Tag: cárcel

  • Oz, la tortura y la corrupción de la cárcel

    Oz, la tortura y la corrupción de la cárcel

    Llevaba un tiempo pensando en escribir un post sobre Oz, una serie magnífica de HBO que vi hace años (no voy a ser pretencioso y decir que la vi antes que nadie porque sería falso: la gocé y la sufrí entera en 2014, once años después de que hubiese acabado), y por fin he reunido fuerzas para hacerlo. Porque Oz no es una serie fácil. Oz es una serie experimental para su época en la que se narra como en ninguna otra la tortura que representa la cárcel.

    La serie comienza con la entrada en prisión de Tobias Beecher, un abogado que mata a una niña mientras conducía en estado de ebriedad. Beecher, por tratarse del preso menos común de todos, es el que experimenta en mayor grado los horrores de Oz y, si bien al principio uno puede pensar que se ha ganado estar ahí dentro, el devenir de los acontecimientos y su transformación pronto cambian esa opinión.

    La cárcel como método de tortura

    A través del personaje de Tobias Beecher al comienzo de la serie (igual que sucede con McNulty en el inicio de The Wire, que parece que es el protagonista, pero es un juego del guion) conocemos a Simon Adebisi, violador, asesino y narcotraficante despiadado con cadena perpetua, uno de los presos más despiadados que poco a poco va tomando más cuerpo en la trama.

    Frente a este compañero de celda y como presunta ayuda a Tobias Beecher se presenta otro de los caracteres que serán imprescindibles en Oz, el nazi Vernon Schillinger, que pronto le exigirá a cambio favores sexuales. El trato vejatorio del supremacista Schillinger a Beecher es una de las historias más duras de la serie.

    Y es que Oz es, ante todo, un experimento para poner al espectador en un continuo estado de horror, ansiedad, desasosiego y desagrado. Si sois de los que os gusta daros atracones, con esta serie probablemente necesitéis parar de vez en cuando para ver algo ligero y divertido.

    Porque en Oz, si algo queda claro, es que no hay vía de escape, ni futuro, ni ninguna posibilidad de redención o mejora de la situación. Una vez que entras en Oz, ya no puedes salir. El propio Tobias Beecher consigue su libertad condicional tras seis años de condena, pero poco después es arrestado y devuelto a Oz. Porque aparentemente es difícil entrar, pero lo que sí es difícil es escapar.

    Y es que la cárcel, además de privación de libertad, en casos como el que se narra aquí -y sabemos que en Estados Unidos y otros países son completamente verídicos- puede ser el peor instrumento de tortura.

    Personajes novedosos y profundos

    Oz es una serie coral en la que ningún personaje se libra de tener un lado oscuro y aterrador (incluidos los propios funcionarios de prisiones, entre los cuales vemos a una jovencísima Edie Falco).

    A PARTIR DE AQUÍ, SPOILERS

    Algunos son auténticos sociópatas, como es el caso del aparentemente encantador y traicionero Chris Keller, que se propone, incluso, seducir a la hermana Peter Marie, psicóloga y monja que trabaja en la prisión; otros son supervivientes natos, como el irlandés americano Ryan O´Reily.

    Y todos ellos destacan por estar perfectamente construidos y ser fruto de su ambiente, de las condiciones en las que les ha tocado vivir y de las situaciones y las decisiones que han tomado.

    Algunos de ellos son realmente brillantes, como Augustus Hill, que hace de voz en off y en sus narraciones ofrece perspectivas filosóficas de situaciones materiales concretas, haciendo reflexionar sobre conceptos existenciales y la naturaleza de la muerte.

    Kareem Said, el líder musulmán que convierte a un gran número de presos y aboga por los derechos de los presos afroamericanos, ocupa también un lugar muy destacado en la serie y es uno de los personajes más poliédricos de Oz.

    En el lado de los funcionarios de prisiones encontramos desde demócratas convencidos de poder dar rehabilitación a los reos, como Tim McManus, hasta corruptos que se dejan sobornar para mirar hacia otro lado o directamente llevar a prisioneros a lugares donde van a ser agredidos o asesinados por sus enemigos. Pero incluso Tim McManus y los trabajadores más honestos terminan cometiendo, deliberadamente o no, errores o tomando decisiones que afectarán y empeorarán todavía más la miserable vida de los habitantes de Oz.

    Contrapuntos tragicómicos entre tanta tortura

    Entre cientos (literalmente) de personajes de todo tipo y en un ambiente claustrofóbico y tenso como es Oz los guionistas, muy acertadamente, introducen el personaje de Agamemnon Busmalis, experto en cavar túneles para cometer robos.

    Con esta maestría, como es lógico en un sitio como Oz, Busmalis perfora el cemento y construye un pasillo subterráneo a través del cual planea escaparse con su amigo Bob Rebadow, uno de los presos que más años lleva en la cárcel, que casualmente era arquitecto, lo que los convierte en una pareja perfecta.

