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  • Misterio, prostitución y tejemanejes de la CIA en The New Pope

    Misterio, prostitución y tejemanejes de la CIA en The New Pope

    Ya he escrito alguna vez sobre lo magistrales que son ambas entregas de la serie de ficción de Sorrentino sobre el Vaticano (HBO): The Young Pope y The New Pope. Hoy me quiero detener en varios aspectos de la última entrega que no he visto muy comentados en blogs y redes sociales: el misterio de la propia creencia, la prostitución y las injerencias de actores políticos externos.

    Se trata de un post repleto de SPOILERS, así que, si no quieres que te arruine la serie, no sigas.

    El Misterio con mayúsculas

    Comienzo por la parte más religiosa, aunque no por ello menos blasfema de The New Pope, la que corresponde al misterio, a la revelación misma de la deidad en la figura de Lenny Belardo (increíblemente interpretado por Jude Law).

    Ambos Papas se presentan como farsantes.
    Ambos Papas se presentan a la vez como farsantes y grandes personas entregadas a la Iglesia.

    Lenny Belardo se manifiesta como un santo capaz de obrar milagros tan dudosos desde el punto de vista moral como matar a su sucesor, un Papa franciscano dispuesto a entregar las riquezas de la Iglesia Católica a los pobres, simplemente moviendo un dedo desde su coma. Un dios un tanto extraño este que se revela para mantener el estatus quo y la corrupción de su institución.

    Belardo despierta tras meses inconsciente y parece conocedor de muchos secretos que han tenido lugar en su ausencia, pero, según vamos conviviendo más con el personaje, vemos que es un megalomaníaco con complejo de Dios y ni él mismo sabe reconocer sus propios límites.

    No obstante, en esta ensoñación fantástica que son estas creaciones de Sorrentino, siempre queda lugar a la duda, y su muerte en la Plaza de San Pedro en un stage diving (zambullida desde el escenario) que daría mucha envidia al propio Iggy Pop queda envuelta en un halo de misterio y divinidad.

    stage diving
    La escena del Papa Pío XIII haciendo un lanzamiento desde el escenario quedará grabada en nuestras retinas para siempre.

    ¿Es Lenny Belardo un santo o un farsante? ¿Se manifiesta dios para que todo en el Vaticano siga como está?

    Fruto de estos delirios se genera, asimismo, un fanatismo que deriva en un grupo terrorista similar al islámico, porque el paroxismo religioso es idéntico en las distintas creencias.

    Prostitución y doble moral

    Otra de las temáticas que más se tratan en esta secuela es la prostitución, presuntamente instaurada en el seno de la Iglesia tanto dentro de la curia como entre la sociedad laica que la sostiene.

    Resulta sobrecogedora y aterradora a partes iguales la red de prostitución de mujeres requerida por jueces, médicos y altos funcionarios para satisfacer las necesidades de sus hijos discapacitados. El espectador se queda perplejo ante el nivel de blasfemia o de realismo, preguntándose eternamente si existe tal trama en la realidad y asombrándose pensando en la sola posibilidad.

    En este sentido, el tema de la prohibición del aborto por parte de la Iglesia se enfoca desde un ángulo duro, no apuntando hacia entrañables bebés, sino hacia preadolescentes y adolescentes ya desarrollados. Incluso en uno de los casos, en los que Lenny intenta mediar haciendo un milagro, se ve a una madre creyente completamente destrozada por ver a su hijo con espina bífida postrado en una cama. La dicha de la maternidad convertida en una penitencia, el arrepentimiento de haber tenido a un hijo que sufre a diario.

    Menos empatía provoca en el espectador la corrupción moral de los cardenales en orgías con prostitutas, algunas de ellas menores, y con la misma crudeza nos la presenta Sorrentino, y en este caso quizá produce más repugnancia por los escándalos sexuales que ha habido en la Iglesia y que en una serie tan crítica como esta no se podían dejar pasar.

    Las monjas del Vaticano

    Mención especial merece el tratamiento que en esta entrega se ha dado a las monjas que trabajan laboriosamente en el Vaticano, presentadas como unas mujeres explotadas en una institución patriarcal que las tiene para cubrir los cuidados básicos, pero a la vez como sujeto y objeto de deseo.

    Embarazos no deseados, acoso sexual entre las propias hermanas, intentos de huelga y sabotaje para ser tenidas en cuenta… me atrevería a decir que es una de las producciones más valientes y extravagantes a la hora de representar un convento.

    Eso sin contar las introducciones y los cierres de los episodios, en los que las monjas se deshacen de los hábitos para bailar y contornearse sensualmente al ritmo de música electrónica, o la blasfemia de sugerir excitación sexual a la encargada del cuidado de Lenny Belardo durante su convalecencia.

    Sorrentino impresiona con una osadía tras otra, y de una manera tan elegante, además, con una fotografía y unos planos tan perfectos que uno empieza a creer que va a tener síndrome de Stendhal.

