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  • Fascismo, socialismo y corrupción en Peaky Blinders

    Fascismo, socialismo y corrupción en Peaky Blinders

    Si las anteriores entregas de Peaky Blinders (BBC) habían sido un fiel reflejo del ambiente histórico en el que se enmarcaban, la nueva no podía ser menos. La consolidación del socialismo y el comunismo, el inicio y auge del fascismo y la corrupción a todos los niveles son los grandes protagonistas de esta temporada.

    Inicio del fascismo

    Para quien no vio todavía ni la temporada anterior, aviso de que a partir de aquí hay algún que otro spoiler, así que queda bajo vuestra responsabilidad seguir leyendo.

    El final de la cuarta temporada terminaba con Thomas Shelby instalado en el mismísimo Parlamento británico, como representante del Partido Laborista e informante del servicio secreto sobre todos los movimientos que hiciesen sindicatos y partidos comunistas en el país.

    Socialismo en Peaky Blinders
    Sus adversarios creen que Thomas Shelby es socialista.

    En esta quinta, con el fascismo ya instalado en Alemania y bien identificado por toda la sociedad, asistimos a la creación del primer partido fascista en Inglaterra, la Unión Británica de Fascistas de 1932, por Sir Oswald Mosley, que tiene su propio personaje, mucho más inquietante y peligroso que cualquiera de los Shelby.

    Oswald Mosley fascismo Inglaterra
    Oswald Mosley, principal representante del fascismo en Inglaterra, es visto como “el demonio” por los propios Shelby.

    Para su creación, Mosley pide la colaboración de Thomas, que accede a ayudarlo, pero con la intención de informar también de sus movimientos al servicio secreto.

     Fascismo promovido desde el poder

    Pero sus intenciones se ven limitadas y truncadas, pues el servicio secreto no solo no tiene ningún interés en frenar la creación del brazo político del fascismo en Inglaterra, sino que está completamente de acuerdo con sus premisas y líneas ideológicas.

    En toda la serie se puede observar, además, cómo el fascismo va introduciéndose en la sociedad, a través de las ideas que se enseñan en los colegios (el hijo de Ada expresa con total naturalidad al agente del servicio secreto, de origen africano, que “los negros son inferiores”, alegando que se lo han dicho en la escuela) y en círculos de poder que se han visto afectados por el Crack del 29.

    Fascismo en la escuela
    El sobrino de los Shelby, hijo de Ada, expone de manera natural las ideas fascistas que escucha en su escuela.

    La idea de que han sido los judíos los responsables de la catástrofe económica que hizo perder la mayor parte o toda su fortuna a muchos burgueses de la época caló rápido entre las capas altas de la sociedad, ávidas de buscar un chivo expiatorio.

    Los nacionalismos, como el irlandés, también tienen su protagonismo en esta entrega de Peaky Blinders, retratados, además, desde la corrupción y los negocios turbios de los que se financiaban.

    Protestas y corrupción en Irlanda
    Los protestantes nacionalistas irlandeses también se plasman en todo su esplendor de corrupción y negocios turbios en esta temporada de Peaky Blinders. ¿Queda alguien libre de ‘pecado’?

    Es en este ambiente donde los Shelby, mafiosos, corruptos y asesinos, mantienen una línea roja, pues su ascendencia gitana les impide comulgar con las ideas fascistas.

    La hipocresía de los Shelby contra la corrupción

    Y es que los Shelby, sociópatas no se sabe si de nacimiento o de propia formación, tienen su propio código ético, que demuestran en varias ocasiones luchando contra determinado tipo de corrupción.

    En sus orfanatos, por ejemplo, se prohíbe a las encargadas de los menores golpearlos, y se vela por su seguridad, hasta el punto de que retiran fondos y amenazan con matar a monjas que han agredido a niños bajo su custodia.

    corrupción de las monjas en Peaky Blinders
    La corrupción que se narra en Peaky Blinders invade todos los estratos, incluido el eclesiástico.
    Thomas y Polly acuden a un orfanato a anunciar a las monjas que les retiran la financiación por agredir a una chica negra, que ha terminado suicidándose por el continuo acoso al que era sometida.

