Como si de una película de terror psicológico se tratase, Paul Rusesabagina, el director del Hotel Ruanda que inspiró la película de Hollywood con el mismo nombre, ha sido condenado a 25 años de cárcel por terrorismo, formación de grupo ilegal, pertenencia a un grupo terrorista y estructura de su financiación.
El exdirector del hotel, que salvó a cientos de personas de ser asesinadas durante el genocidio ruandés de 1994, llevaba detenido desde agosto de 2020 cuando, el vuelo que supuestamente lo iba a llevar a Dubai desde Estados Unidos, donde se encontraba exiliado, aterrizó en Kigali y fue capturado por las autoridades del país. La ONG Human Rights Watch (HRW) lo ha calificado de “desaparición forzada”. Su familia y defensores esperaban que fuese condenado y han denunciado, incluso, torturas.
Rusesabagina lidera el Movimiento de Ruanda por el Cambio Democrático (MRCD), una coalición de grupos de oposición que critica los presuntos casos de corrupción del gobierno del presidente, Paul Kagame. Vinculado con ella se encontraría el Frente de Liberación Nacional (FLN), considerado grupo terrorista, si bien Rusesabagina ha negado tener otra relación que no sea la diplomática.
En el impresionante filme que está en la memoria de todo cinéfilo, se narra cómo Rusesabagina no dudó en usar todos los medios a su alcance (desde contactos y conexiones a su propio dinero) para impedir que los extremistas de la comunidad hutu asesinasen a los tutsis alojados en el hotel que dirigía.
Paul Rusesabagina acusa a Kagame de corrupción y de promover odio hacia los hutus.
Hoy, el gobierno de Kagame es tutsi, y el propio presidente fue líder de las fuerzas que pusieron fin a la masacre, pero según Rusesabagina se trata de un régimen autoritario que promueve sentimientos en contra de los hutus.
Los medios estatales lo acusan de ser un “héroe fabricado”, y algunos de los supervivientes están empezando a contradecir su relato.
La detención de Rusesabagina fue controvertida. Su familia y ONG de Derechos Humanos denuncian secuestro, pero las fuentes del gobierno ruandés, acusado de corrupción, lo niegan y dicen que le engañaron para tomar el avión.
El propio Rusesabagina ha señalado recientemente que los tutsis no fueron las únicas víctimas del genocidio, negando la versión oficial, pues comandos tutsis habrían asesinado e incinerado un gran número de hutus.
Hoy voy a hablaros de una película que me han recomendado muchísimas veces y que no había decidido ver hasta este último fin de semana mientras vagaba por el interfaz de Netflix como alma en pena, buscando algo que no hubiese visto ya. Supongo que a estas alturas muchos habréis visto ya Split y llegaré tarde al debate, pero no quiero dejar pasar mi oportunidad.
La trama de Split
Split, “Fragmentado” en su traducción al español, es un filme de terror psicológico dirigido por M. Night Shyamalan en el que su protagonista, Kevin (James McAvoy), tiene Trastorno de Identidad Disociativo (TID), anteriormente conocido como desorden de personalidad múltiple (DPM), con 23 identidades completamente diferenciadas.
Dos identidades ‘conflictivas’ secuestran a tres adolescentes y las preparan para que sean el alimento de “La Bestia”, la número 24, que vendría a completar y perfeccionar a las restantes.
La interpretación de James McAvoy es lo único que se salva.
La historia se complica porque su psicóloga no cree que exista el trastorno como tal, sino que realmente coexisten varias identidades en él, que incluso podrían llegar a cambiar físicamente el cuerpo que las aloja.
La polémica de Split
El trabajo destacable de James McAvoy intenta contrarrestar la mediocridad de la puesta en escena y los pegotes añadidos a la trama, como el abuso sexual sufrido por una de las víctimas del secuestro, pero la película es una completa estafa que se ha hecho famosa por la polémica que ha llevado aparejada más que por sus propios méritos.
Casey Cooke es la única adolescente de las tres secuestradas que tiene algo de personalidad, pero le añaden un pasado que no aporta mucho a la trama.
