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  • Los dropshippers y el mito del negocio sin inventario

    Los dropshippers y el mito del negocio sin inventario

    En algún momento de 2019, el algoritmo de YouTube decidió que yo necesitaba ver testimonios de jóvenes millonarios que habían alcanzado la libertad financiera vendiendo productos desde sus laptops en playas tailandesas. No había buscado nada relacionado; simplemente, el algoritmo detectó mi perfil demográfico y dedujo, correctamente, que era el público objetivo de la industria del dropshipping. Lo que siguió fueron semanas de anuncios sobre cursos que prometían enseñarme a ganar 10.000 dólares mensuales sin inventario, sin inversión inicial significativa, y sin levantarme del sofá.

    El dropshipping es, en su forma más básica, un modelo de arbitraje: identificas un producto barato en AliExpress (típicamente fabricado en China por centavos), creas una tienda online con Shopify, le pones un nombre aspiracional y un precio inflado, y lo promocionas mediante anuncios de Facebook o Instagram. Cuando un cliente compra, el pedido se envía directamente desde el proveedor chino al cliente final. Tú nunca tocas el producto. Tu único trabajo es conectar oferta y demanda cobrando un margen por el servicio.

    Sobre el papel, no hay nada intrínsecamente fraudulento en este modelo. El arbitraje es tan antiguo como el comercio. El problema es que la industria del dropshipping se ha construido sobre una pirámide de mentiras donde el producto real no son los artículos de AliExpress, sino los cursos que enseñan a vender artículos de AliExpress.

    Los gurús del dropshipping —esos jóvenes fotogénicos en Lamborghinis alquilados que pueblan los anuncios de YouTube— ganan su dinero enseñando dropshipping, no haciéndolo. Es un modelo de negocio autorreferencial: la prueba de que el dropshipping funciona es que yo, el gurú, soy rico; y soy rico porque vendo cursos de dropshipping. La circularidad es tan obvia que resulta casi admirable en su descaro.

    Los números reales del dropshipping son desoladores. Los márgenes, tras pagar publicidad, comisiones de plataforma y costes de procesamiento de pagos, suelen ser de un solo dígito porcentual. La competencia es feroz: cualquiera puede encontrar los mismos productos en AliExpress y crear una tienda idéntica en horas. Los clientes, cada vez más sofisticados, reconocen las tiendas de dropshipping por sus tiempos de envío absurdos (4-6 semanas desde China) y su estética genérica. Las tasas de devolución son altas, los disputes con tarjetas de crédito frecuentes, y la sostenibilidad del negocio, mínima.

    Un estudio de 2020 encontró que más del 90% de las tiendas de dropshipping fracasan en los primeros 120 días. De las que sobreviven, la mayoría genera ingresos marginales que no justifican el tiempo invertido. Los casos de éxito genuino —que existen— son estadísticamente comparables a ganar la lotería: posibles, pero irresponsables como plan de negocio.

    La estafa del dropshipping opera en varios niveles simultáneos. En el nivel más superficial, están los cursos fraudulentos que prometen sistemas secretos y mentoría personalizada por miles de dólares, entregando información disponible gratuitamente en YouTube y soporte inexistente. Muchos de estos cursos son vendidos mediante webinars automatizados diseñados para crear urgencia artificial (¡solo quedan 3 plazas a este precio!) y explotar la vulnerabilidad emocional de personas desesperadas por escapar de empleos que odian.

    En un nivel más profundo, está la estafa estructural del propio modelo: vender a consumidores productos de calidad dudosa a precios inflados, con tiempos de entrega inaceptables y servicio al cliente inexistente. El dropshipper no tiene incentivos para preocuparse por la satisfacción del cliente porque su modelo depende del volumen, no de la repetición. Es comercio extractivo en su forma más pura.

    Y en el nivel más profundo de todos, está la estafa ideológica: la promesa de que el emprendimiento digital es la vía de escape universal de la precariedad económica. Millones de jóvenes han sido convencidos de que el problema no es un mercado laboral roto o una economía que concentra riqueza en pocas manos, sino su propia falta de iniciativa para montar un negocio online. El dropshipping, como tantas otras estafas de la era digital, individualiza problemas sistémicos y monetiza la desesperación.

    Los verdaderos beneficiarios del ecosistema dropshipping son predecibles: Shopify cobra su suscripción mensual independientemente de si vendes algo; Facebook e Instagram cobran por anuncios independientemente de si convierten; los procesadores de pago cobran sus comisiones; y los gurús cobran sus cursos. El único que asume todo el riesgo y frecuentemente pierde es el aspirante a emprendedor que creyó en la promesa.