    Pero esta presunta lucha contra la corrupción de menores, que parece firme cuando, por encargo de un político pederasta, intentan asesinar a un traficante de niños, se desdibuja cuando ese mismo traficante les sugiere un negocio de distribución de heroína.

    Igualmente todas las ideas progresistas que Thomas dice defender en la Cámara se evaporan cuando ordena asesinar periodistas que intentan hacer un artículo crítico sobre su persona.

    Es significativo que, en todos los casos y como sucedía en temporadas anteriores, los crímenes y la corrupción queden siempre impunes, y nos hace preguntarnos si en alguna época de la historia de la humanidad alguien poderoso alguna vez ha pagado por lo que ha hecho.

    Factura impecable, recursos manidos

    Esta última temporada de Peaky Blinders continúa la línea de producción excelente de las anteriores, con una fotografía y un tempo que están a la altura del mejor cine.

    No obstante, no quería dejar pasar esta casi oda a la serie sin hacer una pequeña anotación a la redundancia y los recursos manidos de otras temporadas que en esta se hacen ya hasta aburridos.

    Son los clásicos planos de los Peaky Blinders caminando de manera elegante y soberbia por las calles en las que reinan mientras suenan temazos de fondo.

    Y sí, la banda sonora, entre la que se encuentran en todas las temporadas maravillas de Bob Dylan, Black Strobe, Black Sabbath, Radiohead, Nick Cave, Artic Monkeys, Pj Harvey, David Bowie, The Kills, etc. ha sido uno de los puntos fuertes y atrevidos de Peaky Blinders, pues apuesta por música actual para retratar décadas muy anteriores. Pero eso no debería suponer que en cada episodio se dedicasen unos cuantos minutos a repetir una y otra vez el mismo videoclip.

    Reiteraciones aparte, Peaky Blinders pasará a la historia de las series como una de las mejores, por calidad de guion, interpretación de los personajes, ambientación histórica, fotografía y banda sonora. Si os habéis puesto todavía con ella, estáis tardando.

  • Marcella, oscuridad y violencia policíaca

    Marcella, oscuridad y violencia policíaca

    Escribo estas líneas con el calor de haber acabado el último episodio de la segunda temporada de Marcella hace unas horas, así que, si todavía no habéis llegado hasta ahí, quizá deberíais esperar para que no os estropee el final de esta serie en la que la oscuridad y la violencia llegan a extremos auténticamente sorprendentes.

    La oscuridad de la historia

    La serie, británica hasta la médula de la cadena ITV,  comienza con la vuelta al trabajo de la detective Marcella Backland en Londres tras haberse dedicado unos años a la maternidad y con el trauma de haber perdido a su hija pequeña siendo bebé.

    En la primera temporada Marcella regresa a las investigaciones policiales y se involucra en un caso en el que su marido también está implicado, pues la desaparecida resulta ser la mujer, hija de un gran empresario londinense, con la que está teniendo una aventura y por la que la piensa abandonar.

    En esta segunda, más lúgubre y violenta que la anterior, se encuentra con un caso en el que también están implicados ella y su familia, esta vez su hijo Edward, con una serie de asesinatos de niños y adolescentes cometidos por un perfil psicopático que parece querer preservarlos de la degradación moral y conservarlos para siempre en un estado de niñez e inocencia.

    En ambas entregas se observa, asimismo, una normalización de la corrupción en determinados estratos sociales. Así, tanto en la empresa para la que trabaja su exmarido como la fundación en la que trabaja de voluntaria la asesina de la segunda temporada se dan casos de sobornos o de conchabamiento entre distintos poderes (político y empresarial), pero curiosamente estas cuestiones terminan sin consecuencia alguna para los personajes.

    La oscuridad de los personajes

    Además de los perfiles de los asesinos, que en ambas temporadas corresponden a psicópatas ambiciosos, en el caso de la primera, y una perturbada de la pureza y la moral en la segunda, lo que más sorprende de Marcella es que no hay ningún personaje que no albergue secretos y oscuridad.

