pero eso no debería suponer que en cada episodio se dedicasen unos cuantos minutos a repetir una y otra vez el mismo videoclip.
Reiteraciones aparte, Peaky Blinders pasará a la historia de las series como una de las mejores, por calidad de guion, interpretación de los personajes, ambientación histórica, fotografía y banda sonora. Si os habéis puesto todavía con ella, estáis tardando.
El anterior post que escribí sobre la quinta temporada de Black Mirror lo hice antes de ver el último episodio, Rachel, Jack y Ashley Too, en el que se lanza una hipótesis bastante verosímil sobre los derroteros a los que podría llegar en un momento dado la industria discográfica.
La explotación en la industria discográfica
El episodio, protagonizado por Miley Cyrus (lo que da la extraña y terrible sensación de que tiene mucho de autobiografía con su etapa como Hannah Montana en Disney), explora la distopía tecnológica para lanzar hipótesis de hasta qué punto podría llegar un agente y una empresa discográfica con tal de que no se agote la gallina de los huevos de oro de un producto musical.
Ashley O podría ser la propia Miley Cyrus, Britney Spears o cualquier cantante explotada por la industria discográfica.
Y digo “producto musical” conscientemente, a sabiendas de que la mayor parte de (por no decir toda) la oferta musical que se da desde el mercado discográfico para consumo adolescente, tanto masculino como femenino, son meros productos de marketing.
Músicos y cantantes, especialmente los más jóvenes, sufren a diario la explotación de la industria discográfica, que los modifica, censura y lanza siguiendo unas directrices determinadas para tener éxito entre los niños y las niñas, inseguros y ávidos de referentes.
En el episodio de Black Mirror, Ashley O (como he dicho más arriba, demasiado parecida a Hannah Montana) es un producto musical para consumo adolescente. La joven detrás de la máscara es una música talentosa que sueña sus canciones y las escribe al despertar, pero que no puede ser dueña de su propio destino ni trayectoria, pues su agente, encarnado por un tía despiadada y explotadora, no le permite salirse del estereotipo comercial.
La industria discográfica saca miles de millones de beneficios a costa de promover y explotar la inseguridad de muchos y muchas adolescentes.
Quien conozca mínimamente la industria o se haya leído alguna biografía o autobiografía de artistas sabrá que esto ocurre a diario, también en el mundo de los actores, donde pequeñas promesas han sufrido abusos de todo tipo, incluidos los sexuales, y han sido expuestas a drogas con tal de que siguieran dando suculentos beneficios a representantes y productores.
Puntos flacos del episodio
Aunque no estoy en absoluto de acuerdo con quienes califican este episodio como una estafa y señalan que “Black Mirror ha perdido todo su encanto y se ha vuelto comercial”, tampoco puedo decir que, a pesar de lo brillante y lo valiente de exponer la corrupción de la industria discográfica, el capítulo ha flaqueado en muchos aspectos.
Uno de ellos, quizá el más importante, es el rimbombante y americanizado final con persecución policial, derrota de los malos y final feliz en forma de grupo alternativo de postrock.
Esta escena, y en general toda la parte final del episodio, está muy forzada.
El despertar de la cantante del coma inducido por su propia agente para robarle las canciones también es demasiado fantasioso e inverosímil, colándose por una mansión muy vigilada al más puro estilo McGyver.
Sobre la conciencia de Ashley dentro de una muñeca, que mucha gente ha criticado y ha señalado como excesiva e increíble, en este sentido sí que hay que reconocer que es un tema clásico de Black Mirror y, al menos en mi humilde opinión, no queda estrambótico en el conjunto, igual que la propia muñeca, producto de merchandising que podríamos encontrar perfectamente en cualquier estantería de centro comercial (este es más sofisticado, sí, pero todo se andará).
La corrupción industria discográfica en las series
La industria discográfica es un tema que, pese a ser muy jugoso y tener mucho para sacar, apenas se ha explorado en el mundo de las series.
La corrupción y la mafia de la industria discográfica de los años 70 es el tema central de Vinyl, una serie que, si bien comenzaba con muchísima fuerza, tuvo tan poco éxito que fue cancelada, a pesar de contar con creadores y valedores como Terence Winter, Martin Scorsese y Mick Jagger.
La corrupción y la mafia de la industria discográfica son protagonistas en Vinyl
Violencia, drogas, excesos, avaricia, muertes… todo este cóctel que a nadie le resulta extraño cuando se habla de las grandes productoras discográficas, sin embargo, no había sido narrado hasta ese momento.