    Hay algo particularmente cruel en la estafa del dropshipping: explota precisamente a quienes más necesitan una salida. No son herederos aburridos quienes compran cursos de 997 dólares prometiendo libertad financiera; son personas con trabajos precarios, deudas estudiantiles, perspectivas limitadas. La industria del dropshipping extrae valor de la esperanza y devuelve desilusión, mientras sus promotores posan frente a coches que no poseen en casas donde no viven.

    La próxima vez que el algoritmo te muestre a un veinteañero explicando cómo gana 50.000 dólares mensuales desde Bali, recuerda la regla de oro: si el modelo de negocio funcionara tan bien como dicen, no necesitarían venderte un curso para explicarlo.

  • Succession: familia, corrupción y poder

    Succession: familia, corrupción y poder

    Casi me pilla la segunda temporada de Succession de HBO antes de terminar la primera, pero tenía tantas pendientes que he dejado esta sátira familiar para principios de 2019, por aquello de empezar con fuerza el año. Y no he podido elegir mejor.

    Succesion es una historia sencilla sobre la corrupción moral y la lucha por el poder en el seno de una de las familias más ricas de Estados Unidos. Quizá nada que no hayamos visto antes, solo que contado de distinta manera.

    La tragicomedia en Succession

    Y es que Succession no es un drama, sino una comedia negra en la que los personajes, al menos tal y como yo lo he percibido, son tratados sin ningún tipo de respeto.

    Succession, como he dicho más arriba, es una sátira en la que tanto el padre, en el primer episodio, como los hijos, que van descubriéndose cada vez más como egoístas, inútiles y antipáticos son seres miserables con los que no solo resulta imposible empatizar, sino que realmente provocan cierta satisfacción cuando les suceden las desgracias.

    Patetismo, nepotismo y corrupción en Succession
    Los personajes son ridículos y miserables que no parecen tener consciencia ni del lugar en el que se encuentran.

    Es una serie que persigue una actitud cínica y un tanto frívola en el espectador, casi tan cínica y frívola como la de los propios personajes, que se desplazan en helicóptero para ir a un cumpleaños, se reúnen en ranchos en New México o asisten a fiestas clandestinas sofisticadas de las que el resto de mortales no tenemos conocimiento.

    Y, a pesar de todos esos lujos, sus vidas son realmente tristes e inestables y están sujetas a la crueldad de un mundo de millonarios que no dudarían en apuñalarse por la espalda con tal de medrar.

    Enchufado en la empresa de papá
    Probablemente el personaje más patético de la serie. El supuesto heredero de la empresa del que todos se ríen y al que todos llaman “nene de papá”.

    El mejor personaje de Succession

    En medio de la vorágine que sacude a la familia de Logan Roy, el multimillonario magnate de la comunicación (que recuerda a Rupert Murdoch) tras sufrir este un ictus, y con sus tres hijos y su única hija en una lucha de poder que alcanza cotas de absoluto patetismo, destaca un personaje inocente, que sería una víctima si su único objetivo en toda la trama no fuese trepar.

    Greg es el personaje más ridículo y arrastrado de todos. Poco a poco se va acostumbrando a las costumbres y la corrupción familiar.
    Greg es el personaje más ridículo y arrastrado de todos. Poco a poco se va acostumbrando a las costumbres y la corrupción familiar.

    Se trata del sobrino de Logan Roy, el “primo” Greg Hirsch, hijo de una sobrina de Logan que busca colocarlo en las empresas de su tío, pero este se niega a hacerlo hasta que su hermano y abuelo de Greg le pida perdón.

    Nepotismo en Succession
    Greg intenta por todos los medios conseguir un puesto en la empresa de su tío.
    Sátira en Succession
    Todos saben que es una sabandija y aun así no dudan en utilizarlo para sus propios fines.

    Greg tiene escenas hilarantes que, sin embargo, los que hemos vivido ciertas situaciones de apuro conocemos bien, como cuando le quedan solo 20 dólares en el bolsillo, los últimos 20 dólares con los que podrá volver a su casa, y su prima ultramillonaria se los pide para comprar algo en la máquina de bebidas porque no tiene cash. Y él, pringado, se los da, pero los espectadores sabemos que ella no se los va a devolver y que eso acaba de atarle todavía más a la situación bochornosa en la que se encuentra.

    “Cousin Greg”, como lo llaman en la versión original, se convierte en mercenario de todos y cada uno de los hermanos y poco a poco va convirtiéndose en otro ser corrupto y vil como todos los que lo rodean.

    Quizá no ha sido la serie de la que más se haya hablado, pero Succession es una auténtica joya de la comedia negra, así que os recomiendo que, si no la habéis visto, lo hagáis cuanto antes. Y no le tengáis en cuenta el primer episodio, que puede hacerse largo, porque lo bueno viene después. Y no defrauda.