    En el caso de la protagonista, esta sufre unas pérdidas de conciencia temporales en las que se pone extremadamente violenta y de cuyas acciones después no se acuerda. Y no se trata de simples lapsus, no, es capaz de mover un cadáver de sitio, de romperle la nariz a su marido o de, incluso, como hemos presenciado los fans más acérrimos en el episodio de esta semana, asfixiar a su propia bebé porque sus llantos le hicieron perder los estribos.

    Marcella es una antiheroína que funciona como un reloj a la hora de investigar, pero cuya vida privada es un auténtico desastre. Y es que comienza estando casada con Jason, otro personaje que también destaca por su oscuridad y tener entre sus secretos un asesinato.

    Su hijo Edward también se las trae. Comienza a despuntar en la segunda temporada apretando a un ratón hasta la muerte y fascinado con un perro en estado de descomposición y el espectador se queda petrificado sin saber por qué, hasta que comprendemos que fue testigo del homicidio de su hermana.

    ¿Y los compañeros policías de Marcella? Pues, aunque hay algunos que se salvan, y que realmente son policías honestos (sorprendentemente, en esta serie no hay nada de corrupción policial), hay otros que, igual que ella, son extremadamente profesionales en su trabajo y patológicamente extraños fuera, como el que le instala una cámara de videovigilancia en su ordenador personal para poder espiar todos sus movimientos.

    Estrechez de miras

    Marcella es, en general, una serie policiaca original e, incluso, feminista, hasta el punto de que la igualdad es llevada al extremo y en la segunda temporada el psicópata no es un “él”, sino “ella”. Sin embargo, uno de los errores más graves que comete es la excesiva relación de las tramas con el personaje principal.

    No es algo nuevo en los guiones policiacos el hecho de vincular los asesinatos con los detectives que los investigan (Bron/Broen, serie de la que hablaré otro día, me decepcionó en su momento por eso), pero que en dos temporadas distintas uno haya estado relacionado con su exmarido y otro con su hijo es demasiada carambola.

    En casa tenemos una broma de consumo interno con este tipo de guiones en los que parece salir todo el rato la misma gente y lo llamamos “hacerse un Invasion“, por una serie de scifi ambientada en un parque natural de Florida en la que, a pesar de que parecía haber cientos de kilómetros de carreteras y una ciudad con hospital, siempre se encontraban los cuatro mismos personajes en todos los sitios. Con toda la lógica del mundo, esta serie fue cancelada.

    Pues Marcella, sin tener motivos para su cancelación, sí que peca de esta estrechez de miras en cuanto a las tramas.

    Todavía no se sabe si va a haber próxima temporada, aunque ha quedado servida con la entrada en escena de un supuesto MI6 (o similar) que, tras indicarle que la han dado por muerta, le ofrece un puesto de investigadora en el que su situación es la idónea. Pinta que, de renovarse la serie, la tercera entrega nos va a traer más dosis de oscuridad, y quizá más intensas.

  • The Wire: la corrupción generalizada como protagonista

    The Wire: la corrupción generalizada como protagonista

    Tras escribir sobre Show me a hero y Treme, hoy le toca el turno a otra de las producciones de David Simon, la más conocida, la más extensa y seguramente la más impactante: The Wire, la serie en la que la corrupción estatal generalizada y endémica a todos los niveles es la indiscutible protagonista.

    The Wire, incatalogable

    Conozco a un montón de personas que se resisten a ver The Wire solo porque la consideran “otra serie policiaca más” cuando si algo puede decirse de ella es que es imposible etiquetarla dentro de un género.

    The Wire es drama, es política, es realismo social, es periodismo y, sobre todo, es una composición pentaédrica sobre un mismo tema visto desde distintos lados: cómo la corrupción afecta a los distintos estratos de la sociedad en una misma ciudad, Baltimore.

    En las cinco brillantes temporadas que la componen observamos este tema tratado desde diferentes perspectivas: en la primera vemos la incapacidad y los errores de la policía a la hora de enfrentar los problemas derivados del abuso de drogas en las viviendas sociales de gente pobre y marginal. En la segunda aparece retratado el contrabando de mercancías y drogas en el puerto. La tercera se centra en los políticos, las luchas de poder y la financiación, que se entrelaza con las dos anteriores.