Y es que en 2018 la organización Kairos Collaborative lanzó una campaña en Change.org en la que pedían a Netflix que retirase Split de su plataforma por representar “de manera inexacta el trastorno, exagerando su rareza, insinuando que los afectados son capaces de una metamorfosis física completa y, lo más importante, resaltando el falso estigma creado en Hollywood, introducido por películas como Psicosis, de que las personas con TID tienen más probabilidades de ser violentas, o de alguna manera infligir daño a otros”.
No sabía yo que Psicosis estuviese demonizada, pero sospecho que no quedará un solo clásico del cine que pueda pasar la prueba del algodón de este revisionismo actual. Yo seguiré conservando el DVD, bajo llave si hace falta. No así la estafa de Split.
No podía dejar pasar un solo día más sin escribir sobre Chernobyl, la serie más aclamada de 2019 hasta la fecha (yo mantengo la esperanza en la segunda temporada de Big Little Lies), aunque también hay que decir que la estafa de final de Juego de Tronos se lo ha puesto fácil.
Chernobyl, serie histórica
Chernobyl, para quien todavía no lo sepa, es una coproducción de HBO y Sky creada por Craig Mazin sobre los sucesos acontecidos tras el accidente nuclear que sucedió en la Unión Soviética en abril de 1986.
Para quienes recordamos vívidamente aquel año y las noticias terribles que abrían cada día los telediarios, con la temible lluvia ácida y la nube radiactiva que amenazaba distintos lugares de Europa en función del viento, Chernobyl es un viaje en el tiempo.
Todos los nacidos antes del 80 recordaréis estas imágenes con las predicciones meteorológicas que supuestamente nos iban a avisar de si íbamos a morir por lluvia ácida.
Las imágenes de los helicópteros sobrevolando la planta, las manifestaciones contra la energía nuclear, los tractores removiendo la tierra y las mujeres ucranianas acudiendo al reparto de comida forman parte de nuestra memoria, de un trauma colectivo que esta producción televisiva revive.
En este sentido, Chernobyl es una serie histórica que narra los pasos que se dieron para tratar de contener el desastre que podría haber dejado toda Europa contaminada, en la peor de las hambrunas, y a sus ciudadanos, nosotros, envenenados y enfermos.
Bellísima y terrorífica escena de la serie con los mineros desnudos por el calor mientras cavaban un túnel para sellar la central nuclear.
Chernobyl, la ficción
Pero Chernobyl, al fin y al cabo, es una serie, coproducción estadounidense – británica, lo que hace que en ciertas partes se hayan dejado llevar por diálogos excesivamente fantasiosos o fuera de lugar que recuerdan a otra de las cuestiones que marcaban el día a día político allá en los 80: la Guerra Fría.
No pongo en duda que la URSS de la época estuviera afectada por la corrupción y una burocracia un tanto inoperativa, corrupta y negligente que no tomó decisiones correctas y que, pudiendo haber salvado muchas vidas, no lo hizo por proteger sus propios intereses.
Ahora bien, cuesta creer (y aquí empiezan los spoilers, ojito, no digáis que no avisé) que en mitad de la noche, con la central nuclear ardiendo y en la primera reunión que mantienen los responsables de la central nuclear de Chernobyl con políticos de rango locales se dé un discurso en el que se viene a decir “camaradas, cortad las comunicaciones por Lenin, él así lo hubiera querido”. Sí, no fueron estas palabras exactas, pero ese es el resumen de una intervención que parece más una caricatura que otra cosa.
Probablemente uno de los discursos más innecesarios e inverosímiles de toda la serie, pero escritores y productores tenían que dejar claro el nivel de corrupción y fanatismo de la URSS.
Y detalles como este hay unos cuantos. Desde enfermeras que sucumben a la corrupción y dejan pasar al área de quemados radioactivos del hospital de Moscú a chicas que les dejan un billetito en el mostrador hasta la censura a la mayor parte de las publicaciones científicas que una de las protagonistas necesita revisar para saber qué ha pasado con el reactor de la central.