    Su plan para escapar, sin embargo, es interceptado por dos miembros de la hermandad aria a los que tienden una trampa mortal una vez se encuentran en el túnel.

    Es imposible no sentir ternura y admiración por estos dos personajes, y esbozar una sonrisa al verlos mentir con ojitos inocentes diciendo que los nazis les obligaron a excavar en su celda. Es una de las pocas sonrisas que salen viendo Oz, así que, ¡aprovechadla!

  • World Press Photo 2017 en Cajasol Sevilla

    World Press Photo 2017 en Cajasol Sevilla

    Aprovechando mi excesivamente fugaz visita a la Feria de Abril de Sevilla he visitado la exposición World Press Photo 2017, que se exhibe en la sede de la Fundación Cajasol.

    World Press Photo 2017, otro año más de desgracias

    Tal y como esperaba por mi experiencia de otros años, World Press Photo 2017 sigue siendo tan impactante, angustiante y sobrecogedora como en anteriores ediciones.

    La foto ganadora de este año, tomada por el turco Burhan Ozbilici, muestra el terrible momento en el que Mevlüt Mert Altintas, un policía de 22 años fuera de servicio, continúa sujetando el arma tras asesinar al embajador de Rusia en Turquía, Andrey Karlov, que yace ensangrentado en el suelo.

    Es una imagen que todos hemos visto recientemente en medios, pero que impacta mucho impresa en tamaño gigante y rodeada de otras instantáneas tan o más horripilantes que ella.

    El terror captado en Ofensiva en Mosul, la fotografía tomada por Laurent Van der Stockt a una niña en la puerta de la que parece ser su casa mientras miembros del batallón de las Fuerzas Especiales de Operaciones Iraquíes (ISOF, en inglés) registran casas en Gogjali transmite una sensación de angustia difícil de explicar, y seguramente nada comparable a la que tuvo que vivir su protagonista.

    La tragedia de inmigrantes y refugiados

    Como no podía ser menos en estos años de vergüenza para las naciones del norte, especialmente Europa, otras imágenes escalofriantes que están ahí para recordarnos que no somos tan hospitalarios ni estupendos como nos creemos corresponden a las de inmigrantes intentando acceder a nuestras fronteras.

    En este sentido Left Alone, del fotógrafo español Santi Palacios, rompe el corazón y, en mi humilde opinión, habría que ponerla en los comedores donde almuerce la élite europea, a ver si les quita el hambre y les da ganas de hacer algo al respecto. Se trata de una foto conmovedora en la que dos hermanos, de 11 años la mayor, lloran desconsoladamente tras ser rescatados de un naufragio en el Mediterráneo. Ambos, nigerianos, acababan de perder a su madre en Libia, tras cruzar el Sahara.

    Y, cómo no, una de horror carcelario, tomada por Noel Celis, que muestra a decenas de presos durmiendo hacinados en un contenedor-jaula en la cárcel de Quezon City en Manila, que tiene una capacidad de no más de 278 reos pero, según la revista Time, alberga a más de 3800.

    La exposición es mucho más extensa que esto que os he contado, y guarda sorpresas agradables, pero estas han sido las imágenes que más me han impactado. El resto es mejor que lo veáis en persona, hasta el próximo 18 de mayo en la sede de la Fundación Cajasol en Sevilla.

  • Una serie inteligente sobre la estafa de la cárcel: OITNB

    Una serie inteligente sobre la estafa de la cárcel: OITNB

    No hay nada más placentero para un seriéfilo que ver series en las que los guionistas tratan a los espectadores como seres inteligentes. Que no es que rechace ver algún que otro bodrio o producciones que son mero entretenimiento, pero cuando uno se topa con maravillas como Orange Is The New Black (también abreviado como OITNB), la serie más crítica sobre la estafa de la cárcel jamás escrita, no puede sino alegrarse y hacerle ovaciones.

    Tres días es lo que he tardado en terminar la cuarta y hasta ahora mejor temporada de esta tragicomedia basada en el libro autobiográfico Orange Is the New Black: My Year in a Women’s Prison de Piper Kerman, protagonista de la serie hasta la tercera temporada (en esta cuarta se relega a un papel coral como el resto de sus compañeras reclusas, algo que se agradece, ya que su personaje podría agotarse).

    Humanidad en OITNB

    Si algo puede resultarme cercano y admirable de Orange Is The New Black es su esfuerzo por mostrar el lado más humano de todas las personas que están en prisión, empezando por las presas, que no son villanas sin más, como se pretende mostrar en muchísimas series y películas de forma maniquea, sino seres humanos a los que una serie de condiciones objetivas y subjetivas han llevado a estar donde están.