En Treme, la rareza y maravilla de David Simon sobre el barrio de Nueva Orleans que lleva el mismo nombre, ambientada tras el desastre del huracán Katrina, se perciben pinceladas de lo que la industria quiere o rechaza y cómo esta afecta a los artistas, aunque de manera muy tangente.
Por eso considero que este episodio de Black Mirror ha sido valiente al retomar esa denuncia de la corrupción en el mundo de las discográficas y hacerlo, además, de la mano de una artista que durante mucho tiempo fue considerada “juguete roto” y que ha tenido que luchar mucho para ser reconocida por su talento musical como es Miley Cirus.
Estas navidades he aprovechado para ponerme al día de algunas series que tenía pendientes, como Peaky Blinders, de la que me esperaba una temporada llena de mafia, revolución socialista y corrupción política sin parangón.
Hace un año y medio, tras terminar de ver la tercera temporada de Peaky Blinders, ya os comenté que la serie estaba tomando un cariz político insospechado y gratamente sorprendente. Con esta nueva y penúltima temporada profundiza y mejora esa línea argumental y se enraíza cada vez más con la historia de los últimos siglos en Inglaterra.
La venganza de la mafia
Antes de entrar de lleno en la historia política inglesa desde finales del siglo XIX hay que señalar uno de los arcos argumentales de esta última temporada de Peaky Blinders, el principal por ser al que más tiempo le dedican: la venganza de la mafia italiana.
Y es que los Shelby traían de otras temporadas algún que otro enemigo, como es el caso de Luca Changretta, cuyos padre y hermano habían sido asesinados a manos del clan de gitanos corredores de apuestas más afamados de Birminghan.
A partir de aquí, SPOILERS.
Changretta llega a Inglaterra con la intención de asesinar a todos y cada uno de los miembros de los Peaky Blinders para resarcir así el daño que estos les habían ocasionado. Su vendetta comienza con fuerza consiguiendo acribillar a balazos a John, el pequeño de los tres hermanos Shelby que habían ido a la I Guerra Mundial.
Este hecho hace que Tommy reúna, o más bien atrinchere, a toda la familia en Birmingham para defenderse y ver de qué maneras librarse de la mafia italiana.
Destaca especialmente Adrien Brody, protagonista de las maravillosas películas El Pianista y El Gran Hotel Budapest, en su papel de líder de la mafia Changretta, si bien hay que reseñar que la caracterización de los mafiosos de la época está bastante idealizada.
Como ya sabemos que va a haber una quinta entrega y que Peaky Blinders tiende a tener arcos argumentales autoconcluyentes no es ningún misterio ni spoiler (ya avisé más arriba) que Tommy Shelby logra, una vez más, zafarse de sus duros enemigos y obtener beneficio económico y social de ello.
En este caso, sin embargo, terminar con Luca Changretta le lleva también a terminar con la vida de Alfie Salomons (magníficamente interpretado por Tom Hardy), un personaje que ha dado a Peaky Blinders grandes diálogos y que, como se veía venir desde el principio, termina traicionando a Tommy Shelby, incluso siendo uno de sus mejores amigos.
Otro acierto a resaltar es la inclusión de Aidan Gillen en el papel de Aberama Gold, cabecilla de un peligroso clan gitano que les ayuda a terminar con los Changretta.
Revolución socialista y corrupción política
Pero la parte que más me ha gustado de esta temporada ha sido, como en la anterior, la dedicada a plasmar el contexto socioeconómico de la época, en este caso, una Inglaterra asustada ante la posible revolución socialista apoyada por una URSS fuerte y todas las tramas que se tejen desde los altos poderes para tratar de impedirlo.
En esta entrega, los Shelby, traidores de clase para muchos, aunque ellos mismos se consideren, como señala Tommy en un episodio, el epítome del capitalismo por haber llegado donde están, se enfrentan al sindicalismo en sus propias fábricas.
Tommy Shelby, como ya ha hecho en anteriores ocasiones, no duda en pactar con Winston Churchill para entregar a todos los partidarios de la revolución armada a cambio de un suculento contrato de fabricación de armas para el Estado por valor de dos millones de las libras de entonces.
Para acceder a los sindicalistas tendrá que recurrir a su ya manida afición de camelar a todo tipo de mujeres, en este caso una líder sindical que delatará a sus amigos creyendo que los Shelby apoyarán su revolución. En este punto tengo que incluir un inciso, y es que, a pesar de ser una serie con personajes femeninos muy fuertes (Polly o Ada son ejemplo de ello), a la hora de definir las que serán parejas o escarceos de Tommy los guionistas deberían poner mayor esmero. Porque no es coherente que una mujer sindicalista de aquella época se deje engatusar de semejante manera por el dueño de una fábrica.