Corrupción en la URSS: ni las enfermeras se salvan.En esta otra escena sí consiguieron tratar la corrupción y la separación de los burócratas y los trabajadores de una forma más natural.
Chernobyl, la estafa
Mención especial merece el trato que dan a los “liquidadores”, los cientos de miles de soviéticos que trabajaron durante meses y meses para minimizar los daños del accidente. Porque en la miniserie de HBO y Sky sobre Chernobyl se pretende consolidar la teoría, falsa, de que todos esos hombres y mujeres eran unos ignorantes a la par que ignoraban qué estaba sucediendo allí cuando no fue en absoluto así (aunque esto mejor se lo leéis a La Pizarra de Yuri, que lo explica requetebien).
Difícilmente podré olvidar ya esa secuencia de la serie en la que Valeri Legásov y Boris Shcherbina piden a Mijaíl Gorbachov “permiso para matar a tres hombres”, los tres héroes de los que habla el blog que os he recomendado.
Este tipo de diálogos restan verosimilitud y calidad a la serie. No eran necesarios.
¿De verdad era necesaria toda esta burda propaganda? ¿No está la URSS ya más que liquidada y amortizada?
Molesta bastante que una serie tan bien rodada, con tan buenos actores, excelente fotografía y un ritmo magnífico (que bebe directamente de Andrei Tarkovsky) caiga en estos diálogos simplones y publicitarios propios de producciones mediocres como The Americans (hala, ya lo he dicho).
BSO de Chernobyl
Por continuar con lo positivo, junto con la fotografía y el ritmo, e inevitablemente relacionada con ambos, se encuentra la banda sonora original de la serie, responsabilidad de la violonchelista islandesa Hildur Gudnadóttir, a la que algunos ya conocemos de otras producciones televisivas como Trapped o The Oath.
Gudnadóttir ha compuesto en colaboración con Chris Watson y Sam Slater los sonidos que acompañan Chernobyl desde la central nuclear donde se ha rodado parte de la serie, la lituana Ignalia, ‘hermana’ de la central donde en 1986 tuvo lugar el terrible accidente que narra la serie.
Las puertas, las salas de los reactores y las turbinas han sido sus recursos sonoros para elaborar una de las partes de Chernobyl que más sensación de realidad, y miedo, provoca en el espectador.
Terroríficas imágenes en las que se ve cómo se enterraban los cuerpos de los fallecidos por la radiactividad de Chernobyl.
El famoso episodio de la matanza de The Walking Dead llegó, pasó y dejó el mismo poso que cualquier otro, el de una buena trama desperdiciada por falta de pasión y buenas formas de narración.
Matanza en diferido
La matanza de The Walking Dead, que en algunos sitios se anunciaba como “la boda roja” de la serie (lo que, además, generó grandísimas expectativas a los espectadores que compartimos fanatismo con Juego de Tronos), podría haber sido un magnífico episodio de terror psicológico, y al final se ha quedado en una estafa, perdón, decepción.
Desde la opinión de un admirador que ha pasado por todo tipo de sentimientos en relación con la serie (del placer a la indiferencia, luego el furor y finalmente la vergüenza ajena), el ritmo del penúltimo episodio de esta temporada debería haber sido otro, más parecido al del encuentro con Negan en mitad de la noche que a esto.
Lo peor de todo es que se percibe un intento de copia entre ambos episodios, pero este no llega a tener la calidad de aquel, ya que, en lugar de haber hecho mejores planos y haber cerrado el capítulo con las cabezas en las picas (sí, spoiler a partir de aquí, cuidado), se atrevieron con una narración en diferido de lo sucedido, a través del personaje de Siddiq, que eliminó los pocos suspense y sorpresa que se habían logrado.
Matanza como estrategia para introducir la nueva era
La matanza perpetrada por Alpha y los Susurradores, en la que se observan muertos de todas las comunidades participantes en la feria (Tara, Enid y Henry los más destacados), tiene como objetivo introducir una nueva trama que se desarrollará en la siguiente temporada y que, al menos tal y como se está presentando, va a tener también sus similitudes con la de Los Salvadores.