    El misterio de la CIA

    En esta temporada se desvela, además, el misterio de un personaje que parecía manejar los hilos del Vaticano, Bauer, sin saberse exactamente cómo ni por qué.

    Bauer es un tipo extravagante, que, junto con el Secretario de Estado del Vaticano, Voiello, maquina para que nada cambie. Tanto él como Voiello personifican la corrupción y, sin embargo, terminan siendo los personajes menos extraños de todos los que se pasean por la serie.

    Bauer intriga para terminar con Papas incómodos y parece saber más que los propios cardenales sobre qué se cuece dentro de los propios muros de la sede de la Iglesia.

    corrupción Bauer
    Bauer es uno de los personajes más intrigantes y cargados de misterio de toda la serie.

    Será al final, cuando se van cerrando todas las tramas, cuando sepamos, sin que nos lo lleguen a decir explícitamente tampoco y a través de uno de tantos diálogos espléndidos con Voiello sobre el poder, que se trata de un agente de la CIA y que su siguiente destino es Corea.

    Paolo Sorrentino nos vuelve a descubrir una vez más que es un genio de la narración. Pocos guionistas y directores consiguen unos diálogos tan profundos y coreografiados que se queden grabados en la memoria, y una poesía visual tan completa en cada una de sus producciones.

  • Snowfall, la corrupción de la CIA ficcionada

    Snowfall, la corrupción de la CIA ficcionada

    Snowfall es más que la serie que narra la antesala de la epidemia de crack que asoló y todavía asola Estados Unidos, como la he visto descrita en varias reseñas. Snowfall es la primera serie que trata abiertamente la corrupción y la injerencia política de la CIA en Latinoamérica.

    Snowfall, ¿serie de drogas?

    Esta producción emitida por el canal FX Network no es una serie sobre drogas y drogadictos, aunque los haya. Lo principal en Snowfall son los personajes y su evolución a través de las distintas y terribles decisiones que toman y que les van llevando poco a poco a un abismo del que les va a ser imposible salir.

    Por encima de estos personajes, hilvanándolos a todos y proporcionando al espectador un marco claro de dónde y cuándo se ambienta, está el contexto: California, años 80. Estados Unidos combate el comunismo en varios países de Latinoamérica, entre ellos Nicaragua, y lo hace a través de todos los métodos posibles, incluyendo los que deberían haber sido juzgados en tribunales internacionales, como son el tráfico de armas y de drogas.

    Con el halo político y que aborda la corrupción de The Wire y la degradación por el consumo de drogas de The Corner, la primera serie de David Simon, de la que algún día también escribiré, Snowfall pretende hacer una radiografía de cómo personajes aparentemente dispares y que se mueven en distintas esferas están interconectados.

    Distintos colores para distintas tramas

    Por un lado encontramos a Teddy McDonald, un agente de la CIA que ha caído en desgracia por un error grave cometido en Iraq, que se involucra en el narcotráfico para financiar a la Contra nicaragüense.

    Su superior le dice que está “por su cuenta” y que si pasa algo la agencia no quiere saber nada, como si fuese una corrupción a nivel individual, aunque tampoco se le niega en ningún momento la posibilidad de hacerlo, lo que supone una aceptación tácita de la responsabilidad de la CIA.

    Esta parte de la historia se narra en tonos azules y verdes.

    Por otro lado tenemos, y narrado en tonos amarillos y dorados, tenemos la trama de Franklin, un adolescente negro de un barrio pobre que decide dar el salto a traficar con cocaína y para ello recurre a personajes indeseables a la par que cómicos como Avi Drexler, un narcotraficante multimillonario israelí que también trabaja con la CIA, excelentemente interpretado por Alon Aboutboul.

    A través de Franklin conocemos las historias que ocurren a diario en su barrio, como el abandono del hogar de su padre debido a las drogas, las bandas callejeras que no dudan en matar y violar a cambio de dinero, la miseria laboral y las historias truncadas de aquellos que quieren vivir honestamente sin caer en el mundo de las drogas.

    Y en un tercer ángulo encontramos la otra trama que configura la historia y que la protagoniza un actor español al que le tengo mucha admiración y aprecio, Sergio Peris-Mencheta, que caracteriza a Gustavo Zapata, un luchador en declive que comienza a trabajar para el hijo y la sobrina de un mafioso mexicano, que son los que proporcionan la droga a los nicaragüenses con ayuda del agente de la CIA. En esta trama, al menos tal y como lo perciben mis ojos, hay revelados más blancos.

    Snowfall llega con fuerza, con una segunda temporada ya aprobada y un presupuesto de 20 millones de dólares solo para producir el episodio piloto, que tuvieron que repetirlo íntegro porque no gustó a la cadena. Toda una apuesta que habrá que seguir de cerca para comprobar si mantiene su calidad.