El jefe de la compañía Shelby guarda, además, otro as en la manga en su meteórica carrera hacia las altas esferas de la sociedad, y es que él solito ha averiguado la manera de mantener a raya a los obreros revolucionarios: a través del Partido Laborista. Y así termina el sexto episodio, con el clan de gángsteres bajando por las escaleras del Parlamento, orgullosos de su ascenso por encima de todas y cada una de las cabezas que se van encontrando a su paso.
La trama para la que será la última temporada está servida.
La colaboración de Rich Cohen, Mick Jagger y Martin Scorsese en Vinyl nos ha dejado una serie bastante elegante, bien producida y con una banda sonora perfecta que, sin embargo, tiene unos cuantos peros, a mi modo de ver, que desgranaré en este post.
Y es que, ¿qué seriéfilo orgulloso de serlo no se ha reservado un momento de máxima tranquilidad para disfrutar de Vinyl esperando un drama musical magnífico al que no ponerle ninguna pega? Seguro que todos. Y ahora, ¿qué seriéfilo no se ha encontrado decepcionado con el guion y algunos elementos innecesarios que ensombrecen la obra?
¡Mucho ojito! A partir de aquí, SPOILERS.
Vinyl, thriller por sorpresa
La primera nota discordante que hallamos es el homicidio del dueño de las emisoras musicales, en una escena histriónica y casi inverosímil en la que se disparan pistolas y el protagonista de Vinyl, Richie Finestra, termina aporreando su cabeza hasta reventarla. Luego, junto con su ayudante y colaborador necesario, deciden deshacerse del cuerpo, tomando una decisión tan manida y tópica de los thrillers que debería dar vergüenza utilizar una sola vez más a cualquier guionista.
¿Qué necesidad había de, en una serie dedicada a mostrar e, incluso, denunciar, cómo se las gasta la industria discográfica con sus artistas, incluir que esos productores discográficos son también asesinos? ¿Acaso iban a parecer menos malos si el guion los retrataba tal cual y por eso añadieron este trillado elemento?
He de reconocer que para mí este ¿homicidio? ¿asesinato? fue un golpe casi mortal que me hizo perder mucha esperanza de la que tenía depositada en Vinyl. La escena, impostada y sobreactuada, me dio ganas de no darle mayor oportunidad, pero uno está demasiado enganchado a esto como para rendirse así como así.
Otro de mis grandes peros a Vinyl lo constituye el tempo. Scorsese nos ha dado obras maestras del cine y su primera gran producción de televisión, Boardwalk Empire (de la que hablaré algún día) fue casi perfecta, si no fuese por ese cierre tan abrupto en el que tuvo más que ver la cadena que el propio Martin. Sus historias sobre el mundo de la mafia y los gángsters son interesantes y están bien narradas. Ahora bien, ¿por qué utiliza esa misma manera de narrar para una serie sobre discográficas, bandas de música, rock, funky y punk?
Richie Finestra se nos presenta como un personaje mafioso de manera innecesaria.
La ausencia de diversidad de registros narrativos me lleva a pensar que quizá no sepa hacer las cosas de otra manera. Y para una temática determinada es correcto, pero la apariencia de mafioso que le quieren dar a Richie Finestra es demasiado falsa y poco verosímil. Hasta el cada vez más aclamado Bobby Cannavale parece fuera de lugar, como intentando interpretar al Gyp Rosetti de Boardwalk Empire en un contexto completamente distinto. Un pez fuera del agua.
El hijo de Jagger
La tercera pega de mayor calado, para mi gusto, es haber incluido al hijo de Mick Jagger, James, en el reparto. Es cierto que en el mundo del espectáculo el nepotismo y el enchufismo son un clásico, pero está muy feo por parte del cantante de los Rolling Stones hacer una serie solo para que su hijo pueda tener un trabajito. Desmerece un poco al resto del reparto, siendo eufemístico.
El sobreactuado hijo de Mick Jagger, otro elemento innecesario de Vinyl.
En resumen, para narrar algo tan interesante y atractivo como la relación de los creadores musicales con las garrapatas, perdón, productoras discográficas, no hacía falta un thriller sobre mafia. Las historias de explotación, de apropiación intelectual, de absorción absoluta de los beneficios, de machismo y de parasitismo a los artistas por parte de la “industria discográfica” son suficientemente reveladoras de por sí como para que una serie como Vinyl hubiese sido interesante sin caer en lo estrafalario. Una pena que ninguno de los genios que la han hecho posible haya caído en la cuenta.