Volviendo a la cacería: tres personajes secundarios (aunque ahora mismo se puede decir que casi todos lo son) y siete ‘nisus’ (de escasa relevancia) en una escena que no genera ni tensión ni tristeza ni ninguna emoción esperable en una serie de estas características. Con esta premisa, difícilmente podrá remontar la próxima temporada.
Es una verdadera lástima que no hayan sabido aprovechar todas las posibilidades narrativas de cargarse a varios personajes del tirón en una matanza
Veremos qué nos depara el último episodio (todavía no lo he visto), porque es también el final de Danai Gurira, la actriz que interpreta a Michonne, así que voy a cruzar los dedos pensando que no puede ser algo todavía más ridículo que el final de Rick. Aunque a los guionistas de The Walking Dead, en este caso la guionista Angela Kang, tengo que reconocerles la capacidad para no dejar de sorprenderme.
Homecoming es un thriller con tintes de terror psicológico en el que el personaje de Roberts, Heidi Bergman, se ve implicado en una trama de la que no recuerda nada.
Conspiración y trauma
Homecoming se narra en dos tiempos distintos: un pasado en el que Heidi Bergman trabaja como psicóloga vocacional en un centro de reinserción de soldados estadounidenses que llegan de Oriente Medio, y un presente en el que es camarera en un restaurante en el mismo pueblo en el que vive su madre.
El centro en el que trabaja, contrata privada del Ministerio de Defensa a la empresa Geist, aparenta entre sus objetivos preparar a los militares para la vida civil, pero poco a poco descubrimos, a la par que la Heidi del pasado, que es todo una tapadera para un experimento que va mucho más allá (me ahorro el spoiler, de nada).
Algunos de los soldados se percatan desde el principio de que no están allí por voluntad propia y de que detrás parece haber una conspiración y alguna trama de corrupción del gobierno.
La conspiración entre el jefe de Heidi, su empresa y el Gobierno de Estados Unidos está servida, y no resulta descabellada para el público medio, mucho menos para los amantes de este tipo de literatura y noticias.
En mitad de esos descubrimientos Heidi se descubre a sí misma muy implicada con uno de sus pacientes, lo que hace que se desate la denuncia que llega a manos de un agente de Defensa, que se decide a investigar qué pasó cuatro años antes a esa camarera y en ese centro del que nadie quiere hablar.
Actores solventes para la conspiración
Además de una trama muy bien hilada y el protagonismo y el buen hacer indiscutible de Julia Roberts, esta serie de Amazon Prime Video cuenta con actores muy solventes: Bobby Cannavale, el psicópata Gyp Rosetti de Boardwalk Empire y el ansioso Richie Finestra de Vinyl, interpreta a su jefe directo, Colin Belfast; Sissi Spacek, la famosa Carrie (1976), a la que hemos visto en otras series como Castle Rock o Bloodline, hace de madre de Bergman; Shea Whigmam, también de Boardwalk Empire, es el funcionario de Defensa encargado de investigar el caso.
Sissi Spacek borda su papel de madre aparentemente ajena a la conspiración.
Un elenco de actores y actrices que aportan una grandísima calidad interpretativa y hacen que esta claustrofóbica serie sea de las mejor valoradas de 2018 y más esperadas para este año 2019.
Factura impecable
Otro de los atractivos de la serie es la factura impecable de Sam Esmail y sus planos estilizados que generan una terrible sensación de agobio en el espectador.
Los planos del presente en los que Heidi aparece constreñida y siempre en formato vertical son la metáfora de lo que le falta, la memoria perdida que deberá encontrar a lo largo de los diez primeros episodios de esta temporada.
Los planos verticales del presente revelan esa memoria cercenada de Heidi Bergman.
Las continuas conversaciones telefónicas entre Heidi y Colin, con narración en pantalla partida y seguimiento de qué está haciendo cada uno de los personajes, también son magistrales, pues revelan mucho sobre cada uno de los personajes, y sobre lo que va a ocurrir después en la trama.