    Una de las frases más repetidas en esta temporada es “I´m a person” (“soy una persona”) y esa es una moraleja que todo el mundo debería extraer de esta serie, además de otras que describiremos más adelante. Porque humanizando a los presos podremos empezar a entender que la cárcel, tal y como está contemplada ahora mismo, no está orientada a su fin teórico de rehabilitación, sino a castigar y marcar de por vida sin posibilidad de volver a la sociedad.

    Asimismo, mostrar con naturalidad las relaciones homosexuales desmitifica el estereotipo que se suele difundir con respecto a la sexualidad en las prisiones, al margen de que haya violaciones, especialmente en países como Estados Unidos.

    Humor en la cárcel

    Las situaciones cómicas de OITNB, además de suponer un contrapunto necesario para descargar el drama, persiguen mostrarnos a las presas como seríamos cualquiera de nosotros: personas que buscan contacto humano y que intentan pasar el tiempo de condena de la mejor forma posible, haciendo amistades y riéndose de las adversidades.

    Las carcajadas en momentos de máxima tensión, o cómo unas presas pueden parecer indiferentes y hasta bromear en pleno sufrimiento de otras que no consideran tan cercanas, o incluso de las más cercanas, es un excelente reflejo realista de lo que es la vida en sí misma, porque el sarcasmo a veces es la última defensa ante las adversidades e injusticias.

    La corrupción del sistema penitenciario

    Uno de los puntos más importantes de OITNB es su denuncia política. Desde que comenzó la primera temporada vimos injusticias con numerosas presas, como la propia protagonista, que termina en prisión cuando ha rehecho su vida y ya no se dedica en absoluto a los delitos de los que se le acusa. Hemos visto también cómo en su mayoría se trata de personas que nacen y crecen en ambientes marginales y familias desestructuradas, lo que revela el determinismo social del que nadie quiere hablar en esta sociedad de liberales y coaches que afirman que todos podemos llegar a la cúspide de la pirámide.

    Pero la principal denuncia social de Orange Is The New Black es la corrupción que envuelve a todo el mundo penitenciario, desde el último carcelero hasta el director de la prisión, con un protagonista importante que en Estados Unidos supone un grave problema para los derechos fundamentales y que aquí hay quien quiere importar: la gestión privada de las prisiones.

    Para ser un país en el que desde cualquiera de las dos ramas políticas bipartidistas hablar de lo público sea casi como ser el mayor comunista del planeta (en el sentido más peyorativo), la serie aborda de manera magistral los peligros de que las cárceles se conviertan en negocio y las presas a la vez en recursos humanos y mercancía.

    Desde la explotación laboral por parte de terceras empresas (algo que sí que ya tenemos en España) hasta la violación de derechos fundamentales como el de los familiares a saber en todo momento si su presa se encuentra viva y sana, en OITNB se plasma el impacto de convertir las prisiones en empresas que buscan ganar dinero (del erario público) y reducir costes.

    La imposibilidad de compaginar humanidad y ser carcelero

    En esta vorágine de injusticias que recaen sobre las presas, como que por recortes ya no tengan derecho a compresas, que se masifiquen las cárceles hasta resultar insalubres e inhabitables, o que la comida sea indigna para un ser humano, ser funcionario de prisiones se hace cada vez más incompatible (aunque no sé si alguna vez lo fue) con mostrar humanidad y afabilidad con los reclusos (en este caso, reclusas).

    Durante estas cuatro temporadas hemos visto todo tipo de perfiles de carcelero: desde el vago que no ha querido estudiar y ha decidido dedicarse a eso “por tener algo” hasta el motivado que cree que él va a cambiar el sistema y va a ser bueno con las presas, pero finalmente termina haciéndoles más daño que los que van de frente porque sucumbe de malas maneras y traicioneramente a los requerimientos de la empresa o de su propia necesidad de salvarse a sí mismo.

    Y es que en una prisión jamás puede establecerse una relación de igualdad entre preso y carcelero. Por mucho que este último quiera acercarse y mostrarse como amigo o confidente, siempre llega el momento en el que muestra su autoridad y cuál es la jerarquía que rige sus relaciones.

    En esta última temporada este tema se muestra de manera mucho más directa con la contratación de veteranos de guerra a precio de saldo y con bonificaciones por parte del Estado para la empresa, algo que, sin ánimo de hacer spoiler, seguro que ya os sugiere la palabra “tragedia”.

    Y cierro ya, aunque me quedan muchas cosas en el tintero de esta última temporada: los conflictos racistas, el trato diferencial y deferencial a los presos ricos y famosos, la barbarie a la que se enfrentan los reclusos con enfermedades mentales y necesidad de tratamiento psiquiátrico y un sinfín de temas que se tejen de manera invisiblemente maestra y hacen de esta serie una obra inteligente que dan ganas de volver a ver nada más terminarla.