    En una cuarta entrega podemos ver cómo se degrada la educación pública de manera que la pobreza que se ve reflejada en las otras temporadas se convierte en un determinismo social causado por la propia corrupción del sistema.

    La crítica a los medios

    La quinta y última temporada de The Wire aborda el tema de los medios de comunicación desde un punto de vista un tanto original. La serie incide en que son empresas privadas que buscan el máximo beneficio a costa de recortar en recursos, lo que hace que las personas que más deberían estar alerta para denunciar la corrupción y los crímenes cometidos por altas instancias no puedan dedicarse a ello y sean meros relaciones públicas de los poderosos, mintiendo si hace falta con tal de poder pagar sus facturas.

    No en vano, Simon fue reportero en The Baltimore Sun y durante sus años en el periódico tuvo que hablar en innumerables ocasiones de los crímenes, la pobreza, los conflictos racistas y la desigualdad en una ciudad azotada por la desindustrialización hasta que “unos hijos de puta [un grupo multimedia estadounidense] compraron el periódico y dejó de ser divertido”.

    Y con este descreimiento de los medios de comunicación él mismo ha creado la mejor narrativa periodística sobre Baltimore (y sobre la sociedad estadounidense en general) jamás escrita.

    “Que se joda el espectador medio”

    El propio Simon señaló hace tiempo a un periodista que la premisa que había seguido para desarrollar su proyecto era “Solo una: que se joda el espectador medio”, y eso es algo que aquellos que disfrutamos cuando los guionistas de una obra nos tratan como seres inteligentes (ENLACE OINTB) tenemos que agradecerle.

    Porque cuando dedicas mucho tiempo a una serie esperas que esté escrita con mimo, considerándote una persona con inquietudes y que no caiga en el simplismo. Y todo eso lo tiene The Wire, probablemente una de las mejores series de la historia en la que lo político, social y económico también se combina perfectamente con el lado humano: el amor, el odio, la compasión, la amistad, la traición…

    Actores

    Un factor importante que es necesario reseñar al hablar de The Wire son sus actores, algunos de ellos recurrentes en las producciones de David Simon, que han dado vida a otros personajes de series como The Corner o Treme, como Clarke Peters (Lester Freamon en The Wire, Robert Mayhawk en Show me a hero y Albert Lambreaux en Treme), y algunos de los cuales están muy concienciados con mejorar el mundo que les rodea.

    Uno de ellos es Wendell Pierce, que encarna al Detective Bunk Moreland, que ha invertido 20 millones de dólares en un complejo de apartamentos en Baltimore con el objetivo de crear empleos tanto en la construcción del mismo como después, pues ha reservado un porcentaje para los artistas locales, que también podrán exhibir sus obras en las galerías con las que contará el edificio.

    Personajes

    Pero si algo destaca de la serie es el carisma de sus personajes. Desde Omar, un ladrón gay regido por su propio sistema de valores e interpretado por Michael Kenneth Williams, actor que dio vida a Chalky White, otro personaje muy complejo de la serie Boardwalk Empire, hasta Stringer Bell, un criminal con afán de trepar e inmiscuirse en las capas más altas de la sociedad y al que Idris Elba dota de una excelentísima interpretación, pasando por el Teniente Cedric Daniels (Lance Reddick), todos y cada uno de los caracteres de The Wire tienen su propia e indiscutible personalidad y complejidad.

    Todos los personajes rezuman realismo, y es que algunos de ellos se inspiran en personas reales, como Omar Little, que se basa en Larry Donnel Andrews, un criminal de Baltimore que tenía entre sus reglas éticas no involucrar nunca a mujeres y niños.

    Y es que, como hemos dicho a lo largo de todo este post, el realismo de The Wire, y en general de todas las series de David Simon, la convierte en un género periodístico en sí mismo. Un género ficcional que, sin embargo, ha demostrado merecer mayor credibilidad que gran parte de los artículos y reportajes que vemos a diario en los medios.