¿Quién no ha tenido un jefe medio psicópata? ¿Quién no se ha sentido tan agobiado como Heidi Bergman al hablar con su jefe?
Por último, hay que reseñar la elección de piezas para la banda sonora, en la que aparecen temas existentes de otras producciones audiovisuales como Carrie, La Conversación… que contribuyen a aumentar la ansiedad y la paranoia que rodean a esta magnífica serie de conspiración.
Con este título que le he puesto al post supongo que ya sabéis por dónde van a ir los tiros, pero aun así siento la necesidad de expresar todo lo que me han fascinado todos y cada uno de los ocho episodios de Sharp Objetcs, de HBO.
La calidad de Sharp Objects
Una de las cosas que más me está extrañando de Sharp Objects es que, salvo en los círculos de seriéfilos, donde le hemos dado la importancia que se merece, no veo a mucha gente en Facebook o en Twitter hablar de ella, y no sé si es porque en verano ha tenido menor repercusión o porque no se han enterado de que está. Lo que está claro es que, si tienes un mínimo de gusto por las cosas bien hechas, esta serie no puede no gustarte.
Y es que Sharp Objects posee un guion y una calidad narrativa que supera cualquier expectativa, por lo menos la de aquellos que habíamos escuchado cómo la comparaban previamente con la fabulosa Big Little Lies.
La tensión se mantiene desde el inicio de la serie hasta el último segundo de la misma, un segundo que, quienes hayáis visto ya, es verdaderamente inesperado y aterrador.
Sharp Objects es de esas obras audiovisuales en las que te puedes recrear tanto por su narrativa como por los detalles de fotografía, de planos que dicen mucho sin que haya una sola palabra y también de sonido. Y no me refiero solo a la estupenda banda sonora, llena de temazos, sino también a la realización de sonidos, a detalles que te hacen ser parte de la escena, sumergirte en la atmósfera, como si fueras su protagonista.
Y eso sin olvidar el misterio de las palabras que van apareciendo en distintas partes, tanto en la protagonista como en el resto de escenarios, que nos van desvelando poco a poco qué está pasando.
Sharp Objects y las actrices
El reparto y la actuación de las actrices principales de esta serie es una de las claves de su éxito.
Amy Adams borda el papel de Camille Preaker, una periodista del periódico de San Luis que regresa a su pequeño pueblo, Wind Gap, en Misuri, para investigar los asesinatos de dos chicas a la vez que para hacer frente a recuerdos del pasado que la tienen traumatizada de un modo severo.
El papel de madre de Adora Crellin, madre de Camille, lo hace igualmente bien una Patricia Clarkson aterradora y odiosa a partes iguales. Y es que Adora, la terrateniente del pueblo, es fría y oscura, una madre capaz de destrozar la vida de su propia prole. Y una explotadora que no duda en utilizar su posición de dominación sobre la práctica totalidad del pueblo para hacer caer al sheriff en pequeños episodios de corrupción policial.
La tercera mujer protagonista de Sharp Objects es Eliza Scanlen en el papel de Amma Crellin, hija de Adora y hermanastra de Camille, una adolescente que se ve obligada a llevar una doble vida para contentar a su madre, que la ve como una “niña buena” a la que vestir con vestiditos y lacitos imposibles de lo hortera, y a la vez tener la vida que ella quiere con sus amigas.
Pensaréis: “¿y no hay hombres en esta serie?”. Por supuesto que sí, y hacen bien su papel, pero nada que ver con estas tres protagonistas y las historias que las envuelven.
Porque Sharp Objects es una serie con protagonistas femeninas y bastante feminista en la que los hombres acompañan como pueden, más mal que bien, y no se enteran mucho de qué es lo que esconden cada una de ellas, por mucha curiosidad que les provoquen.
Si no la habéis visto hasta ahora, felicidades porque tenéis ante vosotros la serie del año ya completa para ver. Espero que os guste, como mínimo, tanto como a mí.